¿Guerra del petróleo a la vista? Algunas consideraciones

Como ya tuve ocasión de explicar en un artículo reciente, la caída de la producción en China ha repercutido en diferentes industrias y mercados, pero se señaló el mercado del petróleo en particular. No obstante, desde el viernes pasado, 6 de marzo, hemos presenciado el fin del acuerdo OPEP+ que unía a la OPEP, liderada por Arabia Saudita y formada por 14 países en tres continentes: África (Angola, Argelia, Gabón, Guinea Ecuatorial, Libia, Nigeria, República del Congo), Asia (Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Irán, Irak, Kuwait) y Suramérica (Ecuador y Venezuela), con el llamado grupo «NO OPEP» dirigido por Rusia y siete países más (Azerbaiyán, Bahrein, Brunei, Kazakhstan, Malasia, México, Omán, Sudán del Sur y Sudán).

Cómo podría haber empezado la «gran guerra del petróleo»

El viernes día 6 de marzo se reunieron en Viena estos países para estudiar las respuestas a la caída de los precios debido a la caída de la demanda china y la desaceleración de la actividad económica. El Ministro de Energía ruso, Alexander Novak, quien desde el 21 de enero de 2020 mantiene su puesto en el gabinete del primer ministro ruso Mikhail Mishustin, se mostró a favor de mantener la reducción del suministro a los niveles actuales hasta junio cuando, según su opinión, se deberían estudiar recortes en la producción más drásticos.

En este sentido, los representantes de la OPEP, bajo el liderazgo del ministro de Energía saudita, el hijo del rey de Arabia Saudita, Abdulaziz bin Salman al Saud, le hicieron a Rusia la propuesta el jueves pasado de que reduzca la producción de petróleo en 1,5 millones de barriles adicionales por día, lo que elevaría el recorte total al 4% del suministro global, para compensar el impacto del Covid-19. A continuación, unas horas más tarde, la OPEP volvía a presionar de nuevo a Rusia para conseguir una reducción inmediata en los volúmenes de producción. Pero a ello Alexander Novak dio a entender que el trabajo conjunto estaba a punto de acabar entre ambos grupos. Rusia piensa que recortar la producción supone una ayuda al sector de la industria del shale, cuyo crecimiento ha convertido a Estados Unidos en el primer productor de crudo del mundo con 15,311 miles de barriles diarios, por delante de Arabia Saudita, 12,287 miles de barriles diarios, y Rusia con 11,438 miles de barriles diarios. «El volumen total de crudo que se redujo como resultado de una ampliación del acuerdo de la OPEP se sustituyó rápidamente por el crudo procedente de la industria del shale de Estados Unidos», señaló el domingo un portavoz de Rosneft.

El Secretario General de la OPEP, el nigeriano Mohammad Barkindo, trató de rebajar el tono y encontrar puntos en común empleando un tono conciliador y distendido que rebajara las tensiones cuando alabó a Rusia calificándola de «aliado confiable», pero el mercado petrolero había entendido perfectamente lo sucedido y empezaba a tomar forma de una crisis profunda. Las siguientes horas y medidas marcarían si empezaba una gran guerra del petróleo y qué importantes consecuencias se llegarán a ver.

Los precios del petróleo cayeron un 5,9% en Londres hasta 47,02 dólares, el más bajo desde julio de 2017. Tras cinco horas de negociaciones, que resultaron infructuosas, durante las cuales Rusia expuso claramente su estrategia, las conversaciones se podían dar por fracasadas [1]. Y ayer el precio del barril Brent, de referencia en Europa, caía hasta los 31,02 dólares el barril, aunque después rebotó hasta los 34 dólares. El West Texas Intermediate, de referencia en Estados Unidos, marcó un descenso hasta los 31,02 dólares el barril, con caídas hasta los 27,72 dólares el barril

Acabábamos de presenciar el fin de la llamada OPEP+, el grupo creado en 2016 por iniciativa de Arabia Saudita, Rusia y otros 20 países, que controla más de la mitad de la producción mundial de petróleo, con precios respaldados y que había remodelado la geopolítica del Medio Oriente [2].

