Introducción y marco temporal-interpretativo

En el declinar la segunda parte del siglo XVII Inglaterra va adquiriendo los rasgos que la van convertir en la primera potencia comercial y capitalista. No fue un camino sencillo. Hubo de medirse a su competidora, las Provincias Unidas de los Países Bajos en dos guerras eminentemente marítimas (1652-1654, 1665-1667) y una tercera más equilibrada entre la dimensión terrestre y la marítima (1672-1674). Así que Inglaterra entra en el siglo XVIII con el afán de hallar la manera de consolidar su presencia de una manera más global, enfrentándose con ello al proyecto francés de dominación de Luis XIV, y que cristalizaría en la primera de las guerras multicontinentales claves para el devenir de Europa y el mundo, la Guerra de los Siete Años y sus amplias y determinantes consecuencias, donde podríamos situar el nacimiento de los Estados Unidos a partir de la independencia de las 13 Colonias.

Inglaterra se fija en el subcontinente indio y el Extremo Oriente (apertura china del puerto de Cantón al comercio europeo en 1685, y el establecimiento de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales en Calcuta en 1690, respectivamente). La forma de comunicar esas posesiones se basa en la ruta marítima de El Cabo, a la que Inglaterra busca alternativas que abaraten los costes comerciales y rebajen los riesgos. Y es en este momento cuando Inglaterra pone sus ojos en el Mediterráneo, al igual que Francia. Empieza a trazar con determinación y paciencia un collar de perlas que, mediante la sucesión de enclaves con finalidad militar y escala de abastecimiento, alcance el Mar Rojo, recuperando el sentido de la ruta que Portugal primero, y España con el descubrimiento del Nuevo Mundo, se encargaron de anular para el poder de los Otomanos y el fracaso de Venecia como potencia comercial conspicua.

El primer paso fue construir una sólida alianza con Portugal, firmada en 1661, por la que los lusos aseguran y apuntalan la flota y el comercio inglés, cediendo a Inglaterra definitivamente Bombay, y a la vez frenando Portugal su desarrollo industrial incipiente en beneficio del inglés, todo ello a cambio de recursos con los que cimentar la independencia de Portugal de España, rompiendo la alianza que había sido tan provechosa para las élites lusas plasmada en la unión de reinos en tiempos de Felipe II. La alianza anglo-lusa requería una refuerzo, y este llega a través del Tratado de Methuen de 1703, construido sobre la base de privilegiar los tejidos ingleses y los vinos portugueses en sus intercambios comerciales.

La experiencia que supuso para Inglaterra la Guerra de la Liga de Augsburgo (1688-1697) hace concebir a los ingleses la necesidad de abarcar nuevas posibilidades tácticas con las que combatir a Francia, ya que gracias a la alianza entre España e Inglaterra el puerto de Cádiz estaba abierto a sus intereses, además del de Lisboa, con lo que lograban incidir sobre las flota francesa con contundencia y velocidad, sumando la seguridad de las diferentes bases atlánticas y con la proximidad del estrecho de Gibraltar para vigilar las maniobras comerciales y bélicas de los franceses desde Tolón.

El desencadenante

En las puertas del XVIII la rama española de los Habsburgo va a extinguirse, y se hace evidente que habrá que proveer a un sucesor al trono de España. Luis XIV tiene claro que la oportunidad es magnífica, así que las conversaciones con Inglaterra, Saboya, Austria, Portugal, las Provincias Unidas de los Países Bajos… se suceden para liquidar las posesiones españolas en Europa: Milanesado, Nápoles, Sicilia, Luxemburgo, lo que queda de Flandes… Inglaterra quiere controlar Ceuta, Gibraltar, Mahón, Orán o La Habana.

