La peste de Atenas de 430 a.C. en la Guerra del Peloponeso

«Es mejor tener la peste en Atenas»

Esta frase la habría pronunciado el Sr. Presidente de la República Francesa, Emmanuel Macron, el pasado 15 de abril a puerta cerrada en sesión de Consejo de Ministros, con Edouard Philippe al frente, dos días después de su intervención anunciando el fin del periodo de confinamiento , para abordar, hasta que llegue la segunda oleada del virus SARS-CoV-2, el siguiente desafío: la actual crisis económica y de salud.

¿El motivo de esta referencia? Segun el periódico que recogía la noticia, L’Opinion, los ministros «entendieron la intención del presidente de la república: mostrar que Francia trata bien a sus empresas y empleados enfermos por la crisis, en comparación con otros países, donde ambos están llevando a la quiebra o el desempleo».

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Emmanuel Macron, el Sr. Presidente de la República Francesa, a la derecha, junto al Primer Ministro de Francia, a la izquierda, Edouard Philippe

De modo que, tal episodio es de plena actualidad para el Elíseo, y también debería ser una referencia sobre la que meditar desde diferentes puntos de vista, en el estudio y reflexión de la obra que ocupa el curso que tengo el honor de impartir en CEDEGYS sobre la Historia de la Guerra del Peloponeso y la llamada «Trampa de Tucídides«.

La peste: origen y difusión por Atenas

Nos explica Tucídides que los médicos eran los principales afectados, pues por su oficio, debían acercarse más que nadie a los enfermos, y que nos permite situar a la enfermedad en la categoría de las infecciosas. Ninguna ciencia humana sirvió para contener la enfermedad, las súplicas que se elevaron en los templos, los oráculos que se consultaron y las prácticas religiosas y mágicas que se emplearon tampoco resultaron de nada útil. Pero veamos cómo se sucedieron los acontecimientos.

Cuando empezó el segundo año de la Guerra del Peloponeso, los peloponesios y sus aliados, con un total de dos tercios de sus fuerzas invadieron el Ática, a cuyo frente iba el rey de los lacedemonios, Arquidamo II. Estamos pues, ante la fase de la guerra llamada Arquidámica, que abarca desde el 431 a.C. hasta el 421 a.C., momento en el que se alcanza la llamada Paz de Nicias.

Al cabo de unos días de iniciar la campaña en el verano del 430 a.C. y empezar a devastar el territorio del Ática, tal y como nos informa Tucídides, se empezó a declarar por primera vez la peste entre los atenienses, concentrados tras los muros de Atenas. Por Tucídides (Tucídides II, 13) sabemos que la muralla de Falero tenía una longitud de 6,2 kilómetros (treinta y cinco estadios) hasta el recinto de la ciudad; el recinto amurallado de la ciudad era de 7,6 kilómetros (cuarenta y tres estadios); los Muros Largos hasta el Pireo contaban con un lienzo de murallas de 7,1 kilómetros (cuarenta estadios); finalmente, todo el recinto de el Pireo incluida Muniquia 10,6 kilómetros (sesenta estadios). Tal y como nos cuenta Tucídides (Tucídides II, 52, 1-2), la «aglomeración ocasionada por el traslado a la ciudad de las gentes del campo» fue otro factor que contó en el alto grado de contagio, mortandad y condiciones tan extremas de los enfermos, pues «quienes más lo padecieron fueron los refugiados». Esto deja una superficie de 5,2 km2 en la que se hacinaban entre 250.000 y 400.000 personas, con lo que la densidad de población se sitúa en cifras muy parecidas a las de Nueva York (10.756 hab/km²) o Calcuta (24.306,45 hab/km²), con la diferencia con respecto a Nueva York, que en este caso los refugiados del campo del Ática no se sitúan en edificaciones en altura, con lo que la concentración humana es todavía mayor, y con parámetros similares a los campos de concentración del III Reich, todo ello de acuerdo con Morens y Littman (‍1994, pp. 622-623).

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Arriba, ilustración que representa el sistema defensivo de Atenas en la época de la Guerra del Peloponeso. Abajo, Calcuta (India). La imagen pretende ilustrar la idea de la densidad de población tan elevada e imaginar la vida de los refugiados en refugios improvisados, etcétera.

Siguiendo a Tucídides, nos explica que, según se decía, la peste se había declarado con anterioridad en Lemnos, en la zona norte del mar Egeo, frente a los Dardanelos, y en otras partes, aunque el brote de Atenas fue especialmente terrible en cuanto a pérdida de vidas humanas, ante lo cual los médicos nada podían hacer, pues era una enfermedad nunca vista en Atenas, con una población que carecía de cualquier inmunización, con lo cual los efectos son, obviamente, más violentos, de modo que a posteriori dicha epidemia podría ser una enfermedad mucho más benigna.