Ante esta situación, los sauditas reaccionan buscando que Rusia ceda mediante una caída en la producción, aunque esta vía pone a Arabia Saudita en una posición en que tendría más que perder que Rusia, ya que precisa que los precios del petróleo sean más altos para financiar su presupuesto que Rusia ya que esta última podría resistir quizás mejor que los saudíes a nivel presupuestario aunque tendría sus desafíos, como veremos más abajo.

La OPEP+ ha sido decisiva para ayudar a Rusia a superar la crisis causada por la fuerte caída de los precios del petróleo en 2015 al limitar la producción de petróleo y precios de soporte. Pero es que además esta alianza le ha dado a Rusia ganancias significativas en política exterior, al reafirmar hasta ahora un vínculo con el nuevo líder de Arabia Saudita, el príncipe heredero Mohammed bin Salman. Entonces surgen las preguntas, ¿qué tiene en mente Rusia con bin Salman? ¿Y con Arabia Saudita?

Otro ganador, en este caso indirecto, del acuerdo que formó la OPEP+ fue la industria estadounidense del esquisto bituminoso o shale, compartiendo hasta hace unos meses algunos intereses comunes Rusia, Estados Unidos y Arabia Saudita. Pero hay una tendencia que se viene manifestando y reforzando desde hace unos meses, y es que Rusia está cada vez más en conflicto con Estados Unidos.

El detonante del choque vendría dado por la reacción del gobierno ruso a partir del 15 de febrero de 2020 al deseo de la administración Trump de utilizar la energía como una herramienta geopolítica y geoeconómica más activa. Nos referimos al uso de sanciones por parte de Estados Unidos para evitar la finalización de un gasoducto que conecta los campos de gas de Siberia (República Federal de Rusia) hasta Alemania (Unión Europea), el Nord Stream 2, y que contaba con una capacidad para transportar más de 55.000 metros cúbicos de gas natural anualmente [3]. El siguiente foco de la Casa Blanca estaría centrado en las actividades en Venezuela de la empresa del petróleo controlada por el gobierno ruso, Rosneft [4]. Nuevamente las sanciones de Estados Unidos a Rosneft en Venezuela han ayudado a cristalizar un conflicto abierto con Estados Unidos, a pesar de que la petrolera pública de Rusia ha encontrado una vía para sortear las sanciones norteamericanas [5].

561ac009c46188e8598b4628

Habría, pues, que entender esta decisión de Rusia de acabar con el acuerdo con la OPEP+, y particularmente con Arabia Saudita, desde mi punto de vista, como la respuesta a esta política energética de Estados Unidos con fines geopolíticos. A ello hay que sumar que el acuerdo que formó OPEP+ no era bien visto por parte de actores significativos de la industria petrolera rusa. Este es el caso de Igor Sechin, poderoso jefe de Rosneft. Se considera a Sechin como un aliado cercano y «diputado de facto» de Vladímir Putin. Es uno de los consejeros más conservadores de Putin y el líder de la facción Siloviki del Kremlin, un lobby que reúne a antiguos agentes de los servicios de seguridad. Hasta el 21 de mayo de 2012 fue Viceprimer Ministro de Rusia en el gabinete de Vladímir Putin y actualmente es el Presidente Ejecutivo de Rosneft.

La fecha en que realmente se habría tomado la decisión de correr el riesgo de una guerra comercial con Arabia Saudita y provocar una caída significativa en los precios del petróleo crudo se habría tomado realmente durante la reunión entre Vladímir Putin y los líderes de la industria petrolera el sábado 29 de febrero.

Riad, ¿un aliado inestable?