Pero Carlos II hace testamento a favor de Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, y futuro Felipe V. El Consejo de Castilla valora la realidad demográfica, económica y política de España y piensa en que al hacer esto, alienta la ambición de Luis XIV, con lo que el patrimonio territorial de España es más probable que se mantenga íntegro. Lo cual hace que el “balance of power” inglés logrado tras la Paz de Westfalia (1648) salte por los aires: Francia se convierte virtualmente en la potencia hegemónica continental, a lo que Inglaterra, las Provincias Unidas de los Países Bajos, Austria, Saboya y Portugal forman en réplica la Gran Alianza y declaran la guerra a España y Francia en 1702. La Guerra de Sucesión española había comenzado y no finalizaría hasta 1714, redefiniendo el orden de Europa hasta la revolución francesa y el I Imperio francés.

La toma de Gibraltar

La toma de Gibraltar tuvo lugar el 4 de agosto de 1704, dentro de la Guerra de Sucesión española en una acción combinada de la flota angloholandesa comandada por el Almirante George Rooke y el príncipe Jorge de Hesse-Darmstadt.

Aunque el propósito del ataque era que la plaza estratégica de Gibraltar se pasase al bando del Archiduque Carlos, dado el enconamiento de la ciudad en mantenerse fiel al rey Felipe V, se desencadena una batalla por su control que se alcanza cuando el capitán Whitaker toma el Muelle Nuevo y secuestrando rehenes de entre la población civil obliga a los mandos españoles a levantar bandera parlamentaria, debido a la defensa tan encarnizada que realizaban la escasa dotación defensiva y los voluntarios, en concreto con 100 hombres armados y 6 artilleros, que eran los efectivos para la defensa de la ciudad de Gibraltar. A estos se les añadieron alrededor de unos 400 voluntarios a los que se armó lo mejor que su pudo, ante lo precario de la posición y su sostenimiento y la premura para organizar algo parecido a una defensa.

El resultado fue la capitulación de Gibraltar, por la que oficiales y soldados podían salir con sus armas, los soldados con lo que pudieran cargar sobre sus hombros, los caballeros con sus caballos, extraer tres cañones de la ciudad con 12 cargas de pólvora y balas, que la población podría acarrear pan, carne y vino para 7 días de marcha, podían cargar ropa y cofres de oficiales y cabildo y lo que quedara en la ciudad podría enviarse posteriormente. Quien optase por permanecer en la ciudad se le respetarían todos los privilegios, así como los tribunales y derechos religiosos y, por último, los mandos militares debían señalar la posición de los almacenes de pólvora y armas de la ciudad. De la capitulación quedaban excluidos los franceses que quedarían en la ciudad en calidad de prisioneros de guerra siendo sus bienes confiscados. De todo lo sucedido y sus motivos se informó pormenorizadamente al rey Felipe V por carta.

Abandonaron la ciudad, de los 6.000 habitantes estimados, todos ellos menos no más de 70 personas, muchas de ellas enfermas y religiosos para atender espiritualmente a los que se quedaban. A continuación, Darmstadt ordenó que hondease el pabellón austriaco, pero, supuestamente, el almirante Rooke ordenó arriarlo para izar el inglés, contraviniendo así el Tratado de Lisboa de 1703 que impedía a las potencias marítimas inglesa y holandesa tomar cualquier puerto de España bajo su soberanía por pertenecer al Archiduque Carlos, entre otras cosas como por ejemplo que tras la coronación de Carlos de Austria como rey de España, serían cedidos a Portugal los territorios de Badajoz, Alburquerque, Valença y Alcántara, Guarda, Tuy, Bayona y Vigo en Galicia y los territorios al norte del Río de la Plata, donde se encontraba la Colonia del Sacramento (CONSULTAR EL ORIGINAL EN PORTUGUÉS Y LATÍN AQUÍ).

¿Por qué se afirma “supuestamente”? El siguiente apartado pretende profundizar sobre la cuestión de las banderas.

