Desarrollo de la ponencia de la Jornada Hispano-Rusa organizada por la Escuela Diplomática de España y la Universidad Politécnica de Madrid.

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Con motivo de la Jornada Hispano-Rusa «Relaciones España-Rusia, la otra diplomacia: Embajadores de la Cultura y de la Ciencia», tuve el honor de hacer una semblanza de José de Ribas y Plunkett. Además, era la presentación del excelente libro de Carlos Puente Martín, Tres Egregios Españoles en la Corte de San Petersburgo (VER: 28328 CUB_RUSIA)

El presente artículo es la transformación de los apuntes seguidos para la ponencia para dar lugar a un artículo en el blog que estimo interesante por su interés geopolítico. En concreto, voy a centrarme en la proyección geopolítica de Odesa, ciudad que se construyó como puerto comercial y también militar en los territorios adquiridos al Kanato de Crimea sobre la ciudad de Jadsibéy, frente a la alternativa del emplazamiento en Ochákov, defendida en los círculos próximos a Catalina II.

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Monumento a José de Ribas y Plunkett en Odesa

La ubicación de Odesa en el mar Negro era una decisión estratégica para el Imperio ruso pues sería el primer puerto comercial en el sur y donde la flota del Mediterráneo tendría acceso a un mar libre de hielos durante todo el año. De hecho, cuando en 1783 Rusia se anexó Crimea aprovechando un vacío de poder en competencia con el Imperio otomano, desde España se saludó esa opción, pues por los tratados de paz de la guerra ruso-turca de 1768 a 1774 se vio como una oportunidad de comercio y de trazar dos rutas comerciales entre España y Rusia: una báltico-altántica y la otra mar Negro-mar Mediterráneo. El Pacto de Familia borbónico nos ponía a España como apéndice de la geopolítica de Francia y, por ende, nos enfrentaba al Reino Unido, país que contaba con buenas relaciones comerciales desde hacía tiempo con Rusia, al igual que los actuales territorios de los Países Bajos.

Adicionalmente Francia competía con Rusia en Europa y temía su proyección geopolítica a través de las llanuras siberianas, y más aún si se afianzaba una salida al mar Negro, pues desde allí los Balcanes, el Cáucaso, los Cárpatos, el Levante Mediterráneo estaban al alcance de los rusos, en fase de reafirmación imperial desde Pedro el Grande y su decisión estratégica de fundar Petrogrado o San Petersburgo como puerto y capital de una nueva Rusia, que abandona el zarato para convertirse en Imperio. La construcción de Odesa y el acceso a puertos como Sebastopol se podría decir que eran el equivalente de tal decisión geopolítica por parte de Catalina II en las aguas cálidas del mar Negro en contraposición de las del Báltico.

En ese contexto, Francia deseaba limitar la influencia de Rusia en su proyección hacia Europa e impedir el comercio de Rusia en el Oriente Medio, ya que sus posiciones en India podrían peligrar o entrar en conflicto con Rusia por el desmoronamiento del Imperio mogol de la India o Gran Mogol, un imperio túrquico-islámico que llegó a poseer, grosso modo, India, Pakistán y Bangladés, además de zonas de los actuales Afganistán, Nepal, Bután y este del Irán. Gran Bretaña apoyó a Rusia porque estaba enfrentada con Francia por la cuestión de las consecuencias de la Guerra de los Siete Años y las pérdidas francesas en América, África e India, donde las Compañías de las Indias Orientales de Francia y Reino Unido mantienen todavía un pulso que acabaría con la victoria y la construcción de un imperio británico en India, pero cuyos tanteos durarán hasta el fin de las Guerras Napoleónicas. No deja de ser interesante como el desplazamiento de Francia por Reino Unido en esa zona supuso el cambio en la geopolítica británica respecto a Rusia y que se plasmará en el Gran Juego, la partida geopolítica que jugarán Rusia y el imperio británico entre 1813 y 1907, con el apoyo por los intereses en Oriente y la contención en el Mediterráneo Oriental, el Adriático y el Egeo de Rusia con el apoyo de Francia, precisamente.

La guerra ruso-turca de 1768 modificaría el equilibrio de fuerzas en esta zona neurálgica, pero no en el sentido deseado por Francia. El primer ministro Choiseul, después de intentar en vano sustraer a Polonia de la influencia rusa, optó por un fortalecimiento de la alianza franco-otomana, empujando, mediante el embajador Vergennes, al sultán a la guerra cuando la expansión del poder ruso puso en peligro posiciones en los Balcanes. No obstante, el ejército de Mustafá III, pese al apoyo francés, difícilmente pudo hacer frente al ejército ruso.