La primera vez de la que se tuvo noticia fue en Etiopía. Hay que precisar que a partir de la primera catarata al sur de Elefantina, curso arriba del Nilo, empezaba «Etiopía», siguiendo la Historia de Heródoto, II, 29, 3-7, y cuya capital a efectos prácticos era entonces Méroe, aunque no se empezaron a enterrar a sus reyes aquí hasta el 300 a.C. aproximadamente, y que estaba al sur de la quinta catarata del Nilo, río arriba de su confluencia con el río Atbara, a unos 1.650 kilómetros al sur de Elefantina. La otra capital histórica de los etíopes, y anterior a Méroe era Napata, cuyo declinar vino a partir del saqueo de la misma que hizo el faraón egipcio Psamético II en 590 a. C., y que estaba situada río abajo de Méroe, descendenciendo desde Elefantina algo antes de llegar a la cuarta catarata. Además, había etiopes nómadas. Este territorio hoy correspondería, grosso modo, con Egipto meridional y Sudán del Norte, y se trata del Reino de Kush o Nubia, con lo que hay que contar que tanto griegos como romanos les llamaban etíopes (αιθιοπ-, aithiop-, ‘gentes de rostro quemado’).

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El Reino de Kush o Nubia, «Etiopía» para los griegos y romanos. FUENTE: Oriental Institute University of Chicago.

Desde Etiopía o el Reino de Kush siguió el curso del río Nilo hacia el norte, por las rutas comerciales, llegando a Egipto, y posteriormente, pasó a Libia. La siguiente fase de la enfermedad alcanzó el resto de territorios que controlaba el rey persa aqueménida, Artajerjes I «Longimano», además de Egipto, progresando por el Levante hasta alcanzar Asia Menor.

Siguiendo la descripción de Tucídides, apareció de golpe en Atenas, atacando primeramente a la población del Pireo, donde estaba siendo introducida por las tripulaciones que llegaban por barco con víveres y suministros ante la campaña de devastación del Ática de Arquidamo II. Entonces, apareció el primer rumor o Fake News, lógico cuando no se encuentra una explicación evidente: los peloponesios habían echado veneno en los pozos, ya que todavía no se habían hecho fuentes, factor este a tener en cuenta en la difusión de la enfermedad. El siguiente camino que siguió la enfermedad fue el del transporte de las mercancías y personas: hacia la ciudad alta, desatándose allí una mortandad mucho mayor.

La referencia de Hipócrates: la medicina, la filosofía y la Historia

Menciona Werner Jaeger que:

«Sin exageración puede afirmarse que la ciencia ética de Sócrates, que ocupa el lugar central en los diálogos de Platón, habría sido inconcebible sin el procedimiento de la medicina. De todas las ciencias humanas entonces conocidas, incluyendo la matemática y la física, la medicina es la más afín a la ciencia ética de Sócrates. (…) por vez primera la ciencia médica, bajo la forma que entonces revestía, traspasa los linderos de una simple profesión para convertirse en una fuerza cultural de primer orden en la vida del pueblo griego. A partir de entonces, la medicina va convirtiéndose más y más, aunque no sin disputa en parte integrante de la cultura general (ἐγκύκλιος παιδεία)». Jaeger, (2017,783)

Es decir, ἐγκύκλιος παιδεία, o enkýklios paideía, que significa literalmente «educación circular, en el sentido de «círculo» como un «campo de estudio», en este caso.

En Hipócrates de Cos, cuya influencia en el texto de Tucídides trasciende lo médico, por lo que requiere una noticia, aunque sea somera, de su persona. Según parece, se vio influido por Demócrito de Abdero, que junto a su maestro Leucipo, se le otorga el origen del atomismo griego, la primera corriente filosófica que podemos calificar de materialista. Demócrito era médico y planteó que tanto el universo como el cuerpo humano se componían ambos de átomos y de vacío. Los átomos se hallan en permanente movimiento, y no tenían ni principio ni fin, al ser indestructibles. Cualquier ser vivo se debía a una mezcla al azar de átomos, y cuando dicho ser moría, su mezcla se disolvía. La enfermedad para Demócrito era consecuencia de un desequilibrio entre los átomos que daban forma a los órganos y los poros que los separaban.

Otra figura de gran influencia en Hipócrates y los hipocráticos en general es Alcmeón de Crotona, que fue discípulo de Pitágoras, además de médico y filósofo. Sus aportes a la medicina abarcan campos como la fisiología, anatomía, embriología… Fue el primero que planteó que el cerebro era el órgano donde estaba el intelecto, al examinar a pacientes que vieron alterados sentidos como consecuencia de traumas craneoencefálicos, por eso concluye, de acuerdo con Teofrasto que: «Todos los sentidos se relacionan en alguna manera con el cerebro; por ello, al moverse éste y variar su posición, se saturan, pues el cerebro ocupa el espacio de los poros a través de los cuales (se transmiten) las sensaciones», según Teofrasto (2006, 85).