A vueltas con las banderas

Según REMACHA, José Ramón; Gibraltar y sus límites. Editorial TREA. Estudios Históricos La olmeda. Colección Piedras Angulares. Pp. 56-58. Gijón. 2015, que hace un completo repaso a la historiografía española y británica, trabaja a fondo la cuestión de las “banderas”. Aborda también el asunto desde el punto de vista del origen de la afirmación del cambio de banderas en la documentación que sustenta esa afirmación, que resulta ser de finales del siglo XVIII, prácticamente un siglo más tarde, y la fuente de la que surge la versión se afirma que la bandera se iza en “Hacho”, cosa que demuestra REMACHA ser imposible. Entonces, ¿se trata de un error? Por la historiografía británica sabemos que en esa época era costumbre en los ingleses el clavar una bandera para marcar un terreno como ocupado por el ejército inglés con la finalidad de determinar quién tendría derechos sobre el botín, en caso de darse, sobre esa zona concreta. También sabemos que las órdenes dadas por la reina Ana son las de colaborar en todo lo posible con el partido del Archiduque Carlos, de manera que no tendría lógica que precisamente en ese momento, y subrayo en ese momento, se cuestionase la soberanía del peñón. Otro aspecto sobresaliente que nos ayuda a comprender la naturaleza de la ocupación británica viene dado por el tratado de paz alcanzado con Inglaterra, pues en él se estipula la cesión. Atención, cesión, que no reconocimiento de conquista. Después, y esto lo añado yo, el que se permitiese salir de la ciudad con propiedades y que luego hubiese palabra de enviar las que no se pudo cargar en la salida, demuestra que no se aplica el derecho de conquista. Continuando con los argumentos dados por REMACHA, y siguiendo a la historiografía británica de nuevo, está el hecho de la dependencia de Gibraltar del Obispado para la asignación de sacerdotes para Gibraltar. También apoya tal punto de vista ANGUITA OLMEDO, Concepción; La cuestión de Gibraltar: Orígenes del problema y propuesta de restitución (1704-1900). (Tesis doctoral) página 71 Universidad Complutense de Madrid. 1997: “[…] Ernle BRADFORD señala que es imposible que el incidente de las banderas se produjera tal como lo cuentan algunos autores españoles. El razonamiento de este autor es muy parecido al señalado anteriormente por PLA CARCELES:

<<Now that the Rock had been offically captured in the name of Charles, Archduke of Austria, as claimant to the Spanish throne, it was right and proper that it was his flag which was hoisted over the fortress. It is sometimes said that Admiral Rooke thrust the claim aside and hoisted the British flag. This seems extremely unlikely, and there is no evidence of it. Rooke was certainly in command of the allied fleet, but he knew in whose cause the fleet was operating. Furthermore, it is most unlikely that he would have deliberately insulted his superior, Prince George of Hesse, who was in command of the land forces. In any case, inmmediatley after the capture of the Rock, Rooke took the fleet to Tetuan to take in water. (…) It is true enough to say that it was Rook who took the Rook, for over seventy-five per cent of the ships and troops engaged were English. But it is quite certain that it was taken in the name of the Austrian Archducke -and almost equally certain that his flag which floated over it for the next few years>>. (Cita de BRADFORD, Ernle. The History of a Fortress, Gibraltar. Páginas 45-46. London, Rupert Hart-Davis. 1971—–à Lo situado entre paréntesis es mío).

Este autor no detiene aquí su razonamiento, sino que va más lejos: el príncipe de Hesse, que era católico, no dudó en nombrar como gobernador a un irlandés y como segundo comandante de la fortaleza a un general español. Para Bradford resulta difícil concebir que tanto el príncipe como el gobernador y subgobernador aceptaran tener la bandera inglesa ondeando por encima de sus cabezas”. (FIN DE LA CITA).

Siguiendo de nuevo a REMACHA, de todo ello se desprenden dos consecuencias: la primera, la ocupación británica no empieza en 1704, sino en 1713 al retirarse las fuerzas aliadas holandesas y se firma el Tratado de Utrecht. La segunda, que Gran Bretaña adquiere la posesión de Gibraltar por cesión y no por derecho de conquista. Esto es fundamental.

