Las deserciones en el siglo XVIII

El desertor en los ejércitos de Europa del siglo XVIII. Investigación sobre motivos. Los sistemas de reclutamiento.

La figura del desertor es muy común y un grave problema en los ejércitos de Europa del siglo XVIII. Para explicarla se hace necesario comprender los diferentes factores que propician una deserción.

Los sistemas de reclutamiento

Desde la época de los Habsburgo se pueden diferenciar con claridad dos grandes clases de reclutas: el voluntario y el forzoso. A su vez, el voluntario se subdividía en levas por comisión y los realizados por asiento. El forzoso se surtía de levas de vagabundos y de repartimientos generales obligatorios.

Enganche voluntario

  • Por levas de comisión: Se trata de uno de los más utilizados. Consistía en que un capitán se hiciera cargo del reclutamiento, empleando para ello todo tipo de recursos. Aunque no se ejercía la coacción sí es cierto que se ejercía la picaresca[1].
  • Por asiento: Se entiende “asiento” como contrata, y se confía a un intermediario el alistamiento, pagándole lo estipulado en función del número total de soldados que sea capaz de lograr, siendo muy común el empleo de éste método en territorios de jurisdicción eclesiástica y señorial, pero no el de la jurisdicción real. La Ordenanza de 1768 impedía en la literalidad de su artículo 11 que se pudiesen aceptar como reclutas voluntarios a todos aquellos que tuviesen “[…] vicio indecoroso, o extracción infame como mulato, gitano, verdugo, carnicero de oficio, etc. ó castigado con pena ó nota vil por la justicia”. Tal límite se extendió hasta 1783, momento en que se declaró que todos los oficios eran “honrosos”.

Reclutamiento forzoso

  • Levas de vagabundos

Fueron muy frecuentes[2]. La primera leva de la dinastía borbónica viene dada en 1717 por Felipe V, quien establece que el día 20 de agosto se prenderán todos los vagabundos y se seleccionarán atendiendo a criterios como la edad (entre 18 y 45 años), robustez, “y disposición competente para servirnos útilmente en la Guerra”, es decir que se hallen en condiciones físicas y psíquicas de poderlo hacer. Los que no engrosen las filas de las milicias pasarán a estar bajo custodia en las cárceles.

Las levas más importantes, siempre para el ejército de tierra, son las de 1734 (2.891 que se envían al reconquistado presidio de Orán); 1740 y 1741, 600; 1742, 1.048; 1745, 3.562, de los que 1.583 reciben como destino los regimientos de Orán y Ceuta; 1742, 445 enviados de nuevo a los regimientos africanos; y, 1747, 595.[3]

Estas levas pasaron de ser esporádicas a convertirse en periódicas. Así la Resolución de 1751 logró reunir a 6.882, con destino a los arsenales, de los que 5.505 fueron destinados a marina y 1.377 al ejército.

  • Sistema de repartimientos generales obligatorios

Su origen está en 1586. En este caso los municipios se encargan de la recluta, repartiendo el contingente de soldados en función de su población, estableciendo que por cada 75 o 100 vecinos tendría que aportarse 1 soldado[4].

La Real Cédula de 29 de enero de 1704 estableció las bases del ejército y perfeccionó el sistema. Se trataba de levantar cien Regimientos de 500 hombres por cabeza entre las 17 provincias del Reino de Castilla, excluyéndose Navarra y las provincias Vascongadas. Para 1719 se establecía el sorteo, con exentos y para servir durante un tiempo concreto, dando lugar a las “quintas” que se realizaron al principio esporádicamente hasta que llegó la Real Ordenanza de 3 de noviembre de 1770, de reemplazo anual.

Pero si desde el punto de vista del legislador la quinta era el medio más justo y equitativo posible, a los ojos del grueso de la población, única contribuyente, llegó a ser una carga pesada ante la cual se generó un gran rechazo popular. Esto es debido a que la implantación de la quinta acabó por tener un carácter personal e intransferible, que chocó inicialmente con la idea de que el soldado había de servir a su Rey voluntariamente. Éste es el motivo por el que, durante el primer tercio del siglo XVIII, la quinta tuvo que ir matizada con prácticas reclutadoras que permitiesen a las poblaciones llenar el cupo mediante la compra de soldados o la ya señalada recogida de vagos, viandantes, reos útiles, etcétera para eludir el sorteo de los mozos del pueblo.