En lo que respecta a la concepción de la salud y la enfermedad en el ser humano aportó una definición que tiene un peso ciertamente relevante:

396 (24 B 4) AECIO, V, 30, 1: Alcmeón dijo que el mantenimiento de la salud se debe al equilibrio (isonomía) de las fuerzas: húmedo, seco, frío, caliente, amargo, dulce, etc.; y que, en cambio, el predominio de una sola (monarquía) produce la enfermedad. (…) La salud, por el contrario, es una mezcla bien proporcionada de las cualidades.» Varios Autores, sobre Alcmeón. IV El hombre. (2018, posición 3822 Kindle version).

Estamos ante el llamado principio de equilibrio de los contrarios en el organismo, que se presenta como fundamental en la salud del cuerpo. También cabría pensar, dada la conexión con la política, que podríamos hablar de la salud de la polis. Además, que con ello, Alcmeón se convertía en el precursor de la teoría de los humores desarrollada por Empédocles y los hipocráticos. Al respecto, acerca del paralelismo entre la política y la medicina, los paralelismos literarios de la descripción que hace Tucídides de la peste, y la gran sensibilidad artística de Tucídides cuando conecta el episodio de la peste al epitafio de Pericles, siguiendo a Alsina (1987, 1-13).

Precisamente, no está de más, precisamente en este punto, recordar las palabras que le dedica Tucídides a Pericles, cuando afirma en Tucídides II, 65, 9: «En estas condiciones, aquello era de nombre una democracia, pero, en realidad, un gobierno del primer ciudadano». En el contexto que están dichas, bien es cierto que se pueden comprender como una posición favorable a una situación intermedia entre la democracia y la oligarquía, una democracia moderada, pues era «un hombre que amaba y deseaba, en política, la eficacia y la autoridad, el realismo», en Alsina (1981, 78). Pero, también es cierto, que podría estarse refiriendo a una visión en la cual, la preponderancia de uno (monarquía) de los elementos, sobre el equilibrio entre los mismos (isonomía), podría causar una enfermedad al cuerpo político, que su muerte no haría más que desatar, al desaparecer un elemento que nadie pudo sustituir, y al hallarse el resto de los elementos sin nadie que los equilibrara. Así que, Pericles con su monarquía, ¿aportaba la isonomía que precisaba Atenas? ¿O su monarquía fue una enfermedad que se desató al desaparecer ese principio y no hallarse otro igual, sin que pudiera equilibrarse?

Más aún, y por poner otro ejemplo de la conexión entre medicina y filosofía, un colectivo de profesionales de la medicina era las parteras o comadronas, y en el diálogo platónico Teeteto habla Sócrates de su mayéutica, donde la compara con el oficio de las matronas a lo largo del diálogo, pero particularmente en Platón, Teeteto, 150b-151c.

A partir del siglo V a.C. se consolida la profesión médica y se da forma a las diferentes escuelas médicas. De todas ellas, se conocen las de Cirene, Rodas, Crotona, Sicilia, Tracia, Cnido y Cos. A esta última pertenecía Hipócrates, natural de Cos, isla donde se hallaba presente, justo enfrente de Cnido, en Asia Menor. Hipócrates nació en esa isla del Dodecaneso el 27 de agosto del 460 a.C. y murió en Larisa (Tesalia) en 380 a.C. Considerado heredero de la estirpe de Podalirio, hijo de Asclepio. Sabemos por el Protágoras, de Platón de Hipócrates, cuando un joven de su mismo nombre quiere recibir clases del sofista Protágoras (Platón, Protágoras, 311b), y gracias a ese texto sabemos que Hipócrates es reconocido como médico, el mejor posible, y excelente profesor. También en el Fedro (Platón, Fedro, 270 c-e) Sócrates le dice a Fedro que medicina y retórica tienen características parecidas, ya que una precisa comprender la naturaleza del cuerpo, mientras que la otra, la del alma, y se menciona específicamente de nuevo a Hipócrates cuando se dice que Hipócrates afirma que ni siquiera se puede comprender adecuadamente la naturaleza del cuerpo de una forma satisfactoria.

Tiempo más tarde, Aristóteles en Política VII, 4 1326 a, 15.17 dice que a Hipócrates se le podría calificar «no como persona sino como médico, más grande que quien le aventaje en estatura», en referencia de Aristóteles a que la importancia de un Estado no se puede circunscribir a su extensión, sino en la calidad que poseen sus miembros como conjunto e individualmente.