De todo lo expuesto hasta aquí se puede relacionar a la perfección con la opinión general de que Inglaterra estaba buscando disponer de un lugar de apoyo en el estrecho desde los tiempos de Cromwell. De hecho, cuando España y la Gran Bretaña fueron miembros ambos de la Liga de Augsburgo contra Luis XIV, la marina británica podía utilizar Gibraltar sin ningún problema. Lo mismo ocurrió durante el reinado de Jacobo II de Inglaterra (1685-1688), pero el peligro del acercamiento de España a Francia tras la muerte de Carlos II dio lugar a una nueva situación. El papel auxiliar que Gibraltar daba tras la evacuación inglesa de Tánger se había terminado, así que había que contar con otro apoyo o bien convertir a Gibraltar en posesión británica.

Por consiguiente, el episodio de las banderas es apócrifo, o no sucedió como se refleja en las fuentes tardías que recogen la ocupación de Gibraltar en la Guerra de Sucesión.

Los Sitios de Gibraltar. Intentos de una recuperación militar

La historia de Gibraltar registra hasta catorce sitios. En la época más reciente, en los tres últimos siglos, ha habido tres guerras ocurridas todas en el mismo siglo XVIII. Se trata de los sitios de 1704, 1727 y 1779.

Sitio de Gibraltar de 1704-1705

El primer intento vino, se puede decir, seguido de la ocupación el 4 de agosto de 1704. En ese primer intento se utilizó el conocimiento del terreno que tenía cierto pastor, Simón Susarte, y que a punto estuvo de resultar un éxito porque todavía las defensas de la plaza eran bastante sencillas, de hecho, tal y como las dejaron los defensores cuando abandonaron la plaza. El sitio duró desde septiembre de 1704 hasta finales de 1705.

Primero ostentó el mando el marqués de Villadarias y después el mariscal francés Tessé. Por parte de Gibraltar dirigía la defensa el príncipe Jorge de Hesse-Darmstadt. Por cierto, otro argumento que refuerza lo mencionado en el subtema de las banderas: ¿qué sentido tenía haber provocado y buscar un enfrentamiento entre aliados precisamente en este momento? Retomemos el hilo, para defenderse, los sitiados abrieron la laguna que había en el istmo para dificultar al máximo el acceso a los sitiadores. Estos, a su vez, emplazaron sus baterías en el sitio del Molino de Viento, que estaba a unos 800 metros de la plaza y donde se construyó una fortaleza de 12 cañones y cuatro morteros. Durante este tiempo los ingleses recibían provisiones que venían en barcazas desde Tánger y Tetuán. El asedio se alarga por quince meses y consigue penetrar en el recinto amurallado. Está demostrado que las diferencias en el mando hispano francés contribuyeron, y bastante, al fracaso.

Sitio de Gibraltar de 1727

El segundo intento fue el más corto de todos. Se corresponde con el resultado de las negociaciones mantenidas desde 1721 y la nota de protesta presentada por el embajador Pozobueno en Londres a primeros de enero. Cansado Felipe V de las conversaciones infructuosas alrededor de una carta de Jorge I y volver a las armas. La nota está fechada el 21 de diciembre de 1726 y es presentada los primeros días de enero, por consiguiente, de 1727, iniciándose las hostilidades el 11 de febrero del mismo año. Este intento estuvo dirigido por el conde de Las Torres, de quien se afirma que descuidó el estado de las tropas y no pudo contar con el apoyo naval que era necesario, hasta el punto de afirmar que en verdad no fue un sitio, pues los defensores no tuvieron dificultad de ningún tipo de aprovisionarse a través del puerto.