Otros factores de deserción

  1. La imposición del reclutamiento obligatorio despertó la repulsa en el Ejército como consecuencia de convivir con ese tipo de personas de baja estofa y escasa disciplina, lo cual también contribuía en la mala disposición de la gente de bien para acudir a servir la patria.
  2. El rechazo al servicio militar obligatorio fue su larga duración[5]. Cuando se era sorteado suponía ausentarse durante tres, cinco u ocho años del pueblo, familia y seres queridos. Esta ausencia se notaba entre los agricultores y artesanos, al perder a varones capaces en el cénit de su poder, que podía verse agravada por sequías, inundaciones y todo aquello que conducía a una mala cosecha. Sin olvidar los impuestos que habían de soportar ese grueso de la población, de los que, por norma general, tanto nobleza como clero también resultaban exentos.
  3. Por no hablar de las guerras, cosa que añadía a todo lo expuesto factores como la incertidumbre, peligrosidad y lejanía, pues, aunque con el tiempo se redujeron las posesiones en Europa eso no significó que España dejase de participar en conflictos fundamentales de la Europa occidental, además de la defensa de las posesiones ultramarinas de España y los presidios y plazas fuertes costeras.
  4. Las condiciones de los soldados en cuanto a alojamiento en los cuarteles, en los que cada cama era compartida, la muda de las unidades se hacía por marchas de gran dureza en plena canícula con un pueblo que tenía la obligación de alojarlos. La paga del soldado era escasa y quien tenía oficio se le permitía ejercerlo para suplir la indigencia. A las enfermedades y escaso higiene hay que añadirle la uniformidad. El uniforme debía durar 40 meses[6]. Contando con un único uniforme para todo: hacer instrucción, paseos, guardias[7] y marchas. Es fácil imaginarse un soldado mal vestido, mal calzado, lleno de remiendos, sucio, con barba[8]. Y con la particularidad de que el paño del que estaba hecho el uniforme llevaba a que en verano el soldado pasase un calor agobiante y en invierno pasaba un frío muy severo, ya que no se incluía ninguna prenda de abrigo.

Además de los motivos personales de aquellos obligados y/o apresados para el ejército, las causas que llevaban al descontento y desánimo de las tropas eran muy variadas, pero pueden sintetizarse en la obligación de actuar en momentos o circunstancias especialmente difíciles, la ineptitud de los mandos o el fracaso de una campaña

La mayor sangría de soldados procedía de la deserción de los extranjeros cuando se hallaban cerca de su tierra natal[9].

La rigurosa disciplina como necesidad, y desencadenante de la deserción

El incremento de la deserción obligó a todos los ejércitos a penalizar con dureza tal delito.

La disciplina en las guarniciones se podía romper con cierta facilidad por diferentes causas, tales como la dilación en la percepción de las pagas, tibieza en los mandos o la práctica de favoritismos en la concesión de permisos o bien en la aplicación de castigos. Los soldados solían mostrar su enfado en tales circunstancias retrasándose indebidamente en el cumplimiento de las órdenes, negándose a cumplirlas o negando el debido saludo a los oficiales.

Se consideraba que para sujetar a la tropa era necesaria una disciplina inculcada sobre la base del miedo al castigo corporal, descartando, no sin cierta razón, que un ejército así constituido no era un modelo que pudiese funcionar a través de órdenes racionales o comprensivas, haciéndose necesario el uso de la baqueta para obtener la obediencia de la tropa. Los castigos[10] podían ser de gran seriedad, no obstante, las sanciones más comunes en el día a día de un soldado de la época se reducían a tres: la vara del cabo sobre la espalda del soldado, el encierro en el calabozo y pasar al sujeto por las baquetas[11].

Precisamente se daba la ironía que al aplicar hasta el extremo tal disciplina se propiciaba lo que se quería evitar: la deserción.