Los principales elementos de la medicina hipocrática resultan interesantes, y más cuando comparamos con la obra de Tucídides:

  1. Rechazo a causas mágicas o religiosas como origen de la enfermedad.
  2. Concepción naturalista de las enfermedades donde la naturaleza es sabia y puede restaurar la salud perdida.
  3. La medicina es una técnica que se aprende tras una dura y prolongada enseñanza, con el fundamento de la experiencia de la atención de enfermos, capacidad de razonar desde los síntomas y signos del cuerpo y conocimiento de teorías sobre salud y enfermedad.
  4. Ni azar ni suerte son relevantes en la capacidad técnica del médico. Sus límites vienen dados por los conocimientos de sus ciencia.
  5. Diagnóstico y pronóstico resultan fundamentales para decidir cómo deberá intervenir el médico, cuidándose de crear falsas expectativas en los tratamientos y evolución de la enfermedad. De ahí se derivará la «Historia natural de la enfermedad».
  6. Teoría humoral y racionalidad de la terapéutica.
  7. Reconocimiento de la influencia de estaciones del año, climas, aguas y regiones como causas externas, tanto directas como indirectas de la aparición de enfermedades, así sean epidémicas como endémicas.

Sigue Tucídides su relato, y recurre para ello a diferentes métodos hipocráticos, particularmente el de la πρόγνωσις [prógnōsis], literalmente «sabiendo de antemano», es decir el pronóstico. De acuerdo con Hipócrates, el pronóstico sirve para hablar sobre enfermedades agudas, y de entre todas ellas, aquellas que van acompañadas de fiebre. Y que consiste, para él, en adivinar circunstancias pasadas, en penetrar en los hechos actuales y, en consecuencia, predecir los fenómenos en el porvenir, con finalidad de dirigir el tratamiento con mayor certeza. Además hay que partir del hecho de hallarse prácticamente privado de la luz proporcionada por la anatomía y fisiología normal o patológica, debido al tabú de estar en contacto con los cadáveres para estudiar el cuerpo y las consecuencias de las dolencias, lo que dificultaba el estudio del cuerpo, usando por ejemplo las disecciones de cadáveres o la vivisección. De hecho, no fue hasta Herófilo de Calcedonia en la Alejandría del año 270 a.C. que tengamos noticia cierta de estas prácticas, circunscritas a la joya del saber humano del Mundo Helenístico y Romano.

Hipócrates consideró la enfermedad como independiente del órgano que afecta y las formas que toma, y que tiene por sí misma, su principio, desarrollo y terminación. Con lo cual, Hipócrates concentró su atención al estudio de las condiciones generales de vida del paciente, e hizo una observación meticulosa y empírica de los fenómenos que se presentaban, particularmente aquellos que son específicos del estado de salud y también del estado de la enfermedad. Pero, ya que en la observación de dichos fenómenos, tanto los del pasado como los del presente, no se pudo utilizar en beneficio de formular un diagnóstico, que consiste en determinar la naturaleza, el lugar donde se presenta y el alcance de la enfermedad, se orientó en propiciar cualquier tipo de luz respecto al estado venidero, sobre el curso que seguiría la enfermedad en el estadio en que se encontrase, sobre su mayor o menor gravedad, sobre el tiempo y el modo de alcanzar una resolución, y, por consiguiente, tomar la medida más adecuada para oponerse a acontecimientos que se esperan en el transcurso de la enfermedad, o bien, en darles una cierta dirección para el bien del paciente.

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Hipócrates de Cos

Para abordar la cuestión, Tucídides sigue a Hipócrates en el método para describir los síntomas, con la finalidad de «no errar en el diagnóstico, al saber algo de antemano», pues como nos informa él mismo «porque yo mismo padecí la enfermedad y vi personalmente a otros que sufrían» (Tucídides, II, 48, 3). Para ello, tal y como se ha explicado lo esencial es la prógnōsis, en la que mediante la cuidadosa observación de los síntomas que presenta el paciente, y mediante la anámnēsis (recolección’, ‘reminiscencia’, ‘rememoración’, tal y como hoy día la fase de la construcción de la historia clínica en la entrevista con el paciente recibe el nombre de anamnesis) y el logismós (‘cálculo racional’) unir con el pasado y el futuro de la enfermedad. La idea que se persigue nos la cita el propio Hipócrates en El Pronóstico (Tratados Hipocráticos, I p. 329):

«pues si conoce de antemano y predice ante los enfermos sus padecimientos presentes, los pasados, y los futuros (en el sentido de deducir el pasado y el futuro del estado presente), y les relata por completo incluso los síntomas que los pacientes omiten contar, logrará una mayor confianza en que conoce las dolencias de los pacientes, de manera que las personas se decidirán a encomendarse a sí mismas al médico. Y así dispondrá del mejor modo el tratamiento, al haber previsto lo que va a ocurrir a partir de la situación actual».

De igual modo, Tucídides sigue este método, el hipocrático, para aplicarlo a su Historia de la Guerra del Peloponeso, pues lo que pretende es aplicar al campo social los métodos médico-filosóficos de Hipócrates para curar, y con ello trazar un detallado análisis de lo sucedido y sus motivos, que explique el porqué nos encontramos en esta situación. Y hasta aquí sería el campo del historiador. El analista geopolítico debería tratar de comprender muy bien lo sucedido en el pasado para hallar una analogía, contando que sólo ha de ser una analogía, y a partir de ella, formular diferentes hipótesis donde no se impliquen juicios personales, ni preferencias personales: debe formular hipótesis que anticipen las diferentes consecuencias del proceder.