El comandante español no tuvo en cuenta los efectivos de la guarnición ni tampoco la mejora implementada en las defensas de Gibraltar. De hecho y de derecho las hostilidades se suspenden el 13 de junio y el 24 del mismo mes se firma un armisticio con siete puntos, uno de los cuales es mantener las posiciones alcanzadas que situaban al pie de las murallas.

Sitio de Gibraltar de 1779-1783

El tercer y último intento de recuperación por la vía militar de Gibraltar es el conocido como el Gran Sitio de 1779. Es este el más largo y ha sido ampliamente tratado en la historiografía de ambos países. El rey Carlos III apoya el plan d’Arçon, cuyo mentor era el ingeniero francés Le Michaud d’Arçon, y que consistía en preparar toda una serie de baterías flotantes para bombardear la plaza. Esto ha sido calificado desde el punto de vista militar como erróneo, porque requería mucha preparación y no podía guardarse secretamente. Por el contrario, se desechó la propuesta del militar español Silvestre Abarca, que ha sido reconocida de mayor viabilidad. Consistía en distraer por el norte a los defensores de Gibraltar, con unos 136 cañones y 60 morteros. A la vez, con un apoyo naval se atacaría las defensas por el sur para, después de silenciarlas proceder al desembarco en 50 balsas con infantería y otras ocho con cañones de 24 libras. Este plan no necesitaba de mayor preparación. Aún hubo otro plan, que se atribuye al X Conde de Aranda, en aquella época embajador en París, y que consistía en la invasión de Inglaterra con 80 batallones y 50 escuadrones, contaba con el protagonismo de Francia según lo establecido en el Tratado de Aranjuez de 1779.

El Gran Sitio (1779-1782) fue uno de los espectáculos bélicos más impresionantes de la centuria. Contaba con 42 naves de guerra y otras 22 embarcaciones auxiliares más una dotación de 25.000 hombres para las mismas y el apoyo desde tierra de 40.000 efectivos para alcanzar el objetivo, sobre el papel, en unos cuarenta días. Pero al llegar el momento del ataque se cambiaron las decisiones en cuanto al mando de la operación. El veterano marino Antonio Barceló se vio relegado por el duque de Crillon, que tras victoria en la recuperación de Mahón el 15 de febrero de 1782 tenía un gran prestigio. Aunque el mismo Crillon parece ser que aceptó a regañadientes el plan D’Arçon avisando que rechazaba la gloria del triunfo en caso de lograrse, pero también cualquier responsabilidad del descalabro que podría ocurrir.

El fracaso del Gran Sitio en 1782 es equiparable al silencio que guarda sobre Gibraltar el tratado de paz que se firma en Versalles en 1783, volviendo a prevalecer la diplomacia francesa en las negociaciones finales llevaron a la firma del 20 de enero, obviando el artículo noveno del Tratado de Aranjuez de 1779, que reza: “No deponer las armas ni hacer tratado alguno de paz sin haber logrado la restitución de Gibraltar”. A pesar de la disposición favorable de Jorge III y de su gabinete que deseaban recuperar Menorca.

Todo ello contrasta llamativamente con las ofertas hechas a España a finales de 1779 y en 1782. Durante la Guerra de Independencia de Estados Unidos, a finales de 1779, el comodoro Johnstone envió un mensaje a Floridablanca desde una escuadra inglesa con base en Lisboa en el que se traslada al Reino de España que se estaba dispuesto a devolver Gibraltar a cambio de restablecer relaciones de amistad con España. La oferta es sincera y así se hace constar y, más en su contexto, en plena Guerra de Independencia. Esto hay que vincularlo con la propuesta diplomática de Floridablanca, sumada a los preparativos militares, de ofrecer un intercambio a Reino Unido: Orán por Gibraltar. Las negociaciones, a pesar de la buena disposición por parte de España como de Reino Unido, fracasaron por intereses ajenos a ambas naciones.