La emperatriz Catalina II había estado interviniendo en los asuntos de Polonia a favor del último rey de Polonia y Gran Duque de Lituania, Estanislao II Poniatowski, quien antes de ser rey fue amante de la que llegaría a ser emperatriz, y cuyas amistades con Rusia fueron determinantes para que los aristócratas polacos convocados en su parlamento lo escogieran a él en uso de su derecho, como monarquía electiva que era. Un levantamiento de tropas y de parte de la nobleza de la República de las Dos Naciones, llamada szlachta, contra el rey Estanislao II, reunida en la Confederación de Bar y que acosaban al ejército de Catalina que trataba de apoyar al rey Estanislao II. En 1768 los cosacos persiguieron a las tropas de los confederados hasta Balta, al noroeste de la actual Odesa, que formaba parte del Kanato de Crimea. El general ruso Kretchetnikov incendió la ciudad en marzo de 1768 y el haidamak Iván Gonta causó una gran matanza de judíos por parte de los cosacos. Ante esta situación los crimeanos requieren la asistencia del sultán Mustafá III, que declara la guerra a Rusia el 14 de octubre (25 septiembre Cal. Juliano) de 1768 cuando manda a prisión de la fortaleza de las Siete Torres (Yedikule Zindanları) al embajador ruso en Constantinopla ante la Sublime Puerta, Alexéi M. Obreskov, cuando éste se negó a aceptar un ultimátum que implicaba la retirada de las tropas rusas de Polonia. Los otomanos firman una alianza con los polacos para enfrentar el poder de Rusia en varios frentes.

Para enfrentar esa guerra, Rusia pidió la asistencia del Reino Unido, que le facilitó marinos experimentados como, entre otros, John Elphinstone y Samuel Greig, además de marinería británica y de otros países. Reino Unido apoyó a la flota rusa para que pudiera iniciar un ataque por mar y levantará una rebelión en los Balcanes y la península helénica prestándole además asistencia en los puertos de Portsmouth, Hull y Mahón. El imperio otomano contaba con el apoyo de Francia, Austria, Polonia, Suecia, Prusia y España.

El general Suvorov desarticulaba el frente polaco con la ocupación de Cracovia en 1768, mientras la flota rusa partía de la base del Báltico en Kronstadt, de donde se hacía a la mar el 18 de julio y el 9 de octubre de 1769, para alcanzar la península de Morea (el Peloponeso) el 18 de febrero de 1770. A su vez el 18 de noviembre de 1768 Rusia impulsaba en los astilleros de Petrovsk, en el Don, la construcción de embarcaciones para operaciones navales en el mar de Azov, base de la flotilla del Don y Azov, y a posterioridad de la flota del Mar Negro.

El proyecto de atacar el Imperio otomano en el Mediterráneo, aprobado por Catalina II, fue una iniciativa del príncipe Grigori Orlov, amante de la emperatriz y hermano del conde Alexéi, que contaba con el levantamiento de los cristianos ortodoxos que se encontraban bajo el Imperio turco en Grecia y en los Balcanes, lo que facilitaría las campañas del ejército ruso contra los otomanos en el sur. La flota rusa, que incluía muchos marinos ingleses y de otras nacionalidades, contaba con el contraalmirante John Elphinstone, al mando de la segunda escuadra, mientras que el almirante Grigori Andreyevich Spiridov dirigía la primera escuadra, con el capitán escocés Samuel Greig al mando de uno de los navíos.

La batalla de Chesme tuvo lugar del 5 al 7 de julio de 1770 con una fuerza desigual entre rusos y otomanos. Aunque el comandante en jefe de la flota rusa era Alexéi Orlov, la formación estaba dirigida por el almirante Grigori Andreyevich Spiridov y contaba con 9 navíos de línea, 3 fragatas y 4 brulotes más algunas embarcaciones pequeñas con un total aproximado de 800 cañones, mientras que su adversario, Mandalzade Hüsameddin Pasha, disponía de 15 navíos de línea con 6 fragatas, 6 jabeques y otras tantas embarcaciones con 1.300 cañones, que finalizó con victoria rusa.

Tras la victoria de Chesme los rusos pensaron que tenían libre el camino hacia Constantinopla por lo que Orlov ordenó a John Elphinstone que se dirigiera hacia el estrecho de los Dardanelos al tiempo que los demás navíos rusos ponían rumbo hacia la fortaleza de la isla de Lemnos, en el mar Egeo, al suroeste de la isla turca de Imbros. Por errores de los oficiales rusos, no pudieron conquistar la fortaleza. Esta situación provocó un enfrentamiento entre Orlov y Elphinstone y éste tuvo que abandonar el mando de la flota que lo asumió el almirante Grigori Spiridov. Alexei Orlov y José de Ribas, con los restos de la flota, regresaron a Livorno.

Al mismo tiempo se producía la batalla terrestre en el río Larga, afluente del río Prut, contra las fuerzas conjuntas otomanas y tártaras de Crimea, al mando de Kaplan II Giray, muy superiores a las que disponía el mariscal ruso Piotr Rumiantsev. En la madrugada del día 7 de julio de 1770 las tropas rusas derrotaron a las fuerzas conjuntas turcas y tártaras capturando a numerosos prisioneros y piezas de artillería. El 1 de agosto, tuvo lugar otra victoria rusa en la batalla del río Kagul, que logró el general Piotr Rumiantsev con unas tropas muy inferiores a las de otomanos y tártaros que mandaba el Gran Visir, Ivazzade Halil Pasha.

Mientras se festejaba la conquista de la fortaleza de Navarino, el almirante Gregory Spiridov organizaba la sublevación de los griegos al mando del príncipe Yuri Dolgorukov y del capitán Grigori Barkov ocupando Misitria, la capital del Peloponeso. La estrategia de diversión facilitó al ejército imperial ruso, que dirigía el mariscal Piotr Rumiantsev, avanzar hacia los Balcanes. La flota rusa había logrado una cabeza de puente para el desembarco de sus efectivos y una base para sus buques en la región del Peloponeso.