A ello se ha sumado que desde el poder ruso se observa con preocupación, cuando no decepción, la alianza con Riad a través del príncipe Mohammed bin Salman, cuya estabilidad no parece estar asegurada. Dentro del particular «Juego de Tronos» que es la Casa Saud y sus maniobras por el poder. Así, el 5 de noviembre de 2017 Mohammed bin Salman ordenó la detención de al menos 11 príncipes, 4 ministros y decenos de exministros todos ellos acusados de corrupción, entre los que estaban el príncipe Alwaleed bin Talal, primo de bin Salman y dueño de la compañía de inversores Kingdom Holding, además del jefe de la Guardia Nacional, Muteb bin Abdulá, el director del imperio mediático audiovisual MBC, Al Walid al Ibrahim, el príncipe Turki bin Abdalá, antiguo alcalde de Riad e hijo del rey Abdalá, el ministro de Economía y antiguo alcalde de Yeda, Adel bin Mohamed, el emir Fahd bin Abdalá bin Mohamed, antiguo ministro de Defensa y, entre otros, Adel Faqih, que tuvo la cartera de Economía y Planificación o Ibrahim al Esaf, antiguo ministro de Finanzas. También hay otros responsables militares, como Abdala al Sultan, antiguo jefe de las Fuerzas Navales. Entre los hombres de negocios figuraba Baker bin Laden, presidente del consejo administrativo del grupo empresarial Bin Laden [6]. Y recientemente, en concreto, el pasado jueves 5 de marzo de 2020 se procedía a la detención de tres destacados príncipes saudíes, particularmente remarcable es el hermano pequeño del rey Salman, el príncipe Ahmed bin Abdulaziz, y el sobrino del monarca y antiguo príncipe heredero, Mohammed bin Nayef [7]. No hay que olvidar que el rey Salman cuenta con 84 años de edad. La acusación formal es por traición y haber planeado un golpe de Estado, con lo que se habrían puesto en contacto con poderes extranjeros, incluyendo a Estados Unidos entre otros [8]. Hay que contar con que Arabia Saudita es ya un país que contará con unos 34,81 millones de habitantes este 2020 [9], y que de estos, aproximadamente más de 15.000 tienen el título de príncipes y princesas. El cambio de paradigma se empezó a vivir alrededor de 2012, cuando después de las Primaveras Árabes y de la presencia destacada en no pocas de ellas de los Hermanos Musulmanes llevó al país arábigo, en tándem con los Emiratos Árabes Unidos [10] [11] a emprender un papel de mayor preponderancia y cada vez más ascendente no sólo en Oriente Medio, también en el Norte de África, equilibrando a Qatar y Turquía en la influencia por esta basta región, en competencia también con Irán desde 1979.

Fue también hacia finales de 2012 cuando se empezaba a comprender que el petróleo esquisto, tendría capacidad suficiente, depende de los precios del mercado, no solo para convertir a Estados Unidos en una nación energéticamente autosuficiente, más aún, las perspectivas indicaba que en unos cinco años Estados Unidos tendría un lugar muy destacado en la lista de los principales exportadores mundiales de hidrocarburos.