Empieza por decir Tucídides que aquel año fue benigno hasta la llegada del verano en lo que respecta a enfermedades, pero que quien había contraído alguna enfermedad durante el curso de la epidemia, acabó por manifestar los síntomas del brote. Es interesante observar el orden de exposición de los síntomas, el cual empieza en la cabeza y sigue un sentido descendente, de acuerdo con los tratados hipocráticos. A partir de todo lo expuesto podemos identificar las siguientes posibles fases:

Fase 1: Incubación

Resalta Tucídides (Tucídides, II 49, 2) sin nada que en apariencia lo explicase, gozando de buena salud y de golpe la enfermedad daba el primer síntoma. Se pasa sin transición de la salud a la enfermedad.

Fase 2: período entre 7-9 días

El primer síntoma era una intensa sensación de calor en la cabeza y enrojecimiento e inflamación de los ojos. Por dentro, la faringe y la lengua pasaban rápidamente a presentar un color sanguinolento, es decir que quedaban como inyectados de sangre. La respiración se volvía irregular y despedía un aliento fétido.

Después de este cuadro de primeros síntomas, pasaban a darse estornudos y ronquera, para manifestarse después en la zona del pecho, momento en que se daba una tos violenta. El siguiente paso se daba en el estómago, en la boca del mismo, pues al parecer empezaban náuseas y se daban vómitos acompañados de secreciones de bilis, junto a un terrible malestar. A la mayor parte de los pacientes les sucedían arcadas sin vómito con los consecuentes espasmos violentos, que en determinados casos, remitían los síntomas ya mencionados, mientras que en otros enfermos tiempo después.

La temperatura corporal no resultaba en exceso alta al tacto, tampoco presentaban los enfermos el color amarillento de la ictericia, que viene causada por el exceso de bilirrubina. La bilirrubina es una sustancia química de color amarillo que contiene la hemoglobina, sustancia que transporta el oxígeno en los glóbulos rojos. A medida que los glóbulos rojos se degradan en el bazo, el cuerpo desarrolla nuevas células para sustituirlos. Las células degradadas se procesan en el hígado. Si el hígado no puede manejar las células sanguíneas a medida que se degradan, se acumula bilirrubina en el organismo y la piel y los ojos pueden verse amarillos. En lugar de eso, el color era cárdeno y con un exantema de pequeñas ampollas, flictena, y úlceras (eritema en piel, vesículas y úlceras). El paciente, no obstante, sentía por dentro un calor extremo y con una sed intensa, haciendo que los enfermos sintieran una necesidad irrefrenable de sumergirse en agua, lanzándose a los pozos de la ciudad que estaban sin vigilancia (hiperestesia).

Los pacientes también manifestaban imposibilidad para el descanso, e insomnio, aunque mientras la enfermedad se manifestaba con plena virulencia en la primera fase de la enfermedad, el enfermo no se agotaba, resistiendo perfectamente el sufrimiento, aunque el paciente sentía depresión, desánimo y un estado de desesperación ante las terribles perspectivas que se sabía que se iban a enfrentar, acercándose el fin de la vida en la mayoría de los casos y siendo perfectamente consciente de ello. A partir de este momento, al alcanzar entre los 7 o 9 días, la mayoría de los enfermos morían.

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Stanley Meltzoff es el autor de esta imagen para la revista Life el número correspondiente al 5 de abril de 1963, titulada «Plague in Athens».

Fase 3: si se había sobrevivido, a partir del séptimo o noveno día

Si sobrevivían, la enfermedad alcanzaba el vientre, donde presentaba una fuerte ulceración junto a una diarrea uniformemente fluida, es decir, completamente líquida (siguiendo a Page en Thucydides Description of The Great Plague, pp. 102-103, 1953). Esta situación causaba una gran debilidad en el paciente que, llegado este momento, por lo común, solía fallecer a causa de la diarrea líquida.

Fase 4: Para los supervivientes complicaciones y secuelas

Si se sobrevivía, podían darse señales de gangrena en las zonas acras, es decir en los órganos genitales, extremos de manos y de los pies, llegando a perderse algunos miembros; algún caso afectó a los ojos, mientras otros presentaron amnesia.

Este proceso debió de manifestarse más extremo, seguramente debido a las deficiencias dietéticas. Es decir, con un alto grado de probabilidad, escorbuto, porque la epidemia estalló en el Pireo tras el invierno, una época donde hay una falta de fruta fresca y de vitamina C, además de estar durante el verano la ciudad bajo el estado de sitio.

