Los conflictos en la América Hispana

Repaso a las Guerras de Independencia, las Guerras de Prestigio, la Anexión y Guerra de Santo Domingo, la Guerra del Pacífico, la Guerra de los Diez Años, la Guerra Hispano-norteamericana. El siglo XIX.

Se trata de una valoración militar del conjunto de los conflictos desarrollados en la América Hispana desde 1809 hasta 1898

En este periodo de 89 años que abarca desde las Guerras de Independencia continentales de la América hispana, pasando por el periodo de las guerras de prestigio y finalizando con la pérdida de las últimas posesiones americanas de las islas de Cuba y Puerto Rico, España se enfrentó a ejércitos levantados por los propios territorios americanos y los Estados Unidos.

Valoración militar

  • Las Guerras de Independencia

Las características de estas guerras vienen dadas por el hecho de lo amplísimo del teatro de operaciones. Estamos hablando de grandes extensiones territoriales, con variedad de climas, multitud de accidentes geográficos, grandes ríos, extensiones desérticas, altiplanos a gran altura, cadenas montañosas, bosques, selvas.

Es también un territorio no muy densamente poblado, en donde hay intereses comerciales de potencias enemigas el I Imperio francés, el Imperio británico, ante todo.

Hay que sumarle el hecho de que España se halla inmersa en un periodo de una alta conflictividad. De las guerras contra la Francia republicana, se pasa a una alianza con Napoleón contra Inglaterra de resultas de la cual se pierde la vital flota que tantos esfuerzos económicos y logísticos había costado construir desde principios del siglo XVIII, quedando aislado el continente americano de la metrópolis y sin marina de guerra que pueda proteger los golpes contra el comercio y los intereses de los súbditos americanos.

Tras esa alianza y una crisis sucesoria que comportaría la invasión y ocupación francesa llega la guerra de independencia que consume los recursos patrios y es aprovechada de una forma más abierta o más torticera para ir declarando independencias de la metrópolis. El episodio de gran vitalidad liberal vivido durante la ocupación supuso que luego se quisiese aplicar tal ideología sin paños calientes y sin atender a los lugares en los que el absolutismo primero y la siguiente crisis sucesoria entre la legitimidad de la princesa de Asturias Isabel de Borbón en un acto contrario a la tradicional ley sálica de los borbones, y el infante Carlos generó una nueva dimensión del conflicto entre absolutistas o carlistas y liberales, en torno a los intereses estos últimos de la princesa de Asturias.

De modo que tras las imposiciones y guerras entre absolutistas y liberales durante el reinado de Fernando VII, siguieron los enfrentamientos entre carlistas y liberales, que supuso una guerra entre el carlismo, que prendió en los territorios con lenguas distintas del castellano y tradición foral que las oligarquías rurales querían recuperar, muy vinculadas al clero y a la creación ideológica de la guerra de independencia de Dios, Patria y Rey, oponiéndose a un modelo avanzado, centralizado, unificador… pero alejado de la realidad posible en el suelo patrio. Tres guerras carlistas, pronunciamientos de todo signo, imposiciones de una constitución u otra, levantamientos, los intereses de potencias rivales que estaban muy interesadas en que nos desgastásemos en tales menesteres, como por ejemplo el Reino Unido, que apoya al bando carlista por ser coincidente con sus intereses económicos…

En definitiva, el suelo patrio se ve regado de sangre, sin capacidad logística suficiente para enviar ejércitos que restableciesen como era debido el orden en los territorios de ultramar. En estos, el edificio colonial se sostenía por la mera voluntad de los súbditos de España y por mantener las tradiciones jurídicas de la época de los Austrias. La llegada de los Borbones provocó el conflicto con la oligarquía criolla que, tras la guerra de independencia de las Trece Colonias, la de Haití, la propia Revolución francesa y el espíritu de las revoluciones burguesas inspiradas e informadas en una tradición americana o francesa, prendieron en las oligarquías hispanoamericanas, y que fruto de la guerra y la propaganda fueron calando en el resto de los hombres de aquellas tierras, aunque fuera sin pasión o con abiertos recelos.

Fueron aquellas guerras unos conflictos en los que no se contaron con grandes cantidades de hombres chocando en los campos de batalla, fruto de la pobre demografía y de los ejércitos realistas y de los rebeldes, que partían del mismo punto de partida en cuanto a armamento, posibilidades de reclutamiento, número de jinetes, formas de combatir. Se ha definido el conflicto como una clase de guerra civil, y así fue en cuanto a formas, abusos y aberraciones cometidas por ambos bandos.