Los pilares sobre los que descansa la economía saudita han sido, desde 1945 hasta 2012, fundamentalmente dos: la gestión de la peregrinación a los santos lugares de Medina y La Meca, que hoy día deben cumplir los más de 1.800 millones de musulmanes, y el mercado del petróleo, que fue subsidiario hasta 1973 y el boicot petrolero de los países productores árabes durante la guerra del Yom Kippur. A ello se ha añadido el sector armamentístico. En los años 80 del pasado siglo XX, el petróleo, con precios más altos y como abastecedor Arabia Saudita de la maquinaria geopolítica de Estados Unidos, proveyó de unos suculentos fondos para que se crease el «puente de los Muyahidin», el ancestro de los movimientos yihadistas. Se constituyó una terna formada por Arabia Saudita, la CIA y los servicios secretos de Pakistán, la ISI (Inter-Services Intelligence), dentro de lo que la CIA llamó «Operation Cyclone», creada a partir del decreto presidencial secreto que autorizaba la financiación de guerrillas anticomunistas en Afganistán el 3 de julio de 1978 por parte de Jimmy Carter, para sumarse a las acciones de la inteligencia anglo-norteamericana desarrolladas en Afganistán desde 1973, con la participación del gobierno de Pakistán y que comportaron un primer intento de guerra civil y un golpe de estado fracasado en 1975. Después de la invasión soviética de Afganistán en diciembre de 1979 y el ascenso a la presidencia de la República Democrática de Afganistán de Babrak Karmal. A ello replicó el presidente Carter tildando la acción de la «mayor amenaza a la paz desde la Segunda Guerra Mundial». Fue Ronald Reagan quien desplegó oficiales de operaciones paramilitares de la División de Actividades Especiales de la CIA para que capacitasen, equipasen y comandasen a los Muyahidin contra el Ejército Rojo. El punto de partida de la cooperación y máxima atención de Arabia Saudita hacia Afganistán vino dado porque en noviembre de 1979, los Ikhwan, un grupo de radicales, asaltó la gran Mezquita de La Meca y casi desestabilizó a la familia Real saudí. Purgados los responsables para descabezar el movimiento Ikhwan, dieron salida a tal descontento fanático con la creación de una milicia profesional que se desplegó en Afganistán. Otras dictaduras árabes vieron con buenos ojos la acción saudita y también cooperaron para quitarse de encima a esos hombres fanáticos y mandarlos a matar y a morir al corazón de Asia Central. Allí, el programa desarrollado por Carter y, sobre todo, por Reagan, contaba con la necesaria colaboración de la ISI pakistaní, que actuaba como distribuidor de fondos, entrenamiento militar, apoyo financiero y tráfico de armas. A ello se sumó el equivalente a dicho programa por parte del MI6 británico y el Special Air Service (SAS) y la República Popular de China, que equilibraba así el apoyo soviético y de Mongolia al Partido Revolucionario del Pueblo del Turquestán Oriental y al Frente Revolucionario Unido del Turquestán Oriental entre 1968 y 1989 en la provincia de Xinjiang o el Turquestán Oriental.

Saradzhyan_Afghanistan_022819

El 23 de enero de 1980 el presidente Jimmy Carter anunció en su discurso del Estado de la Nación el principio fundacional de la Doctrina Carter: Estados Unidos no permitirían que ninguna fuerza diferente de ellos obtuviera control del Golfo Pérsico y que con la presencia de sus fuerzas navales, entre otros medios, protegerían el flujo de petróleo hacia Occidente, y con ello mantenían a los soviéticos alejados del Golfo Pérsico. De este modo Estados Unidos tomaba el relevo de la declaración británica del secretario de Relaciones Exteriores Lord Landsdowne en 1903 respecto a Rusia y Alemania en el mismo espacio, cuando se estaba preparando la sustitución del carbón por el petróleo.

De dichas sinergias entre Arabia Saudita y la ideología que sustenta el yihadismo partiría la misma Al Qaeda, que llevaron a una cadena de atentados en el país árabe que implicó la necesidad de establecer bases norteamericanas.

El caso es que el aumento del gasto militar ha supuesto la creación del tercer pilar de la economía saudita: industria armamentística y comercio de armas, impulsada además por la Guerra Fría entre Arabia Saudita e Irán y sus proxies. Según datos del Instituto Internacional de Investigaciones para la Paz de Estocolmo, el SIPRI, el gasto militar se acercó al 8,8% del PIB saudí (unos 67.000 millones de dólares). También cerró acuerdos con Estados Unidos en 2017 por 110.000 millones de dólares y otros 350.000 millones de dólares en los años sucesivos. Al respecto, el presidente Donald Trump ha llegado a usar su prerrogativa de veto para desbloquear un acuerdo valorado en 8.000 millones de dólares a favor de Arabia Saudita este pasado verano. Según el mismo SIPRI Arabia Saudita presenta el mayor gasto militar per cápita del mundo con 2.014 dólares.

El pasado septiembre de 2019, Ahmed al Ohali, director de la Autoridad General para la Industria Militar, anunció que se concederían nuevas licencias a empresas locales y extranjeras para la producción de pistolas y fusiles, munición, material explosivo y otros equipos militares. El objetivo es que Arabia Saudita sea capaz de producir o ensamblar el 50% de su material militar en 2030, como sugiere el plan de bin Salman.