De nuevo el gabinete británico en sesión de 3 de diciembre de 1782 aprueba ofrecer otra vez la cesión de Gibraltar como cuestión de principio para mejorar las relaciones bilaterales entre el Reino Unido y el Reino de España, fundamentado en la circunstancia de que el Reino Unido acababa de volver a perder Menorca, cosa que demuestra que para los británicos la isla tenía una importancia mayor que la del Peñón.

Y aún en el siglo XIX aparece en la correspondencia del rey Jorge III la idea de alcanzar una paz duradera y firme con España, proponiéndose un trueque entre el Peñón y Puerto Rico. De nuevo, confiando en la alianza francesa la respuesta de España fue negativa. Al respecto, el agente inglés en París, Benjamin Vaugh, se dirige por carta fechada el 7 de agosto de 1783 al primer ministro del Reino Unido William Petty Landsdowne, Lord Shelburnem en una nota que considero de gran interés por su brevedad y claridad respecto a la alianza franco-española de la dinastía de los Borbones: “This, with many other circumstances, induces me to think that at a peace it will not very important to lose what France so much wishes we would keep”.

En fin, llegó un punto en que se levantaron comentarios muy críticos en Londres sobre la actitud francesa que el propio primer ministro Lord Shelburne hizo circular mediante panfletos a la vista de todo el mundo. Uno de ellos dice: “If ever hereafter it should be found expedient to give up that fortress to the Spaniards, it will be of the highest importance to us to do it without the interference of France”. Y esto lo dice todo.

Conclusiones

  • Los grandes fracasos militares se debieron en buena parte a la confianza excesiva en los medios e instrumentos franceses (“por ser francés ha de ser mejor“) y a no tener en cuenta las buenas formas de hacer y entender la guerra de los mandos españoles. La rivalidad franco-española, presente todo el rato, perjudicó los intentos de recuperación por esta vía de Gibraltar. Vamos a poner un par de ejemplos concretos; siguiendo a VINUESA[1], el coronel Antonio Figueroa, a las órdenes del marqués de Villadarias fracasa en 1704 porque las tropas francesas a las órdenes del general Cabannes dejaron sin apoyo la operación en el último momento; así como el 6 de febrero de 1705 sucede lo mismo tras que el empuje español se abra paso a través del foso y penetra por la brecha abierta en la muralla de Gibraltar entrando en la ciudad. ¿Los motivos? Porque el protagonismo lo quería el general Cabannes.
  • Los fracasos también tienen una repercusión en los establecido en Utrecht. La denuncia del tratado que se plantea por la nota de Pozobueno en enero de 1721 deja sin efecto el contenido del Tratado, pero la Paz de Sevilla de 1729 vuelve a restablecerlo en todo su contenido. También sucede lo mismo tras la guerra del Gran Sitio, empezada en 1779. La Paz de Versalles de 1783 revalida de nuevo el Tratado Utrecht y, en concreto, de su artículo décimo.
  • Se puede concluir que el que Gibraltar se entregase a Gran Bretaña por la negociación del Tratado de Utrecht en el nombre de España y de su rey Felipe V, por parte de su abuelo, Luis XIV es fruto de una descoordinación entre Estado y Guerra en el marco de una política dominada por los Pactos de Familia, que tantos problemas generaron a España[2].
  • El Tratado de Utrecht de 1713, por el que se cede Gibraltar permite controlar la entrada y salida de cualquier buque por el Mediterráneo. Podríamos decir que el Mediterráneo tiene dos cerraduras: una es el peñón, la otra está en Ceuta. Fue, y es, un error de gran calado de España el no utilizar esa segunda llave geopolítica entre el Atlántico y el Mediterráneo. Ciertos historiadores consideran al acuerdo jurídico como el pórtico de la Pax Britannica, fundamentada en los privilegios comerciales que obtiene Inglaterra merced al tratado de Utrecht en lo que se refiere al comercio con la América hispana, hablamos de los derechos de “asiento de negros” y “navío de permiso”, además de la ampliación del territorio controlado en lo que sería Canadá. Pero ese predominio marítimo recibió todavía algún revés de calado, como el célebre intento de conquista de Cartagena de Indias en 1741 que se saldó con la pérdida de 50 naves y 10.000 muertos ingleses, y llenó de gloria al almirante “Mediohombre”: Blas de Lezo. La posesión de Gibraltar y Menorca, ésta desde 1708, permitió mantener y desarrollar el control del Mediterráneo y vigilar el poder naval francés en el Mediterráneo y el Atlántico.