Un dato interesante que subraya Tucídides es que la enfermedad era epidémica y epizoótica, pues aves y perros la sufrían, al entrar en contacto con los cadáveres insepultos, ya fuera por curiosidad o para alimentarse de ellos. Al respecto, cabe pensar, aunque por la redacción del texto no se puede afirmar categóricamente, una posible zoonosis, como apuntan, entre otros Retief, Cilliers (1998, 52) y Littman (1969, 267).

También informa Tucídides que a cada uno venía a afectar de una manera, pues lo que a un enfermo le iba bien a otro le era perjudicial. Poco importaba también contar con cuidados porque se pudieran pagar como no contar con ellos, pues se moría exactamente igual. Tampoco la constitución era garantía de nada, pues daba igual ser fuerte como débil a la hora de morir, o en caso de otros, sobrevivir.

La enfermedad era contagiosa, cosa que provocaba el miedo y llevaba a las personas a no querer visitarse, muriendo algunos de ellos abandonados y quedando casas vacías; pero, si decidían visitarse, la enfermedad resultaba en exceso contagiosa y se transmitía entre aquellas personas que decidían manifestar la virtud o aretḗ orientada hacia el valor o el sentido del deber que conlleva la amistad o los lazos de sangre.

En cuanto a la inmunidad, parece ser que existía cierto grado elevado de la misma, pues quienes la habían pasado se compadecían de quienes la sufrían y trataban de aliviarlos, con lo que no atacaba por segunda vez a la misma persona, por lo menos durante un tiempo, ya que la peste se continuó hasta el año siguiente (429 a.C.), y por sorpresa repitió en el invierno de 427/426 a.C.

Condiciones que propiciaron el contagio: el papel del hacinamiento

Sin duda, la aglomeración, de la que ya hemos hablado más arriba, debida al traslado a la ciudad de las personas que habitaban en el campo del Ática, es decir: los refugiados de guerra. La ausencia de viviendas disponibles y las improvisadas barracas que habitaban en pleno verano, debe hacernos pensar con esas densidades por km² la acumulación de basuras, excrementos y heces, por no hablar de roedores e insectos de diferentes tipos.

Interesante para comprender las condiciones de hacinamiento de los refugiados es, por ejemplo, en la comedia de Aristófanes, Los caballeros 792-793, que el personaje de Morcillero se queja de: «¿De qué le vas a amar tú, si no te compadeces de verlo habitar en tinajas, en nidos de buitre, en torreones [de las murallas] (…)?». Cuando se declaró la enfermedad, nos informa Tucídides (Tucídides, II, 52, 2), que los «cuerpos de moribundos yacían unos sobre otros, y personas medio muertas se arrastraban por las calles y alrededor de todas la fuentes» debido a la necesidad de sumergirse en agua y beber con abundancia. Adicionalmente, algunos de los refugiados se ubicaron en los recintos de los santuarios, en los que la muerte les sorprendió, a pesar de la seguridad buscada al cobijarse a su amparo, en cuanto a violencia y abusos de diferente orden, pero la forma en que morían era tan fuera de lo común que la muerte se hacía presente en tales lugares, amontonándose los cadáveres en estos recintos sagrados, a pesar del tabú griego en cuanto a tocar un muerto.

¿De qué enfermedad se podría tratar? Una aproximación desde varias perspectivas

Para abordar la cuestión podemos intentar plantearnos tres métodos diferentes: clínico, epidemiológico y paleopatológico, siendo el más objetivo, pero a la par el más complicado el último de ellos. No obstante, debido a una serie de descubrimientos sí que señalaremos esta aproximación última:

El hallazgo de una fosa común en el Cerámico, con 130 cuerpos que se pudieron fechar en la época que la peste azotó a Atenas entre 1994-95. El equipo de Papagrigorakis practicó un análisis de la pulpa dentaria de varias piezas dentales, pues en su opinión, presenta el material idóneo para el análisis de ADN microbiano por tres motivos: durabilidad, buena vascularización y porque se trata de un tejido estéril en pacientes sin bacteriemia. El estudio secuenció muestras de ADN muy parecidas a las de la Salmonella enterica serotipo Typhi en tres piezas, cosa que llevó a la conclusión de que se trató de un caso muy parecido a nuestra actual fiebre tifoidea, pues por el relato de Tucídides, cuadrarían los síntomas de fiebre y el cuadro gastrointestinal. Papagriorakis y su equipo cuentan con las variaciones genómicas entre las bacterias que marcarían las diferencias en el cuadro sintomático descrito, a pesar de que no abandonan la posibilidad de que la epidemia descrita por Tucídides sea en verdad varias infecciones concurrentes, según Papagriorakis, Yapijakis et al. (2006, 206-2014).

Hay que citar a Gilbert, Cuccui et al. (2004, 342) que contradicen ciertas premisas de Papagriogarakis y su equipo, particularmente afirman que las capas externas de los dientes presentan un alto grado en la facilidad de contaminación del material genético con lo que lo rodee, incluso si el procesado de la muestra en laboratorio es, obviamente, muy cuidadoso. Concluyen que tal circunstancia propiciaría errores en los resultados finales.