Cuando empezaban los 80 Arabia Saudita contaba con unos 10 millones de habitantes. El petróleo suponía la llegada masiva de petrodólares, creados a partir del ciclo que hizo patente a finales de los años 60 que el volumen de dólares en circulación en el mundo era muy superior a las ingentes cantidades de oro que almacenaba Estados Unidos, lo que supuso una concatenación de efectos financieros lógicos que llevaron al pánico bancario contra las reservas de oro de Estados Unidos liderado por los franceses, que replicaban así a la guerra comercial que entonces libraba Estados Unidos contra Europa Occidental. La salida de reservas de oro de Estados Unidos llevó al presidente Nixon a poner fin a la convertibilidad del dólar con el oro físico el 15 de agosto de 1971 como medida excepcional y temporal. Con ello el dólar pasaba a ser moneda fiat y empezó a devaluarse frente a otras monedas. La OPEP mantuvo sus contratos en dólares hasta que se hizo evidente que perdía dinero y se planteó incluir una cesta de otras divisas o hasta el mismo oro, para ello Henry Kissinger en misión secreta a Arabia Saudita preparó un acuerdo que supuso que el dólar estaba respaldado por el petróleo y permitió a Estados Unidos operar las máquinas de impresión de moneda sin restricciones.

Bien, la plutocracia wahabí, base del poder del poder del reino arábigo, contaba en los 80 con un margen lo suficientemente generoso como para permitirse regalar a la población una vida cómoda, con salarios generosos, nutridos subsidios que concedían al ciudadano común contar con comodidades a coste cero y que incluían el agua, la energía y llenar el depósito de gasolina. Automóviles de lujo y alta gama eran comunes en las autopistas, artículos de lujo se hacían abundantes en una expansión urbanística. Todo el que quisiera dejar atrás las jaimas en el desierto por un apartamento o hasta un palacio podía considerarlo factible.

Pero transcurridas tres décadas la población saudí se ha triplicado, la crisis petrolera ha dado síntomas claros y el desequilibrio tradicional en el presupuesto nacional, ha abatido la política de subsidios abriendo una brecha social impensable hace 30 años. Hoy día en Arabia Saudita se dan sin rubor la opulencia más extrema con la pobreza, y el lujo hace cada vez más lacerante la sensación cada vez más creciente y pronunciada de injusticia social. Junto a los palacios aparecen nutridos y hasta hacía pocos años inesperados suburbios en los que la vida diaria es cada vez más difícil. Los primeros recortes fueron pocos y empezaron a darse en 2010, pero para 2015 estos se empezaron a ser más drásticos y a afectar a más personas de una manera más intensa, justo el año de ascenso al trono del nuevo rey. Se han rebajado las ayudas a la electricidad, el carburante y el agua, el nuevo régimen ha introducido impuestos como el IVA a los productos alimenticios y otros productos básicos. El impacto negativo sobre la economía doméstica obligó al príncipe heredero a crear una inédita forma de auxilio social, «Hisab al Muadinin», para literalmente «aliviar las consecuencias directas e indirectas del programa de reformas económicas» y atemperar el malestar popular que comenzaba a darse de nuevo en la calle.