La deserción en las ordenanzas del siglo XVIII

La instauración borbónica reordenó la jurisdicción militar con la Ordenanza fundamental 18 de diciembre de 1701 llamada “segunda de Flandes”, copia de las del Rey francés Luis XIV. Esta ordenanza contenía un amplio catálogo de delitos (castrenses y comunes: artículos 39-91) y penas aplicables a militares.

Introdujo esta ordenanza los consejos de guerra, interrumpiendo la tradición jurídica del Auditor. Respecto a los desertores determinaba: “art. 92. Quando algunas Tropas estuvieren en marcha, prohibimos a todos los soldados…el apartarse de su Regimiento, pena de castigo corporal; y si se apartare a mas de media legua, pena de la vida[12]. Esta pena de muerte se conmutaba normalmente en galeras.

Pero si los desertores pertenecían al mismo regimiento, uno de cada tres, por sorteo, sería fusilado (art. 103).

Tampoco se olvidaba de castigar la adición de 1723 a las mujeres que facilitaban la deserción o cooperaban a ella[13]:

Existían incentivos económicos para el delator que proporcionaba la captura. También se buscó la implicación de la jurisdicción ordinaria[14].

Estos rígidos mandatos se alternaban con indultos[15] manifestándose así la necesidad de seguir contando con soldados, aunque se temiera nueva evasión.

El desertor del siglo XVIII en la literatura y el cine

No es casualidad que la figura del desertor en la literatura se trate extraordinariamente en la novela The Luck of Barry Lyndon[16], de William Makepeace Thackeray[17].

La historia sucede entre 1745 y 1814 y el relato nos lleva desde su Irlanda natal por el norte del continente europeo siguiendo conflictos como la rebelión escocesa, la Guerra de los Siete Años, la cuestión irlandesa o la Guerra de Independencia americana. Se describe su enrolamiento a través del banderín de enganche de un capitán. Una vez en la guerra decide desertar del ejército británico, es descubierto como desertor por una patrulla de prusianos que busca voluntarios y es, literalmente, secuestrado para ser enlistado en el ejército de Federico II. Acabada la guerra, se convierte en espía de Prusia, después en jugador… Es sin duda, una excelente novela y de gran interés para el tema tratado.

Precisamente, Stanley Kubrick la adaptó a la gran pantalla en 1975, creando una de las mejores películas de todos los tiempos[18], merecedora de 4 premios Oscar® y dos premios BAFTA®.

Diferentes fotogramas de la película Barry Lyndon, en los que se aprecia el paso de Barry por el ejército británico y el prusiano. También se ve a dos oficiales, uno británico y el otro prusiano, que jugarán un papel en la vida militar del protagonista, interpretado por Ryan O’Neal. 

Conclusiones

Factores de deserción:

  • Las malas condiciones que se dan durante el servicio en cuanto a paga, calidad del uniforme, etc.
  • Los castigos corporales y abusos.
  • El reclutamiento, que obliga a seleccionar gentes de mal vivir y supone ponerlas a vivir con gentes honradas.
  • La oficialía y, en ocasiones, su mala planificación de una acción militar o el fracaso en una campaña.
  • El verse alejado de la vida cotidiana en una época con escasa esperanza de vida.
  • La dureza de la propia guerra y la lejanía del hogar.
  • La larga duración del servicio.
  • Los extranjeros que servían en el ejército tendían a desertar al hallarse próximos a sus hogares, y hacían un efecto multiplicador para aquellos que, aun encontrándose lejos, se sumaban a la fuga.

Bibliografía

BORREGUERO BELTRÁN, Cristina. Represión e integración de prófugos y desertores en la España del siglo XVIII. Millars. Espai i Història XXVI. Pp. 111-130. 2003

IGLESIAS, Carmen (Coord.). Historia Militar de España. Dirigida por Hugo O’Donnell. Edad Moderna. III. Los Borbones. Ministerio de Defensa. 2014

LLORENTE DE PEDRO, Pedro-Alejo. La deserción militar y las fugas de los presidiarios en el Antiguo Régimen: Especial estudio de su incidencia en los presidios norteafricanos. AFDUA (Anuario de la Facultad de Derecho de la Universidad de Alcalá). Pp. 106-131. 2006.