Además, debemos contar con que, en no pocas ocasiones, resulta muy complicado relacionar las enfermedades registradas en los textos antiguos con un texto médico actual, como muy bien ha señalado Nutton (2004, 22). Estamos hablando, al fin y al cabo, de un cuadro de enfermedad que sucedió hace 2.450 años. Todo ello, y dado también que el contenido de este artículo no es médico, no vamos a comentar los más de 200 estudios que desde algo más de cien años se han hecho sobre este particular desde una aproximación médica, filológica clásica e histórica.

Lo que sí sabemos: un etiología de la peste

Del relato hemos podido obtener una serie de aspectos interesantes:

  1. Las tropas que asediaban Atenas no experimentaron la enfermedad, quedó intramuros. Los que se refugiaban en la ciudad experimentaron la enfermedad.
  2. Las tropas atenienses que abandonaron la ciudad para reforzar a otras tropas que estaban asediando Potidea antes de que se declarase llevaron la enfermedad allí. Resulta interesante también que Tito Livio (IV, 20-21; IV, 25, 3-4; IV, 30, 8-10), también está describiendo una peste que azotó a Roma entre 433 y 428 a.C. Si a ello sumamos el tema de la peste en la tragedia ateniense de 430 a.C., «Edipo Rey», de Sófocles, con la que posteriormente podríamos trazar algunos paralelos, nos podría llevar a la conclusión de que, o bien la peste empezó en «Etiopía», o algo más al sur del continente africano, y de allí subió siguiendo el comercio y los ritmos de la vida por el Nilo hasta llegar al delta. Una vez allí, sabemos por Tucídides que antes de darse en el Levante se dio en Libia. ¿Sería desde Libia por donde pasó a Roma por el comercio con el Norte de África? Desde luego, que el tema de la peste se diera en 430 a.C. en una ciudad acostumbrada al comercio y a las noticias con varias partes del «mundo» de su tiempo como era Atenas a través de su Imperio marítimo, nos podría hacer pensar en que la peste, que precisamente aquel año de 430 a.C. iba a azotar a Atenas, ya era algo de lo que se hablaba en el pueblo, tanto como para dedicarle una tragedia Sófocles. ¿Sería también por ese motivo, tal y como hablaré más abajo, que se confundió una profecía el hambre (limós) con la peste (loimós)?
  3. También hemos visto que cuando llegó la primera oleada de la enfermedad la ciudad se hallaba con una densidad de población, y unas condiciones higiénicas y de habitación que era muy propicias para la proliferación de insectos y roedores, además de para la mala gestión de heces, etcétera.
  4. Perros y pájaros fueron presa de la enfermedad al entrar en contacto con los cadáveres de los infectados: ¿por consumirlos o por curiosidad?
  5. La tasa de ataque, dada la densidad de población, se estima entre un 25-100% y la tasa de mortalidad superior al 25%, según Morens y Littman (1992, 277). Para Diodoro Sículo (XII, 58, 4), murió un tercio de la población en total. La tasa de ataque se obtiene de dividir el número de personas que han desarrollado la enfermedad entre el número de personas expuestas al virus o patógeno en un determinado periodo de tiempo y el resultado se multiplica por cien.
  6. Siguiendo a Morens y Littman (1992, 283-287), se puede trazar como modos posibles de transmisión tres tipos distintos: fuente común (en el agua o algún alimento, como por ejemplo el ergotismo, producido por el consumo de centeno, entre otros cereales, contaminados por el hongo Claviceps purpurea); de persona a persona (con transmisión entérica o fecal-oral, inoculación o por vía respiratoria); y, asociada a algún reservorio insecto o animal.
  7. De todas las posibilidades, hoy día manejaríamos dos opciones con más probabilidades de ser la causa de la peste: el tifus epidémico (transmisión de persona a persona por vía respiratoria) y la viruela asociada a la supervivencia del virus en algún reservorio. Pero realmente, ninguna de las dos es realmente concluyente como candidata, dada la excelente descripción hecha por Tucídides, aunque es posible que el texto se haya mutilado, corrompido de algún modo o, simplemente y de manera más lógica sin descartar nada, que el agente causante haya cambiado en estos casi dos milenios y medio que nos separan, alterando así alguna manifestación del cuadro clínico, tal y como sugiere Littman (2009, 462).

La crisis moral

A la situación de tamaña concentración de seres humanos en tan poco espacio se suma la violencia de la plaga, que genera en las personas la sensación de que poco importa el respeto y el orden, pues irremediablemente se va a morir, llevando a que los habitantes de la ciudad, y cito textualmente, «se dieron al menosprecio tanto de lo divino como de lo humano» (Tucídides, II, 52, 3).