El objetivo es que la infantería avance y llegue a la posición de fuego. Quien antes abra el fuego o rompa la formación enemiga gana la batalla. De ahí el uso de la caballería para aterrorizar a los novatos y destruir el ejército en la retirada desordenada, obligar a la infantería a formar en cuadro con falsas cargas y así romper la línea para poder disparar sobre el enemigo y vencerlo. Y, por último, lanzar la caballería como medio de aseguramiento y presión, o persecución.

Los ejércitos realistas cuentan con buenos mandos, y pueden imponerse en muchos escenarios hasta casi la victoria definitiva, pero su aislamiento, la falta de recursos y otros factores anímicos llevan a los rebeldes a irse imponiendo paso a paso.

  • Las Guerras de Prestigio

La expedición de Prim a México

Fue esta campaña de una generosidad por parte de España excesiva y que no acabó como la expedición a la Conchinchina gracias al general Prim. La acción quería ser aprovechada de nuevo por Napoleón III para imponer un Imperio en México con un príncipe de Austria-Hungría afín al II Imperio francés, que abriese nuevos mercados a su burguesía. Tal plan, abocado al desastre, en cuanto fue descubierto y probado por Prim apartó a España de tal despropósito, dejando a Francia sola en la guerra. Efectivamente, impusieron a Maximiliano como emperador, pero murió ajusticiado en 1867 dando la plena razón a Prim.

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El general Juan Prim y Prats. Retrato de Juan Madrazo (1870)

La consecuencia principal fue, junto a lo sucedido en Santo Domingo, clave en la guerra que se desató con las Repúblicas hispanas del Pacífico sur. En lo militar y en lo geopolítico Prim fue un hombre a la altura de lo mejor que podía hacer España por y para México, aunque sí que era discutible comandar con 6.000 hombres a diferencia de los dos mil y los 700 del Reino Unido, una expedición por la cuestión de la deuda exterior, dificultando más aún las relaciones con la República de México, que además había perdido la mitad de su territorio a favor de los Estados Unidos[1].

Anexión y Guerra de Santo Domingo

La Anexión y Guerra de Santo Domingo fue un completo despropósito. Desoyéndose voces que advertían de las evidentes dificultades que implicaba aceptar una anexión de Santo Domingo en tales circunstancias, con un dictador con ego desmedido y que desea evitar las invasiones haitianas, visto además el escaso apoyo popular (y eso tomando como legal el que se presentó), llevó a España a un error de cálculo y apreciación.

Para mayor profundización de males, no se tuvo en cuenta la idiosincrasia dominicana en todos los aspectos de la vida de los antillanos, generando frustración, incomprensión, desconfianza. A pesar de identificarse las causas del primer conato nada se hizo por detener el proceso de convertir a Santo Domingo en una posesión como Cuba o Puerto Rico, con el resultado de un estallido revolucionario. El honor de las armas españolas quedó salvado, no así el sentido administrativo, las arcas públicas y la pérdida de vidas humanas malgastadas en una cadena de errores todos ellos identificados y salvables.

El conflicto, que se alargó desde 1863 hasta 1865 supuso que una vez puesto fin y restituyendo a la isla a su status quo previo, nada se aprendió de este hecho y de las consecuencias que tuvo en la visión que desde Cuba se tuvo de España y que estalló a los tres años. Fue la primera vez que el ejército español hubo de enfrentarse a la guerra de guerrillas, con unos resultados desastrosos.

La Guerra del Pacífico (1865-1871 en la práctica)

Tal conflicto enfrentó España a las Repúblicas de Chile, Perú, Ecuador y Bolivia. Fue un conflicto en el que se exhibió músculo ante las Repúblicas independientes aún no reconocidas.

En el conflicto intervino el nuevo poder marítimo español, que, imitando las formas inglesas de mostrarse, hizo lo propio en la zona. Fruto de aquella campaña se ocuparon las islas Chincha, se bombardearon los puertos de Valparaíso, Callao, se dio un combate naval en Abtao contra las fuerzas combinadas de chilenos y peruanos. Se pretendieron reparaciones de deuda que no se llegaron a satisfacer.

Se sabe que Napoleón III apoyó en secreto a Perú, devolviendo en la geopolítica el abandono de España de la campaña de México, en donde Francia buscaba colocar un trono imperial en México y poner un ocupante de perfil francófilo.

Tras las acciones de guerra naval y exhibición de poder (tanto el Reino Unido como los Estados Unidos se retiraron y se declararon neutrales a pesar de amenazar con intervenir en la confrontación). En 1871 se firmó en Washington el armisticio y se reconocía la independencia del Perú, Bolivia, Chile y Ecuador y se normalizaban definitivamente las relaciones comerciales con estas naciones.