A todo ello pretendería sumarse la casta religiosa y gerontocrática que desde mediados del siglo XVIII ha ido conformando la justificación del ascenso al poder de los Saud, amparada en una interpretación fanática, reaccionaria y considerada herética del islam, el wahabismo, que ha contado con fuertes apoyos presupuestarios en riales (en 2018 la industria militar contaba con la principal partida con 210.000 millones de riales, seguida de educación y proselitismo del wahabismo con 192.000 millones de riales y tan solo 59.000 millones de riales a programas públicos). Precisamente, las detenciones practicadas en 2017 y en 2020 buscarían eliminar a los elementos más díscolos y disidentes de la casta más poderosa del reino saudita. Además, se opondrían a las tímidas reformas en un sentido liberal que ha introducido el príncipe bin Salman (mujeres en partidos de fútbol o conduciendo, apertura de cines, etcétera). Se daría la paradoja que no pocas personas ven insuficientes estos avances, y sin embargo la casta wahabita los considera contrarios a la religión, con lo que bin Salman recibiría presiones de ambos polos, siendo además éstas excluyentes entre sí. Manifestación esta que demuestra la desconexión de la casta wahabita de la realidad social de la población, por la que hablan, y que actúa ante la liberalización de bin Salman reforzándose en sus posiciones y creando más motivos para sufrir el país una serie de cambios políticos que podrían llegar a ser intensos. A esto se sumaría una medida que impacta directamente sobre esta casta y que libera muchos recursos para el país árabe, aunque puede llegar a ser «una declaración de guerra» cuyo resultado sería, precisamente, las detenciones aplicadas hace unos días, y es que Arabia Saudita dejará de financiar mezquitas en países extranjeros.

Con un petróleo cada vez menos rentable, Arabia Saudita miraría hacia las renovables como solución de urgencia a su agudo déficit nacional. También al desarrollo de la minería y de otras energías alternativas, como la nuclear. Con este objetivo, el pasado octubre la Compañía Real Saudí de Minas (Al Ma’aden) anunció un cambio importante en su timón, el último de la serie de reformas que aspiran a dar un giro y explotar con más efectividad una riqueza tradicionalmente relegada, pues no ha aprovechado la riqueza en fosfato, oro o aluminio que el desierto arábigo escondería en grandes cantidades. Según cifras oficiales, la empresa estatal obtuvo unos beneficios de unos 4.000 millones de dólares en 2018, cantidad que se pretende triplicar en los próximos años. El objetivo no solo sería conseguir diversificar la economía, sino prepararse para un retroceso del mercado petrolero, impelido por quizás los resultados de esta guerra del petróleo empezada, el cambio climático, entre otros factores. El país es rico en sol y viento, dos energías que pretende ahora explotar y desarrollar, pero pobre en tecnología y formación. Su deseo no es tanto para exportar electricidad y competir con Irán como poder cubrir y afrontar la demanda de una población que se multiplica de una manera preocupante.

El punto de cesura vendría por el desplome de los precios del petróleo de 2014 que llevó a los saudíes a buscar una alianza con Rusia y la creación de la OPEC+. A ello ha reaccionado el príncipe bin Salman con el programa nacional «Saudi Vision 2030». Un pretendido plan de reforma económica y social que contempla la creación de la espectacular megaciudad llamada NEOM, que podría ser una redefinición de la región y colaborar en la solución de la cuestión palestina.

¿Qué cabe esperar entonces?

Rusia podría haber definido una hoja de ruta que perseguiría un objetivo doble. La primera acción estaría en lograr poner en serias dificultades a los productores estadounidenses de esquisto. ¿Cómo? Por lo que sabemos, las pequeñas empresas producen parte del petróleo de esquisto bituminoso y para ello precisan de un precio del crudo superior a 50 dólares, o incluso que ronde los 60 dólares, ya que así pueden pagar los préstamos que contrajeron con los bancos, que demasiado a menudo cubren el 90% del capital de la empresa. En la situación actual Rusia cuenta con una buena provisión de reservas acumuladas, con lo que podría conformarse bastante tiempo con precios de alrededor de 30 dólares, e incluso inferiores. Con esos precios las pequeñas empresas estadounidenses y los bancos que les han prestado fuertes sumas de dinero en condiciones de bonos basura calificados como inferiores al grado de inversión estarían en bastantes dificultades. La consecuencia de estos bajos precios repercutirían en acentuar la tendencia a la baja actual de Wall Street, porque los precios bajos del petróleo también comportan una lógica caída en los gastos de exploración y explotación petrolera y, lógicamente una consecuente valoración más baja para las empresas que suministran el equipo y la tecnología para explotar los recursos de hidrocarburos así.