Si en estas condiciones Rusia hubiera atacado Constantinopla la habría tomado, ya que la ciudad se hallaba muy mal defendida. El Imperio otomano firmó un armisticio, derrotados por tierra y por mar. Este doble revés aceleró la desmembración de Polonia. Tras producirse esta, Catalina II quedó con las manos libres en Oriente.

La mayor parte de la flota rusa se encontraba en la isla de Spetses, al este del Peloponeso, pero había perdido varios navíos y otros estaban averiados, como la fragata Esperanza de Éxito y el navío Águila del Norte, que navegaron hacia Mahón con los muertos y heridos durante la toma de la fortaleza de Navarino. La flota rusa zarpó hacia la isla de Paros, quedando fondeada en el puerto de Trío y recibieron la información de que los navíos turcos estaban en el estrecho de Quíos.  El 28 de octubre de 1772 la flota rusa combatió a la escuadra otomana en la batalla del golfo de Patras, bajo el fuego de las fortalezas de Lepanto y Patras, que destruyeron la totalidad de los navíos turcos. Tras varios armisticios rotos, el 21 de enero de 1774 muere Mustafá III y los rusos, que habían penetrado en Bulgaria, forzaron a los turcos a capitular. El capitán José de Ribas se unió a las tropas del general Rumiantsev que iniciaría la nueva campaña contra el Imperio otomano por lo que el 10 de junio de 1774 participó en la batalla de Kozluji y, en el mes de julio, en las batallas de Yeni-Bazar y Bulanik. A continuación, atacaron Crimea poniendo fin al control del imperio otomano tras un cambio de alianzas del kan Sahib II Giray quien envió a su sobrino y sucesor el príncipe Sahin Giray a San Petersburgo para negociar la paz con Catalina.

El general Suvorov terminó con los restos de las fuerzas turcas de la región y el Imperio otomano firmó con Rusia el Tratado de Kuçuk Kaynarca que puso fin a la guerra el 21 de julio de 1774, reconociendo la independencia del kanato de Crimea, que Rusia ocuparía en 1783, con el pretexto de los desórdenes en el territorio deponiendo a su último kan, Sahin Giray, adquiriendo el derecho de Rusia a construir dos puertos en el mar Negro, además de una indemnización de guerra de 4,5 millones de rublos. Durante la contienda, el almirante Vasily Chichagov fue responsable de la defensa del estrecho de Kerch para impedir a los buques de guerra otomanos el acceso al mar de Azov. El kan que había sido recibido por la propia Catalina II se exilió en el Imperio otomano en 1787 pero fue apresado y ejecutado por orden del nuevo sultán, Abdul Hamid I, que no le perdonó su papel en la negociación de la paz con Rusia. La Sublime Puerta no aceptó la anexión de Crimea por Rusia en 1783, que se convirtió en el óblast de Táurida y, en 1787, fue el pretexto para la nueva guerra ruso-turca.

El 21 de abril de 1776 Ribas fue ascendido a mayor. José de Ribas y Plunkett, desde su llegada a San Petersburgo, era conocido como Josep (Iosif) Mijailovich Deribas. El 22 de septiembre de 1779 Ribas fue ascendido al grado de teniente coronel y Catalina II le concedió la Orden de San Juan de Jerusalén. Tras nueve años en San Petersburgo, en la primavera de 1783 partió con las tropas expedicionarias para reconquistar Crimea bajo el mando del amante de Catalina, Grigori Potemkin. El hispano-napolitano fue ascendido a coronel y, después a brigadier del ejército imperial. El 22 de mayo de 1785 fue nombrado comandante del nuevo Regimiento de Mariúpol. Tras la anexión de Crimea colaboró en la fundación de Sebastopol y en la organización de la flota de remos rusa del mar Negro, convirtiéndose en la principal base de la flota rusa en el sur del Imperio, bajo la supervisión de Fiodorov Ushakov respecto a las obras de la base naval de Sebastopol y los muelles del puerto de Jerson.

Participación de José de Ribas en la guerra ruso-turca de 1787-1792

El 12 de septiembre de 1787 comenzaron nuevamente las hostilidades contra el Imperio otomano al tratar éste de recuperar Crimea y recobrar el control de los barcos rusos en los estrechos para volver al statu quo previo a la anexión. Los otomanos destruyeron una flota rusa y los astilleros de Jerson. Los tres hermanos de José de Ribas, Manuel, Andrés y Félix acudieron al lado de su hermano que había conseguido tanta fama militar en Rusia. La flota rusa disponía de navíos viejos y en mal estado por lo que tuvieron que ser reparados y construidos buques más modernos con la ayuda de Samuel Bentham y de los consejeros de Grigori Potemkin, incluido José de Ribas.

Potemkin ordenó al príncipe Nassau-Siegen que asumiera el mando de una flota en el río Dniéper y José de Ribas hizo lo propio con una escuadra con tripulación compuesta de extranjeros y cosacos. El escocés, John Paul Jones, uno de los fundadores de la marina de Estados Unidos, que había realizado las tareas más diversas, ofreció sus servicios a Catalina II, pero mantenía malas relaciones con otros oficiales, entre ellos Samuel Greig, que era el comandante de la flota del mar Báltico. Ribas, que conocía las murmuraciones contra Jones, era el único oficial en que Jones confiaba.