PARKER, Geoffrey; La Revolución Militar. Innovación militar y apogeo de Occidente 1500-1800. Pp. 195-202. Alianza Editorial. Madrid. 2002

PÉREZ ESTEVEZ, R.: El problema de los vagos en la España del siglo XVIII. Madrid, 1976

THACKERAY, William Makepeace; La suerte de Barry Lyndon: Romance del siglo pasado. Editorial Cátedra. Colección Letras Universales. Madrid. 2006

NOTAS

[1] Como jugar el capitán o comisario a los dados con el potencial recluta por dinero, pero estableciendo que si ganaba el reclutador el sujeto quedaba obligado a tomar parte en la expedición.

[2] El objeto de tales levas se debe a una doble finalidad. Por un lado, se apartaba a estas personas de ciudades y campo, por otro, se prescindía de recurrir con tanta frecuencia a los alistamientos. El origen de este tipo de reclutamiento se hallaría alrededor de 1580, agravándose la situación en todo el siglo XVII llevó cada vez a más vagabundos y presos a las filas de los ejércitos.

[3] Según, PÉREZ ESTEVEZ, R.: El problema de los vagos en la España del siglo XVIII. Madrid, 1976, pág. 98.

[4] Pero todo dependía de las necesidades bélicas de cada momento. Durante los siglos XVI y XVII tal servicio sólo era para una campaña en concreto y no durante un tiempo prolongado ni acotado.

[5] Un tiempo muy largo a tenor de la esperanza de vida de la época, alrededor de los 35 años.

[6] Pero la realidad marcada por la burocracia y el escaso erario llevaba al soldado vestir el mismo uniforme cinco, seis y hasta siete años.

[7] La guardia conllevaba dormir vestido.

[8] El barbero alcanzaba a afeitar a la compañía una vez por semana.

[9] Un caso paradigmático se dio en el contexto de las campañas de Italia, donde todas las medidas resultaron escasas para disuadir a los desertores y evitar que acudiesen a sagrado de donde no se les podía sacar para abandonar la disciplina castrense.

[10] Según la Ordenanza de Carlos III, de 1768, en su Tratado VIII estipulaba castigos tan severos como el cortar una mano al que pegase a un oficial, ahorcamiento por sedición o desobediencia ante el enemigo, etcétera.

[11] Consistente en que el sujeto disciplinado había de pasar por medio de dos filas de soldados que le asestaban golpes con las baquetas.

[12] Federico II de Prusia hacía rodear los campamentos de vallas, evitaba marchar a través de los bosques y sus patrullas de reconocimiento no iban más allá de 200 metros. Consideraba que organizar una escaramuza era un buen pretexto para escapar de la disciplina del ejército. Expuesto en PARKER, Geoffrey; La Revolución Militar. Innovación militar y apogeo de Occidente 1500-1800. Página 198. Alianza Editorial. Madrid. 2002.

[13] “[…]informado de la duda sobre el castigo a las mujeres, que dan auxilio a la desercion, compran vestidos de soldados o en otra forma, que sean castigadas con penas pecunarias al arbitrio de los consejos de guerra de los regimientos…”.

[14] Aunque muchas veces no tuvo el interés en perseguir este delito.

[15] Como los de 13 de diciembre de 1714, 1 de julio de 1720, 31 de enero de 1724 y 2 de octubre de 1724.

[16]La suerte de Barry Lyndon”. Tiene forma de memorias y participa del modelo realista de novela, en la que destacan los géneros de la picaresca, lo histórico, lo satírico y de aventuras. La obra se basa en la vida del aventurero irlandés Andrew Robinson Stoney.

[17] William Makepeace Thackeray (1811-1863), considerado el segundo mejor literato de la época victoriana, tras Charles Dickens.

[18] Según publicaciones como Time en 2005 (http://entertainment.time.com/2005/02/12/all-time-100-movies/?slide=barry-lyndon-1975) o la prestigiosa BBC en 2015 (http://www.bbc.com/culture/story/20150720-the-100-greatest-american-films). Ficha completa de la película en IMDb: http://www.imdb.com/title/tt0072684/fullcredits.

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