Esto se sumaría a un momento difícil para los hidrocarburos no convencionales de Estados Unidos. A pesar del aumento de la producción de los últimos diez años que le ha permitido a Estados Unidos sobrepasar a Arabia Saudita y a Rusia como principales productores, el sector del shale tiene serias dificultades para ser rentable, con lo que le cuesta captar inversores, además de dejarlo más expuesto a un descenso del precio del mercado que puede suponer la guerra de precios emprendida por Rusia y Arabia Saudita partiendo del impacto del Covid-19 en la economía y en las grandes economías globales.

Para el presidente Donald Trump este escenario puede generar una montaña rusa en sus expectativas de revalidar el mandato. El motivo es que los precios más bajos del petróleo son una parte importante de su discurso, porque dentro de sus votantes hay una tendencia a solicitar a la OPEP rebajas en los precios… pero a su vez, si dicha caída fuera prolongada en el tiempo, cosa que podría perfectamente ser así dado el enconamiento de las posiciones de rusos y saudíes, se pondría en serios problemas económicos a estados que producen el petróleo de esquisto, caso de Texas y Dakota de Norte, y en general los estados de las Cuencas de Bakken (Dakota del Norte y Montana), Eagle Ford (Texas) y la destacada «Cuenca Pérmica«, que supone el 40% del petróleo producido en el país y se sitúa entre Texas y Nuevo México, en un contexto de la proximidad de las elecciones del 3 de noviembre de 2020 para decidir el próximo inquilino de la Casa Blanca para los siguientes cuatro años. Para Ayham Kamel, jefe del equipo de investigación del Eurasia Group’s Middle East and North Africa, «(…) la producción de esquisto de Estados Unidos no disminuirá lo suficientemente rápido como para vindicar los puntos de vista rusos sobre su contención».

fracking

La administración Trump ha firmado una serie de medidas para tratar de ayudar a la economía norteamericana ante el desafío económico y financiero que puede suponer el Covid-19, y en ese paquete firmado ayer, se contemplan medidas para ayudar a los productores de petróleo de esquisto, veremos si son suficientes.

El otro objetivo que podría tener en mente Rusia vendría del hecho de que Arabia Saudita, lanzada desde el domingo a una política muy agresiva de descuentos en los precios de los contratos petroleros, se lanzó el sábado a una guerra de precios total al reducir los precios de su petróleo crudo por más de 30 años. ARAMCO ha ofrecido descuentos hasta ahora no vistos de entre 6 dólares hasta los 8 dólares en Asia, pero también en Europa y Estados Unidos con la esperanza de conseguir que las refinerías usen el crudo saudí. Estos descuentos fueron imitados de inmediato por Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos. Con ello, se persigue una medida económica y estratégica en clave de mercado petrolero, ya que lo que conseguiría Arabia Saudita es consolidar su posición como principal exportador de crudo del mundo.

Arabia Saudita precisa de dinero con urgencia, ya que el presupuesto saudita está equilibrado a precios del petróleo mucho más altos de lo que Rusia necesita, y por la privatización de parte de la petrolera saudita ARAMCO que está profundamente vinculada a los altos precios. A ello habría que sumar que el valor de las acciones de ARAMCO había caído el domingo 8 de marzo en un 9% en la bolsa de valores de Riad. Lo que pretende Rusia al obligar a Arabia Saudita a buscar fondos a través del aumento de los volúmenes de producción, es que dentro de un tiempo, ya sean semanas o meses, la caída de los precios del petróleo pueda crear problemas insoportables para Mohammed bin Salman, que ya ha ordenado arrestar a tres miembros de la familia real saudí hace unos días por «alta traición», como ya se ha mencionado. La estabilidad de su poder, socavada por los fracasos en Yemen, en las relaciones con los países del Golfo, pero también puesta a prueba por la tímida liberalización del régimen saudí, podría resultar frágil.