Potemkin encomendó el mando de la flota del mar Negro a John Paul Jones y la mediación de José Ribas suavizó los enfrentamientos con los mandos de la flota y los voluntarios británicos que estaban enrolados en la flota rusa, pues consideraban a John Paul Jones como un traidor por haber servido en la marina de Estados Unidos contra Inglaterra. José de Ribas recibió a su hermano Manuel con el grado de teniente coronel en junio de 1788. En la batalla de Liman, en los estuarios de los ríos Dniéper-Bug, José de Ribas desempeñó un importante papel, como reconoce Charles King, así como la inteligencia y diplomacia del español.

Durante la campaña, José de Ribas era responsable de las comunicaciones de Grigori Potemkin con la unidad de John Paul Jones. El abandono del príncipe Nassau-Siegen permitió al hispano-napolitano tomar el mando de la flota de remos, aunque no era marino, y derrotó a los turcos al penetrar éstos en el estuario del río Dniéper durante la batalla de Liman. Ribas recibió la Orden de San Vladimir el 23 de junio de 1788. En noviembre, José de Ribas recibió la orden de ocupar la isla de Berezán que servía de abastecimiento a la fortaleza de Ochakov, con un contingente de los cosacos del mar Negro.

Para atacar y conquistar Ochákov Ribas propuso a Potemkin un plan para asaltar su “inexpugnable” fortaleza, el 1 de diciembre, con seis columnas dirigiendo él mismo a los cosacos. El ataque se inició el 6 de diciembre de 1788, sorprendiendo al ejército otomano de la fortaleza. Hassan Pacha esperaba la ayuda de la flota turca, pero fue bloqueada por la escuadra del almirante Dimitri Seniavin. El gran ataque desencadenado por las tropas rusas forzó la rendición de la fortaleza y el apresamiento de miles de prisioneros, incluso Hassan Pachá. El 7 de noviembre de 1788 José de Ribas al mando de sus cañoneras consiguió ocupar la isla de Berezán y conquistar la fortaleza de Ochákov, lo que le valió el ascenso al grado de general del ejército imperial ruso a principios de 1789. En ese año José de Ribas con sus tropas se dirigió hacia el sur de la actual Ucrania y conquistó, el 14 de septiembre, la población de Jadsibéy y la fortaleza de Yeni Dunai en una operación nocturna sin esperar la llegada del ejército. La operación fue realizada con gran precisión gracias a los informes de los espías. José de Ribas mandaba la flota de remos que avanzaba con la escuadra de vela dirigida por el contraalmirante Voinovich, coordinadas ambas con la columna del teniente general Gudóvich que avanzaba por tierra, en una operación combinada. La toma de la fortaleza culminó con la entrada en el recinto de José de Ribas y el jefe de los cosacos Antón Golovati. Ribas, con 39 años, recibió la Orden de San Jorge de tercer grado como recompensa por la acción militar que condujo al control por Rusia de la costa norte del mar Negro. En ese año el ejército ruso había llegado ya a Moldavia donde se reunió con el ejército austriaco, su aliado.

Potemkin nombró a José de Ribas comandante de una unidad del ejército del conde Iván Gudóvich con el que conquistó la fortaleza de Jadsibéy, recibiendo el mando de la futura flota de remos del mar Negro, el 30 de septiembre de 1789, con la que conquistó la fortaleza de Akkerman y, posteriormente, el 4 de noviembre, arrebató Bender a los turcos. Conquistó la fortaleza de Tulcea, en el Danubio, el día 7 de noviembre, y la de Isaccea el 13 del mismo mes. Tras conquistar otros territorios, con ayuda de su hermano Emmanuel, atacó a la flota otomana del Danubio a la que destruyó. Nuevamente recibió honores y fue galardonado con la Orden de San Jorge de segunda clase. Ribas participó con su flotilla en la batalla naval cerca del cabo Tendra, que tuvo lugar el 8 y 9 de septiembre de 1790 y permitió a Rusia el control del mar Negro.

Entre el 17 y 18 de octubre de 1790, la flotilla del general José de Ribas con 38 embarcaciones y 800 marinos se reunió con la flotilla de cosacos, que contaba con 48 barcos, al mando del coronel Holovay en la desembocadura del río Dniéster y atacaron a la flota turca en Sulina. A finales de noviembre la flotilla de Ribas acosó a la flota otomana hacia Izmaíl, bombardeando la fortaleza. Ribas propuso un plan a Suvorov para conquistar Izmaíl que estaba defendida por uno de los generales otomanos más prestigiosos, Aidos Mehmet Pasha, quien capituló tras los enfrentamientos del 11 de diciembre de 1790. La fortaleza sufrió los bombardeos durante el 10 y 11 de diciembre desde las baterías de la isla de Chatal y las naves de la flotilla de remos con 567 cañones. La literatura militar rusa destaca el importante papel que desempeñó la flotilla de remos al mando del general mayor de Ribas en el asalto a Izmaíl. La hazaña de José de Ribas está descrita de forma épica, relatándola de esta forma: “A las 5:30 las columnas comenzaron a asaltar la fortaleza. La flotilla del río se acercó a la orilla y, cubierta bajo el fuego de artillería, desembarcaron las tropas. A las ocho de la mañana, después de una feroz batalla, las tropas rusas ocuparon todas las principales fortificaciones”.

Ribas recibió nuevos honores y tierras en Polotsk, en Bielorrusia. Al año siguiente, el 29 de marzo de 1791 conquistó Galați, en la margen izquierda del río Danubio, y dos días después, el 31 de marzo, participó en la batalla de Brailov.