NOTAS

[1] VINUESA, Arturo; Gibraltar desde dentro. Página 74. Colección Fugger Libros. Editor Sial Ediciones S.L. Madrid. 2011

[2] No sólo por las pérdidas de Utrecht, sino por seguir guerras contraproducentes, tomar partido por la independencia de las 13 Colonias, en contra del acertado criterio del brillantísimo Pedro Pablo Abarca de Bolea, X Conde de Aranda, que escribió sobre diferentes temas respecto a los intereses de España informes de extraordinario valor que no fueron atendidos por ir contra el Pacto de Familia de los Borbones:

«La independencia de las colonias inglesas queda reconocida, y éste es para mí un motivo de dolor y temor. Francia tiene pocas posesiones en América, pero ha debido considerar que España, su íntima aliada, tiene muchas, y que desde hoy se halla expuesta a las más terribles conmociones…». Y más adelante: «Jamás han podido conservarse por mucho tiempo posesiones tan vastas colocadas a tan gran distancia de la metrópoli. A esta causa, general a todas las colonias, hay que agregar otras especiales a las españolas, a saber: la dificultad de enviar los socorros necesarios; las vejaciones de algunos gobernadores para con sus desgraciados habitantes; la distancia que los separa de la autoridad suprema, lo cual es causa de que a veces transcurran años sin que se atienda a sus reclamaciones… los medios que los virreyes y gobernadores, como españoles, no pueden dejar de tener para obtener manifestaciones favorables a España: circunstancias que reunidas todas no pueden menos de descontentar a los habitantes de América moviéndolos a hacer esfuerzos a fin de conseguir la independencia tan luego como la ocasión les sea propicia.

Respecto a la nueva nación americana de los Estados Unidos:

«esta república federal nació pigmea, por decirlo así y ha necesitado del apoyo y fuerza de dos Estados tan poderosos como España y Francia para conseguir su independencia. Llegará un día en que crezca y se torne gigante, y aun coloso temible en aquellas regiones. Entonces olvidará los beneficios que ha recibido de las dos potencias, y sólo pensará en su engrandecimiento… El primer paso de esta potencia será apoderarse de las Floridas a fin de dominar el golfo de México. Después de molestarnos así y nuestras relaciones con la Nueva España, aspirará a la conquista de este vasto imperio, que no podremos defender contra una potencia formidable establecida en el mismo continente y vecina suya».

Bibliografía

ALCÁZAR SEGURA, Agustín; Historia Militar de Gibraltar. CSED Editorial. 2013

ANGUITA OLMEDO, Concepción; La cuestión de Gibraltar: Orígenes del problema y propuesta de restitución (1704-1900). (Tesis doctoral) Universidad Complutense de Madrid. 1997

IGLESIAS, Carmen (Coord.). Historia Militar de España. Dirigida por Hugo O’Donnell. Edad Moderna. III. Los Borbones. Ministerio de Defensa. 2014

REMACHA, José Ramón; Gibraltar y sus límites. Editorial TREA. Estudios Históricos La olmeda. Colección Piedras Angulares. Gijón. 2015

SÁEZ, Ángel: La campaña de Gibraltar (1779-1783). Colección Guerreros y batallas 43. Editorial Almena. Madrid. 2008.

VINUESA, Arturo: Gibraltar desde dentro. Colección Fugger Libros. Editor. Sial Ediciones. S.L. Madrid. 2011