Arabia Saudita tiene una mayor capacidad sobrante que el resto de países, con lo que puede aumentar su producción rápidamente, e incluso, añadir más de un millón de barriles diarios en los próximos meses recurriendo incluso al petróleo que cuenta en su almacenamiento para dedicarlo a la exportación. Al respecto, la capacidad rusa puede ser más limitada. El impacto en Rusia de la caída de los precios podría poner en cuestión las promesas del presidente Vladímir Putin de invertir en áreas como infraestructuras y gasto social. No obstante, la economía rusa es fuertemente dependiente de los hidrocarburos (30% del PIB y 50% del presupuesto estatal). El rublo ha caído más del 7% el lunes, pero para las compañías petroleras un rublo débil no es necesariamente una mala noticia, porque sus ingresos en monedas nacionales aumentarán. Hay que contar también que el petróleo saudita es lo que se llama petróleo «pesado» y este tipo de petróleo requiere una refinación mucho más compleja que el petróleo producido por Rusia.

Si los precios muy bajos se mantienen en el tiempo, otros productores de crudo se verán obligados a reducir sus planes de crecimiento o, de lo contrario, su producción podría caer por falta de inversiones.

Para las grandes empresas se hace necesario dado este panorama reducir su deuda y buscar nuevas fuentes de energía, como las renovables o estudiar la capacidad del hidrógeno, y acabar por preparar definitivamente el camino de la sustitución de los combustibles fósiles. Pero, ahora que el crudo está por debajo de los 40 dólares el barril, muchos inversores temen las consecuencias y no se debe descartar que el precio de las acciones de las grandes empresas acabe por resentirse en los próximos días.

En otros aspectos geopolíticos, si bien Erdoğan tuvo que ir a Moscú el jueves 5 de marzo y aceptar un acuerdo que es favorable para el gobierno sirio y el gobierno ruso, la idea de debilitar el otro polo de Medio Oriente, Arabia Saudita, podría haberse barajado como un opción a tener muy presente por parte del gobierno ruso. Por otra parte, cabría preguntarse si el ataque con drones contra el mayor general Soleimani en Bagdad y el ataque fallido en Yemen contra Abdul Reza Shalai [12] no perseguirían varios objetivos, entre otros reforzar la posición de Israel y Arabia Saudita de cara a la presentación del «Gran Acuerdo del Siglo», y también despejaban dos de los problemas a los que se enfrenta Arabia Saudita con bin Salman, y que son la pugna con el chiísmo y su expansión hacia el Mediterráneo, por un lado, y el desastroso conflicto del Yemen para los intereses saudíes. Si fuera ese el caso, la propuesta de Arabia Saudita de recortar la producción en este contexto a Rusia, serviría para mantener los precios en unos rangos más cómodos para las necesidades en cuanto a precio por barril del petróleo de esquisto estadounidense en clave preelectoral para Donald Trump, pues como ya se ha señalado, sería con unos precios más altos como entrarían a cubrirse el hueco en la demanda dejado por la OPEP+ de 1,5 millones de barriles adicionales por día (recorte total al 4% del suministro global) con el petróleo de esquisto norteamericano. Igualmente, cabría pensar que Estados Unidos apoya al general Haftar en Libia con la condición de que mantenga los pozos petroleros detenidos, y lo mismo cabría pensar de la ocupación de los pozos petroleros de Siria por parte del Ejército de Estados Unidos. Ambas medidas en la región MENA servirían para mantener el precio del petróleo más alto para favorecer los intereses de la industria del shale norteamericana. Lo que sucede es que, declarada la guerra del petróleo con Rusia y Arabia Saudita, y con las implicaciones geopolíticas para la región MENA que podrían redefinir de nuevo la región, Arabia Saudita también debe entrar en ese conflicto con Rusia.

Sea como fuere, hemos entrado en un período de fuertes turbulencias en los precios del petróleo, que se sentirán y empeorarán los efectos de la crisis de salud en los mercados bursátiles mundiales.

One thought on “¿Guerra del petróleo a la vista? Algunas consideraciones

Comments are closed.

A %d blogueros les gusta esto: