Bielorrusia y Rusia. Hidrocarburos y Europa. Desafíos.

Bielorrusia acaba de comprar dos cargas de Johan Sverdrup, el campo petrolero noruego recientemente comisionado y está, adicionalmente, en conversaciones con varios países productores de petróleo de la antigua Unión Soviética para aumentar las importaciones de crudo en las próximas semanas. 

Campo petrolero de Johan Sverdrup en Noruega

Si partimos del hecho significativo de que Bielorrusia en los últimos años dependía al 100 % del crudo ruso, está señalando una escalada inesperada de lo que inicialmente parecía un problema técnico, una discrepancia en la tarifa de tránsito, que debería haber sido resuelta en esa esfera, y no con la participación de la política.  En cambio, la guerra no declarada entre Bielorrusia y Rusia en varios frentes cada vez más relevantes, y que separan cada vez más las líneas y políticas de Minsk de las de Moscú, también se suma ahora que se está centrando en las líneas tradicionales de suministro y causando ya estragos en los dos estados.

Para comprender el punto en cuestión hay que centrarse en el origen del conflicto que nos ocupa, y que se origina en la incapacidad de ambas partes para alcanzar un acuerdo satisfactorio sobre el suministro de crudo para 2020, que se basaría en los suministros ininterrumpidos de los años anteriores, por los cuales Bielorrusia compraba entre 23 y 24 millones de toneladas por año, de las cuales, unas 18 millones de toneladas por año para uso doméstico en sus 240.000 barriles por día en las refinería de Novopolotsk y 320.000 barriles por día en la refinería de Mozyr.

Refinería de Mozyr

Bielorrusia está rechazando todas las propuestas rusas porque son una constatación de la práctica de fijación de precios de los últimos años, y esta maniobra fiscal de los rusos supone poner en peligro hasta el 5% del PIB de Bielorrusia. El propósito de la maniobra fiscal rusa está encaminado a eliminar paulatinamente los aranceles de exportación de crudo y productos derivados y compensar el saldo mediante un aumento del Impuesto a la extracción de recursos minerales (MRET).

Desde el momento en que Bielorrusia empezó a percibir todo el petróleo crudo libre de impuestos hasta los últimos días de 2019, la decisión de Rusia de progresar en el sentido de ir armonizando los diferentes impuestos al sector petrolero con los requisitos de su creación posterior de la CEI, la Unión Económica Euroasiática, lo convierte en, sin haberse percibido, una de sus víctimas. 

La eliminación gradual fija un periodo que se extiende a lo largo de cinco años (2019-2024), pero Bielorrusia quiere tomar acción aprovechando que los márgenes y las ganancias de sus refinerías se van reduciendo, y su posición frente a Rusia se vuelve cada vez más desfavorable para sus intereses, hasta que se llegue a encontrar en una situación abiertamente desfavorable. Pero hay otro factor a tener en cuenta, 6 millones de toneladas anuales de las 24 que Bielorrusia ha estado comprando con carácter anual solo estaban nominalmente relacionadas con el estado de Europa del Este, con ello lo que ha pretendido el Kremlin ha sido darles un uso de contrapartida política,  y como tales fueron entregados en aduana en Bielorrusia (no en Rusia), cosa que ha ido suponiendo para el presupuesto bielorruso unos ingresos que han fluctuado entre los 600 y los 800 millones de dólares por año.

Se estima que gracias al carácter libre de impuestos de las importaciones de crudo, Bielorrusia ahorró aproximadamente unos dos mil millones de dólares cada año, y ahora tendría que empezar a comprar crudo a precios y con condiciones de mercado. Pero existe una variable más en los acuerdos energéticos en el espacio post-soviético: la regla es que cualquier acuerdo sobre el crudo está inextricablemente vinculado a los acuerdos sobre el gas entre ambas partes. En este caso, Bielorrusia ha estado pagando 132 dólares / por cada mil metros cúbicos (MCm), mientras que el precio promedio europeo de Gazprom era de 242 dólares / MCm en 2018, y 202 dólares / MCm en 2019. Mientras que con ello Minsk quedaba atada al dominio de los bancos estatales rusos, y con ello pagaba un precio severo por una política exterior errática del presidente Lukashenko.

En el caso del gas las negociaciones son más fáciles de resolver y cuentan con menos trabas por el simple hecho de que Gazprom es quien controla de facto la red de transmisión de gas de Bielorrusia, con lo que no se puede usar como moneda de cambio en negociaciones entre las diferentes disputas bilaterales. Justo lo contrario que sí sucede con el crudo y cuyos resultados son evidentes, pues en cuanto surgió la cuestión entre las partes bielorrusa y rusa, el Ministerio de Comercio y Antimonopolio de Bielorrusia declaró que busca un aumento inmediato del 16,6% en los volúmenes de tránsito de crudo del oleoducto (el crudo que se suministra a Europa Central y del Este a través del gasoducto Druzhba). El presidente bielorruso aumentó su desafío cuando impuso un repentino «impuesto ambiental» que graba el 50% a todos los volúmenes de tránsito de crudo y productos derivados.

La razón para comprar Johan Sverdrup es bastante sencilla: el grado de densidad API de 28 grados es muy similar en el rendimiento de su producto a los Urales, el crudo para el que se configuraron inicialmente ambas refinerías bielorrusas. De acuerdo con los rumores del mercado, la empresa estatal bielorrusa BNK compró dos cargamentos de Aframax y los enviará a casa desde el puerto lituano de Klaipeda, entregándolos a la refinería de Novopolotsk por ferrocarril. La vecindad de la plataforma continental de Noruega no jugó un papel importante en esto: MT Breiviken, que entregará la primera parte ya cargada el 19 de enero y para el 23 de enero, ya había llegado a su destino final, es decir, el viaje requerido fue realmente rápido, lo que fue útil para la posición negociadora de Minsk, llegando incluso a pagar de más.

¿Qué persigue realmente Rusia con todo ello?  Por mucho que Rusia se haya ganado una reputación bastante adversa por sus tratos relacionados con el sector energético, con Bielorrusia se enfrenta a un dilema difícil: quiere asegurarse de que se envíe un poderoso mensaje político al presidente Lukashenko, mientras se mantiene el sector petrolero de Bielorrusia fuera del problema.  Sus intereses no son en modo alguno altruistas: la refinería más grande de Bielorrusia en Mozyr es propiedad de una empresa conjunta de Rosneft y Gazprom Neft, lo que significa que los CON rusos controlan el 42,58% del activo (el resto está controlado por el estado bielorruso). Dado que Bielorrusia generaba pérdidas incluso en los «buenos» años de 2017 y 2018, principalmente debido a los precios del combustible controlados por el gobierno y las devaluaciones de la moneda, ninguna de las compañías quiere incurrir en pérdidas aún más profundas.

A pesar de todo, esta no es la primera vez que tienen lugar negociaciones tan desenfrenadas. Las subidas arancelarias son un tema habitual en las disputas entre ambas partes, además, en 2010 Bielorrusia ya intentó importar crudo venezolano para demostrar que puede sobrevivir sin entregas rusas.

Por otro lado, el régimen de Lukashenko presenta una acuciante escasez de efectivo, por lo que ha de acabar por recurrir a un número creciente de préstamos rusos y granjearse la cooperación de Moscú con la finalidad de poder mantener a flote el sector energético de Bielorrusia.

No obstante, Rusia busca, necesita con urgencia, entrar en un nuevo período de distensión con Europa, y no tiene ningún interés político en arruinar su juego geopolítico mediante acciones en Bielorrusia.

La previsión que se podría trazar de acuerdo con la lógica es que tras las lógicas declaraciones y amenazas acaben por desaparecer, y Moscú y Minsk tratarán de pactar otro modus operandi, que tendrá una caducidad (que todos saben que durará solo un par de años, donde se acabará por repetir exactamente el mismo proceso partiendo desde cero).

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