Una de las prioridades geopolíticas de Rusia había sido encontrar una salida por el sur en el cálido mar Negro evitando el aislamiento que sufría la flota rusa en invierno, pero el plan más ambicioso era la conquista de Bizancio, considerada la Roma oriental, por motivos étnicos y geoestratégicos, con objeto de proteger a los cristianos ortodoxos que vivían bajo el Imperio otomano. La fama de José de Ribas se extendió por el Imperio ruso y por otros países, por lo que fue investido con todos los honores, concediéndosele la Orden de San Jorge y la espada de oro cubierta de diamantes, así como la entrega de tierras en la región de Bielorrusia. José de Ribas entró en el círculo de privilegiados de las Águilas de Catalina II. Rusia había conquistado un gran territorio en costa norte del mar Negro, gracias a las acciones bélicas en las que participó el ilustre hispano-napolitano José de Ribas.

El Tratado de Jassy firmado el 9 de enero de 1792 puso fin a la guerra, confirmando el control por Rusia de la costa norte del mar Negro, la anexión de Crimea, que ya se había realizado de forma unilateral en 1783, y el establecimiento de la frontera entre Rusia y el Imperio otomano en el río Dniéster, aunque Izmaíl fue devuelta a los turcos. La negociación del tratado fue confiada, por parte rusa al príncipe Alexander Bezborodko, que sucedió a Potemkin como jefe de la delegación tras su muerte, y, por parte otomana, al Gran visir Koca Yusuf Pasha. Plenipotenciarios que confiaron el curso de las negociaciones y la firma del tratado al teniente general Alexander Samoïloff, al consejero Sergi Lascaroff y al general mayor José de Ribas en nombre del Imperio ruso, y a Abdulla Birri, Ibrahim Ismet Bey y a Mehmet Durri Efendi, por parte de la Sublime Puerta. Ribas recibió la Orden de Alejandro Nevski el 18 de marzo de 1792 y fue nombrado contraalmirante el 22 de noviembre. Lord Byron alabó la gesta de la ampliación del imperio ruso a costa de los otomanos y ensalzó la figura de José de Ribas en los Cantos VII y VIII de su Don Juan.

En 1795 fue nombrado vicealmirante y en 1796 almirante de la flota rusa, debido a su valor y acciones estratégicas al servicio de la Corte de San Petersburgo. La gesta de José de Ribas aun no se ha valorado suficientemente desde una perspectiva histórica pues no sólo fueron importantes los hechos militares sino las consecuencias geopolíticas en una región que siempre ha sido conflictiva. Los intereses geopolíticos de las grandes potencias europeas, Reino Unido y Francia, grupo al que se sumaría la Alemania nazi y Estados Unidos en el siglo XX, aumentarían con la guerra de Crimea de 1853 a 1856 y el conflicto entre Ucrania y Rusia tras la desaparición de la Unión Soviética y la secesión de la península de Crimea, después del referéndum de 16 de marzo de 2014. El Tratado de Jassy estableció el equilibrio de poder en las relaciones del Imperio ruso con el Imperio otomano, que no se vieron alteradas por los acontecimientos posteriores, manteniendo una coexistencia pacífica en la región.

El prestigio del hispano napolitano Ribas no cesó de crecer y no sólo recibió honores y grados militares, sino que se ganó un importante reconocimiento en la historia de Rusia tanto como militar como marino.

Siguiendo los deseos de Catalina II, el almirante José de Ribas se convirtió también en planificador y urbanista de Odesa, la tercera de las ciudades rusas, en palabras de Belinski o “la más europea de las ciudades rusas” de acuerdo con Pushkin. Un importante colaborador fue el planificador y urbanizador de la ciudad François Sainte de Wollant, ingeniero militar flamenco al servicio de la Corte de San Petersburgo. La construcción de la ciudad conforme a los planes se desarrolló con gran rapidez, teniendo en cuenta la magnitud de la nueva urbe y sus instalaciones navales para los buques mercantes y la flota rusa pues comenzaron en agosto de 1794 y a finales del año la ciudad ya contaba con las infraestructuras necesarias. Catalina II nombró a José de Ribas primer gobernador de la ciudad. La zarina ordenó en diciembre de 1795 que el nombre definitivo de la ciudad fuera Odesa. Era en su conjunto el territorio de “Nueva Rusia” (Новоро́ссия o Novorosia) y de Odesa.

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Comprender una parte del conflicto geopolítico de los Balcanes, y cómo se ha ido reeditando, nos hace retrotraernos a la segunda mitad del siglo XIX, y tenemos que todo pivota alrededor de dos conceptos clave para Europa y el Cáucaso, y Asia, hasta el punto que podemos decir, que asestar un golpe sangrante a los Balcanes y al Cáucaso supone debilitar el cuerpo de Europa. Este sería el primer concepto. El siguiente es «el Gran Juego», la particular Guerra Fría que juegan los grandes poderes identificados por Alexis de Tocqueville, y que aún no se ha acabado. Todo lo contrario. De hecho, creo que estamos ante la antesala del desenlace definitivo del juego jugado por anglosajones (protestantes) y rusos (romanidad bizantina, y cuya clave es la unidad de la región que quedó rota en el cisma de Oriente en 1054), pues el que podríamos clasificar como II Cisma de Occidente, que tuvo lugar cien años más tarde de la finalización en 1417 del Cisma de Occidente, es decir la reforma protestante (a partir de 1517) y el descubrimiento y explotación del mundo oceánico por parte de las naciones germánicas, el desarrollo del capitalismo, el protestantismo calvinista, y los movimientos de concentración de poder temporal y espiritual alrededor de un rey en Inglaterra, provocaron la ruptura de modelo en Occidente, generando un gran Leviatán (anglosajones y «anglosajonizados», OTAN, UE, EEUU, Reino Unido, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, dólar, euro, CommonwealthAnglosphere, FMI, BM, BCE, FED); y su opuesto: el Behemot, (Rusia, y en verdad la romanidad católica y ortodoxa, que se halla partida y dividida, ocupada por el Leviatán anglosajón, y que éste se empeña en estandarizar según su patrón cultural, lingüística y económicamente).

Rusos y franceses, ante todo, siguen teniendo una gran ascendencia en la zona y su espacio natural (Asia Menor y la zona MENA) por motivos religiosos y culturales. Para comprenderlo se impone remontarnos a las Capitulaciones firmadas entre Francisco I de Francia y Solimán II (1530), en el contexto del enfrentamiento entre los Valois y los Habsburgo como consecuencia de la elección para el trono imperial de Carlos I de España. Y es en este tiempo cuando Francia alcanza toda una serie de acuerdos económicos, políticos, comerciales, militares con el Imperio otomano. Y fruto de ellos y de la presión del papado llega también un acuerdo para que Francia pueda mandar evangelizadores a los dominios de la Sublime Puerta, además de ser considerada Francia como la protectora de los católicos o Iglesias orientales que admitan como superior al papa de Roma en los dominios orientales.

Aunque otras naciones europeas buscaron otro tanto, o lo más parecido posible a lo logrado por Francia con los otomanos, ninguna de ellas lo logró con el grado de plenitud de Francia. A finales del siglo XVII sufrió el Imperio otomano sus primeros reveses militares. En 1686 los imperiales reconquistaban Buda. El tratado de Carlowitz (20 de enero de 1689) manifestó la inferioridad turca y Leopoldo de Austria adquirió, más de un siglo después que Francia, el mismo derecho a proteger a los católicos en el Imperio otomano, y en especial, en los Santos Lugares. El 13 de junio de 1700 era ahora Rusia quien obtenía las mismas prerrogativas en lo que refería a los religiosos y fieles de la Iglesia ortodoxa. Y por el Tratado de Kuçuk Kaynarca que puso fin a la guerra el 21 de julio de 1774.

Los rusos obtuvieron así privilegios capitales y quedaron frente al Islam como los únicos representantes y defensores de la Cristiandad Ortodoxa en los Balcanes. Estas cláusulas tuvieron una importancia enorme en la historia de Europa, sobre todo por el debilitamiento progresivo del Imperio otomano. Eran una puerta abierta a la intervención rusa.

De manera tal que, ambas potencias, Francia y Rusia están unidas a la zona por la historia, la cuestión religiosa, y las esferas de proyección de sus respectivos países, junto al lado germánico o su heredero, que en este caso sería Alemania como potencia más relevante, y que también tiene un papel a jugar en la zona. Vemos, pues, que el juego estratégico de Rusia con la UE es muy intenso y está llamado al entendimiento en muchos planos de la geopolítica y la paz y la seguridad en la región MENA, junto al del Reino Unido, que cuenta con bases en la zona (Chipre), Italia por su posición de centralidad clave y fundamental, y a España, que por su historia, ubicación y capacidades.

Rusia inició la construcción del proyecto de la Tercera Roma (en competencia con Carlos V y el Imperio otomano a partir de 1453, que es la conquista de Constantinopla) en su espacio geopolítico a partir de Iván IV el Terrible, que da inicio al Zarato de los rusos, cuyo principal obstáculo fue ponerse a su favor o controlar a la nobleza, los boyardos (no deja de ser curioso, como hoy día Rusia no deja de tener otros boyardos a los que controlar y que son obstáculo para su progreso). Empezó su expansión sobre los kanatos tártaros de Kazán y Astracán, con lo que se abrió paso a través del Volga y comenzó el comercio (y la incipiente pugna geopolítica con Inglaterra, la Confederación Lituano-Polaca y el Reino de Suecia… que hoy se mantiene actualizada); el papel de la organización del ejército también fue fundamental (los streltsí); el papel de la fe es fundamental (y Putin lo sabe), el obispo Macario de Moscú, que fue su mentor en retórica y otros aspectos de su formación humana, política y religiosa. Precisamente fue el obispo Macario de Moscú el que estableció un linaje que apoyaba su candidatura a Tercera Roma y su derecho de transformación política al remontarlo a los primeros césares de la familia Claudia- Julia (la unión con la romanidad es el otro pilar clave, lo une a la ortodoxia y al mundo católico, que necesita también de un campeón). También el patriarca de Constantinopla al ver los éxitos políticos y militares de Iván IV el Terrible el que lo nombró zar y soberano ortodoxo de toda la comunidad cristiana desde el este al oeste, hasta el océano; mientras que el patriarca de Alejandría lo asimiló a Alejandro Magno.