  • El Caribe: Cuba y Puerto Rico

La realidad socio-económica de Cuba y, también en cierto sentido, de Puerto Rico viene dada por la gran disparidad que había entre estos territorios, particularmente Cuba, y la metrópolis. Para 1868 Cuba tiene un desarrollo económico mucho más fuerte y vigoroso que la metrópolis, fruto de la paz y de la orientación económica seguida en la isla. El principal mercado que dispone Cuba lo halla, en verdad, en los Estados Unidos, hacia donde enfoca alrededor del 80% de la producción de la isla[2].

En 1855 formaban la guarnición de la isla de Cuba trece regimientos y seis batallones de Infantería, dos regimientos de Lanceros, otro de Artillería, un batallón de Ingenieros y una Unidad de la Guardia Civil; así mismo, se habían organizado la Milicia de Color y los Cuerpos de Voluntarios. Se alcanzó por entonces el máximo desarrollo para la defensa de la isla. A partir de ese momento comenzó a disminuir por la necesidad de ahorro de los sucesivos gobiernos de la Península y por la dejadez y el abandono generalizados.

En poco tiempo el Ejército, aun cuando se le utilizó como en la campaña de Santo Domingo o en la Expedición a Méjico, vio disminuidos sus efectivos en ocho batallones.

La Guerra de los Diez Años (1868-1878)

En 1868 el ejército permanente de Cuba estaba dirigido por el Capitán General, que por Real Decreto de 20 de octubre de 1853 había sido declarado Director e Inspector nato de todas las Armas e Institutos Militares en los distritos de sus respectivos mandos, auxiliado para ello por un mariscal de campo Segundo Cabo y general en jefe; dos mariscales subinspectores de Artillería e Ingenieros; una sección de Estado Mayor al mando de un brigadier y otros once brigadieres en diferentes destinos[3].

Pero la realidad era muy distinta a la existente de las unidades sobre el papel. Al iniciarse las hostilidades el ejército se encontraba en un estado tal que Cuba estaba en la práctica indefensa, sin medios para atacar, y en muchos lugares, sin medios ni siquiera para defenderse; limitándose casi en todas partes a la ocupación del litoral que conservaba gracias a la presencia de la Armada. El abandono había dejado a las unidades en cuadro, al licenciar o rebajar a un elevado número de soldados para recortar los gastos del presupuesto. Sólo eran combatientes de seis a ocho mil hombres y muchos de los que estaban en filas ocupaban puestos y destinos ajenos al servicio[4].

La guerra comenzó con el Grito de Yara, en la noche del 9 al 10 de octubre de 1868, en la finca La Demajagua, en Manzanillo que pertenecía a Carlos Manuel de Céspedes.

Terminó diez años más tarde con la Paz de Zanjón o Pacto de Zanjón, donde se establece la capitulación del Ejército Independentista Cubano frente a las tropas españolas. Este acuerdo no garantizaba ninguno de los dos objetivos fundamentales de dicha guerra: la independencia de Cuba y la abolición de la esclavitud. Por dicha razón, grupos dispersos de patriotas cubanos continuaron luchando durante la mayor parte del año 1878 e intentarían reiniciar la lucha durante la llamada Guerra Chiquita (1879-1880).

La Guerra Hispano-norteamericana (1898)

Es la tercera y última guerra cubana de independencia y de la serie de guerras de independencia de América. En tal ocasión hay que sumar el que con seguridad es el primer atentado de falsa bandera de los EE.UU., como es la implosión del Maine[5]. Fruto de ello y de una campaña mediática muy bien orquestada por el magnate de la prensa amarillista William Randolph Hearst.

El descontento de los libertadores al ver cambiar su tierra de amo, pues eso supuso la “independencia” con el patrocinio norteamericano, no se dejó esperar. Si bien Puerto Rico y Filipinas continuaron por más décadas como colonias, ya no de España sino de Estados Unidos, las presiones cubanas por constituir su propio país hicieron que bien pronto Estados Unidos preparara su retirada. La independencia no mejoró la situación de los más desfavorecidos, produciéndose después de la secesión colonial levantamientos del sustrato poblacional negro, que en 1912 propició otra intervención estadounidense.

Conclusiones

Uno de los errores que destacan de esta etapa tiene que ver con cierto comportamiento, que podríamos tildar de naif, en política exterior respecto a las intenciones y acciones de la Francia de Napoleón III o los Estados Unidos. Se comporta España con valores tales como el honor y quiere ser reconocida como potencia de primer nivel optando por una aplicación equivocada de una vía lógica.