El mismo proceso se repitió en su política exterior e interior, concentración de poder, expansión y colonización hacia el Pacífico y el Ártico, conquistas sobre los otomanos (en esta ocasión, en lugar de los janatos de Kazán y Astracán), creación de una flota más poderosa, la supresión de la institución del Patriarcado ortodoxo pasando la Iglesia a ser administrada por el Santísimo Sínodo Gobernante bajo la estricta supervisión de la administración imperial (y así se mantuvo hasta el último de los emperadores de Rusia, Nicolás II), dio impulso a una nueva época de reformas culturales, artísticas y científicas con Pedro I durante su gobierno entre 1721 y 1725 (y que cuajó y se expandió con Catalina II la Grande, 1762-1796). Fruto de todo ello vino la transformación del Zarato ruso en Imperio ruso, arrogándose el título de emperador, porque se consideraba que el dominio de los rusos ya era la Tercera Roma, y porque les llevaba al enfrentamiento con los otomanos en la recuperación de todas las tierras ortodoxas bajo el dominio del Imperio otomano, lo que incluía la Segunda Roma, Constantinopla. Todo ello recogía lo que el patriarca de Constantinopla había proclamado respecto a Iván IV el Terrible, que el titular del Zarato ruso, ahora Imperio ruso, era el soberano ortodoxo de toda la comunidad cristiana desde el este al oeste, hasta el océano. Y, de hecho, este fue el motor justificativo y propagandístico de la expansión geopolítica del Imperio ruso, reforzado dicho proceso a partir de la Guerra de Crimea. Para ello centran sus esfuerzos, por un lado, en eliminar al competidor sunní en la Tercera Roma, tomando territorio de los vasallos orientales de los otomanos y del propio Imperio otomano; y, por el otro lado, la reclamación de ocupar militarmente todos los países ortodoxos. Ambas cosas le abrían al Imperio ruso accesos directos a mares cálidos, el Mar Negro en concreto, como primera estación, pero con la ambición de ganar bases en el Mediterráneo, el Egeo y el Adriático. La Guerra de Crimea (1853-1856), la Guerra Ruso-Turca (1877-1878), la I Guerra Mundial, la II Guerra Mundial serán intentos para ganar ese espacio en competencia con los otomanos, anglosajones (británicos y norteamericanos) y franceses, por toda esta región y la isla de Chipre, claves para dominar Europa o debilitarla mortalmente, asentar el poder y la estabilidad alrededor de Asia Menor, Egipto y el Éufrates, y la vía del Canal de Suez y el Cuerno de África, y las aspiraciones de anglosajones y el juego de Francia como dupla suya en el Levante, junto a la posición de mero observador de Italia (logró obtener el control del Dodecaneso y la Dalmacia alrededor de la época de Mussolini, de forma fugaz).

 

Tampoco es casual la elección del nombre de Odesa, de acuerdo con la supuesta ubicación en la proximidad de la nueva urbe de la antigua colonia griega de Odessos. Esto enlaza con la voluntad de asociarse a la romanidad oriental y a cierta vinculación directa con la Antigüedad clásica al mandar expediciones epigráficas a Palmira, en Siria. Precisamente, San Petersburgo fue identificada como la Nueva Palmira y la emperatriz Catalina II como la nueva reina Zenobia.

Situémonos ahora en la Guerra de Crimea de nuevo, como antecedente directo y fundamental. Sus consecuencias fueron:

  • Fin del Congreso de Viena. Las potencias europeas dejan de actuar como un todo contra el liberalismo para centrarse en sus ambiciones territoriales.
  • Ruptura de la Alianza de Austria y Prusia con el Imperio ruso. De manera que Prusia tiene el camino expedito para declarar la guerra al Imperio austríaco (Guerra austro-prusiana, 1866). Ello propicia las unificaciones de Italia y Alemania, a través de la Guerra francoprusiana.
  • Principio del fin del Imperio otomano (surge la llamada “Cuestión de Oriente”).
  • Empieza la “Balcanización de los Balcanes”.

Vamos a centrarnos, por ser la segunda parte de lo que define los Balcanes y los potenciales conflictos, además de una Turquía en busca de reverdecer laureles otománicos, en la Guerra Ruso-Turca (1877-1878) y su consecuencia en el Congreso de Berlín. La guerra se inicia después de la victoria del Imperio otomano contra la Serbia en 1876, cuyo casus belli fue las revueltas búlgaras de abril de 1876, reprimidas con dureza por los otomanos, y el zar Alejandro II de Rusia (otro de los magnicidios interesantes de resolver), como protector de los cristianos ortodoxos en el dominio de la Sublime Puerta, inicia las hostilidades en abril de 1877, concluyendo en enero de 1878 con la victoria de Rusia y de sus aliados (Rumanía, Serbia y Montenegro). A los turcos se les impone el tratado de San Stefano, (3 de marzo de 1878). Los Imperios británico y austrohúngaro no quisieron admitir, con la aquiescencia de Francia e Italia, cada uno con sus motivos, ese tratado y forzaron uno nuevo.

Aunque el congreso debía reunirse el 13 de junio de 1878, Gran Bretaña y Rusia ya habían resuelto las cuestiones más importantes en un acuerdo entre ambos (recordemos que seguimos con el Gran Juego) firmado el 30 de mayo entre lord Salisbury y el nuevo ministro ruso de Exteriores, Shuválov. La «Gran Bulgaria», creada por el Tratado de Santo Stefano, dio lugar a tres entidades nuevas:

  1. Un Estado independiente de Bulgaria, muy reducido;
  2. El Estado de la Rumelia oriental, entidad autónoma que técnicamente quedaba sometida a un gobernador turco, pero cuya administración sería supervisada por una comisión europea (precursora de los proyectos pacifistas de las Naciones Unidas en el siglo XX);
  3. El resto de Bulgaria volvería a quedar bajo el gobierno turco. Lo que incluía la Macedonia, que volvía a ser otomana, a pesar de que allí se encontrase más de la mitad de los búlgarohablantes.

El principado y la provincia fueron reunidos diez años después. Solo en el 1908 fue finalmente reconocida la independencia de Bulgaria. En el siglo XX, Bulgaria no dejó de intentar volver a sus fronteras del tratado de San Stefano, aliándose con Alemania en cada una de las dos guerras mundiales.

Las ganancias territoriales de Rusia en Armenia, quedaron prácticamente en nada. Por otro lado, en acuerdos secretos y separados, Gran Bretaña prometió a Austria que apoyaría su ocupación de Bosnia-Herzegovina y aseguró al sultán que garantizaría la Turquía asiática, pero a cambio, el sultán concedió a los británicos el uso de Chipre como base naval.

En Alemania, el canciller Bismarck, que había organizado el Congreso de Berlín, presentó sus conclusiones como una victoria para Alemania, al haber evitado un nuevo conflicto. Rusia había, sin embargo, estimado que Alemania iba a defender sus intereses y abogar en favor de sus victorias sobre el Imperio otomano, pero Bismarck ambicionaba no permitir una expansión de Rusia a favor del proyecto germánico centroeuropeo.

Para el Imperio británico fue un éxito: pues ganaba la isla de Chipre, influía en el Imperio otomano, no quería que Rusia se acercase al estrecho del Bósforo (entre mar Negro y mar Mediterráneo), y el tratado de San Stefano le preparaba para tener puertos en ambos mares y continuidad terrestre, conjurándose así el peligro. Una cláusula con el Imperio otomano convertía a los británicos en protectores de los judíos en el Imperio otomano, de mismo modo que el Imperio ruso lo era de los cristianos ortodoxos y Francia de las Iglesias que aceptaban la autoridad del obispo de Roma. El embajador ruso en Londres, el conde Piotr Shuválov, fue despedido al año siguiente.

En el Sureste balcánico de Europa, las consecuencias del Congreso de Berlín fueron vistas de otra manera:

  • Bulgaria, Montenegro y Serbia siguieron siendo aliados de Rusia. La ocupación por el Imperio austrohúngaro de Bosnia-Herzegovina (que se anexionó en 1908) y del Sandjak de Novi Pazar, interpuesto para separar como fuera a Serbia y Montenegro y evitar de esta manera la reunificación de los serbios, acentuaron la convicción de que solo Rusia era compatible con los intereses de los países eslavos y de religión ortodoxa. Los musulmanes y las minorías turcas se encontraron aliviados y se comportaron, en Bosnia, como fieles súbditos del Imperio austrohúngaro, favoreciendo la alianza entre otomanos y germánicos.
  • Rumania se alejó de Rusia. Tuvo que ceder el sur de la Besarabia (actual Ucrania), a pesar de haber luchado a su lado y con bravura y grandes pérdidas humanas en las batallas contra los otomanos. Su independencia fue definitivamente reconocida (aparte la Transilvania) por el Congreso de Berlín, recibió la mayor parte de la Dobruja.
  • El tratado asegura a Francia y el Reino de Italia la posibilidad de ocupar Túnez y Tripolitania (Libia). Túnez se la arrebataría Francia a Italia, tal y como hemos visto, mientras que en 1912 Italia inicia la conquista y unión en un sólo territorio de la Tripolitania y la Cirenaica.

Los Estados que hoy configuran la península balcánica fueron creados por la diplomacia británica, creando profundos resentimientos y un avispero que inflige una herida constante a Europa, al igual que el Cáucaso postsoviético. Al forzar la supervivencia del Imperio otomano crearon una dependencia de las potencias occidentales y una fuerza centrífuga latente. Podemos concluir que fue un error muy favorable a sus intereses la limitación de la influencia rusa, pero también, de la influencia griega, poniendo la base del conflicto aún sin resolver de Chipre, por ejemplo, (respectivamente paneslavismo y Megali Idea), con la finalidad de crear en la península balcánica pequeños Estados, rivales y opuestos, y enfrentarlos con minorías religiosas, hasta el punto de partirlos por motivos religiosos (Bosnia). Esto los supeditaba a los anglosajones, alentaba la expansión de los alemanes para buscar el conflicto con los eslavos del sur y provocar a Rusia para obligarla a combatir en varios frentes abiertos (Balcanes, Cáucaso, Asia, Báltico).

La misma fórmula fue aplicada al proceso de destrucción de la Yugoslavia, entre los años 1991 a 1996. Precisamente, el periodista belga Michel Collon muestra que para impedir una potencial independencia de Europa alejada de los Estados Unidos y de los anglosajones, los Estados Unidos intervinieron en la guerra, generando el mismo escenario de conflicto potencial contra eslavos y griegos, y denunciando una entente anglosajona alemana con el nexo de la OTAN (el libro «El juego de la mentira», aporta el trabajo de su investigación al respecto y es muy recomendable).

De hecho, tal y como denuncia el presidente de Bulgaria, Boiko Borisov, aprovechando la presidencia de turno de la UE: «podemos ver escenarios como el de Siria [en los Balcanes]». Y esto es algo, que como hemos visto, no sólo no sería extraño. Se acerca a ser posible.

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