Es decir, durante la época de O’Donnell se sigue una buena política de mejoramiento de la flota, hasta su modernización, pero en política exterior se toman malas decisiones, que como ya he dicho por un afán de demostrar equivocado nos llevan a tomar muy malas decisiones. Hay un error básico, consistente en no fortificar Ceuta y el monte Hacho, imitando las obras inglesas de Gibraltar. Es decir, poner una doble cerradura al estrecho y no dejarles toda la puerta a los ingleses. Tampoco se tomaron buenas decisiones en cuanto al fortalecimiento de puertos y de la marina en lugares estratégicos. Se debía haber buscado una línea de equilibrio que nos permitiese jugar con plena soberanía lejos del partido pro francés o pro británico (en definitiva, no tuvimos un Bismarck que supiese mover el juego de bolillos de las relaciones internacionales y de la apuesta por una ideología liberal o conservadora ajustada a nuestras necesidades y siempre paulatina).

Se cometieron errores en el tratamiento en la paz con las repúblicas americanas nacidas, con los territorios ultramarinos a gran distancia que teníamos y tan cerca de una potencia en ascenso y gran apetencia de territorios estratégicos, como los Estados Unidos.

No obstante, España supo acertar en la forma de combatir las guerrillas en medios hostiles, mucho más hostiles, por cierto, que allí donde fracasó el Imperio británico con un clima más benigno y mejores medios, como fue la guerra de los Boers.

NOTAS

[1] Lo único bueno de la intervención, si esta hubiera mantenido su espíritu inicial, estaba en la defensa del pueblo de México para lograr su estabilidad y que lograse gobernarse como desease, pero visto el papel de Francia hizo bien en seguir la retirada.

[2] Es un territorio que ya cuenta con un principio de vertebración de infraestructuras, al construir el primer ferrocarril, y tiene la idiosincrasia de que su economía funciona fuerte gracias a la esclavitud. Así que estamos ante un territorio mejor vertebrado, más vigoroso en lo económico y socialmente, muy activo, con fuertes exportaciones, que va muy por delante de la metrópolis, pero que sin embargo se halla sujeta a ella, donde se dan conflictos sin cesar, se han tomado malas decisiones en política internacional afectando el área especialmente, y para colmo de males, después de vivir dependiente de ella en lo político (para mal) no atendiéndose a sus requerimientos, con el estallido de la Gloriosa en 1868 y la cuestión de la esclavitud, siendo un torpedo potencial en la línea de flotación de la economía de la isla, que necesitaba de manera imprescindible obreros cualificados debido al desarrollo tecnológico y la esclavitud era un obstáculo y un lastre enorme. Todo esto hace despertar con una fuerza que podríamos calificar de determinante al independentismo cubano, que busca su referencia y apoyo en los Estados Unidos.

[3] Las unidades con su cobertura teórica eran:

  • Infantería: Ocho mil trescientos cincuenta hombres repartidos en ocho regimientos de dos batallones y cuatro batallones de Cazadores, hacían un total de veinte batallones.
  • Caballería: dos regimientos con mil ochenta y cuatro hombres y novecientos caballos.
  • Artillería: un regimiento a pie con dos batallones, otro de montaña con seis baterías, una montada y una compañía de obreros, con mil quinientos sesenta y tres hombres.
  • Ingenieros: un batallón con quinientos ochenta y cinco hombres.
  • Guardia Civil con un tercio de ochocientos veintiocho hombres y doscientos tres caballos.

Quedaban la Brigada Sanitaria, con trescientos veintiún hombres para los hospitales, y las milicias, que estaban constituidas por cuatro mil dieciséis hombres y dos mil trescientos cuarenta caballos. Los voluntarios sumaban los diez mil veintitrés en toda la isla.

[4] Las tropas llevaban años de inactividad y acuartelamiento, sin aclimatarse a la realidad tropical de la isla, ni reconocer el terreno ni caminos… Los oficiales estaban acostumbrados a las formas de combatir en Europa que en nada se asemejaban a las tropicales, con lo que eran objeto de una exitosa guerra de guerrillas por los locales rebeldes. Hubieron de especializarse las tropas a puro de ensayo y error, con nuevas tácticas, imitando a los insurrectos en las tácticas que mayor éxito tenían. Aunque no eran tan ágiles no eran menos efectivos. Los rebeldes aprendieron a su vez tácticas más abiertas hasta presentar batalla según las normas de combate clásico en campo libre.

[5] Ojo, implosión, que no explosión. Es decir, que según se ha podido demostrar con la física, la explosión parte de dentro a fuera y no de fuera hacia el interior. Es decir, que España no fue responsable de esa desgracia.

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