Las costumbres y ritos fúnebres, objeto de una cuidadosa observación en el mundo griego, fueron abandonados. Aunque luego se recuperarían, y precisamente la observación de los fastos religiosos y del hecho religioso en sí mismo se convirtió en la carta de presentación de Nicias, uno de los herederos al frente de los destinos de Atenas, una vez muerto Pericles. Se recurrió a sepelios indecorosos por la crisis económica y la situación de los refugiados además de por la cantidad de entierros que una familia podía llevar a cabo. Nos pone como ejemplo Tucídides (Tucídides, II, 52, 4), que las piras funerarias ajenas se aprovechaban para echar los cadáveres, llegando a producirse tensiones con los dueños de la pira funeraria, pues algunos se avanzaban a los familiares y amigos para dejar el cuerpo y prenderla, mientras que otros pasaban y arrojaban el cadáver sin avisar.

Además, nos informa Tucídides en Tucídides, II 53, que la epidemia supuso una mayor inmoralidad, ya que la gente se atrevía con mayor determinación y facilidad a cosas de las que prefería anteriormente a esa situación que no estuvieran expuestas con tanta claridad. Así, informa que ante la muerte de ricos, pobres ocupaban y usaban sus riquezas, pensando en pasar el poco tiempo de vida en una situación mejor. También informa Tucídides que nadie estaba dispuesto a sacrificarse por un bien mayor o noble, porque no había la expectativa de alcanzarlo en modo alguno. Ni el miedo a la ley de los hombres ni el temor de los dioses eran óbice para satisfacer sus últimos deseos, con lo que tanto daba honrar a los dioses como no hacerlo, así como que nadie esperaba enfrentar un juicio por sus delitos, pues ya estaban sentenciados a la pena capital, y era inminente su cumplimiento.

La «profecías»

Lo cierto es que, cuando no se conoce ninguna profecía, en circunstancias así no se tarda en crear una, la cual alguien procurará «arrimar el ascua a su sardina», como decimos en español. En nuestros días apareció una supuesta profecía de Nostradamus sobre «el fin de la economía tal y como se conoce». Aunque en este caso no hay ninguna profecía de Nostradamus que pueda aplicarse a este caso concreto, y no la hay porque el siglo XVI fue prolífico en lo que a plagas se refiere, razón por la cual Nostradamus anota al menos 35 vaticinios sobre el particular, pero no hay ninguna precisa a este momento y a sus implicaciones, como Stéphane Gerson explica a Reuters en el desmentido de la noticia falsa que así lo afirmaba.

En 430 a.C. los confinados en Atenas sí que recordaron inmersos en tales infortunios haber oído a los más viejos recitar unos versos que recoge Tucídides en Tucídides, II, 54, 2: «Vendrá una guerra doria y con ella una peste». Pero, hubo quien discutió si lo que decían los versos proféticos era hambre y no peste. Esto sucede porque peste, que en griego es λοιμός [loimós], y hambre λιμός [limós], se presta a confusión, pero no porque en el griego actual el diptongo –oi su pronunciación es idéntica a –i. Es decir, que son términos que, desde el punto de vista métrico, podrían ser equivalentes. Al respecto, concluye Tucídides, no sin cierta sorna en Tucídides II, 54, 3 que: «la gente, en efecto, acomodaba su memoria al azote que padecía. Y sospecho que si después de ésta un día estalla otra guerra doria y sobreviene el hambre, recitarán el verso con toda probabilidad en este sentido».

En el bando opuesto, estos acontecimientos también se acomodaron a un oráculo, antes mencionado por Tucídides en Tucídides I, 118, 3, cuando los lacedemonios mandaron emisarios a Delfos, a pesar de que ya habían decidido ir a la guerra contra Atenas y sus aliados, cuando dice Tucídides que fueron a preguntar al dios [Apolo], si era mejor entrar en guerra para ellos contra Atenas, a lo que se les respondió que «la victoria sería para quienes luchasen con todas sus fuerzas y que él mismo colaboraría se le llamase o no». Apolo era el dios de la medicina, curaba las enfermedades, pero también las enviaba y provocaba pestes, caso de la Ilíada Canto I, vv. 43-54, cuando Apolo dispara sus flechas sobre los aqueos y los hiere de peste, no sólo a ellos, también a sus acémilas y perros, causando la muerte por peste por 9 días.

Al respecto, es interesante observar como la vinculación de la peste a un arquero pervivirá con el devenir de los siglos. Así, por ejemplo, Santiago de la Voragine en la Leyenda áurea, en la parte final del siglo XIII d.C., describe una visión de Santo Domingo que ve a Cristo en el cielo lanzando dardos o lanzas contra la humanidad. En la iconografía de los siglos XV y XVI aparecen las flechas de la epidemia lanzadas sobre los que merecen el castigo divino. Todo ello llevó a la promoción de San Sebastián a través de la piedad popular, siguiendo la ley del contraste dentro del mundo del magicismo, bajo la premisa de que lo semejante elimina lo semejante para suscitar lo contrario. Si San Sebastián muere acribillado a flechazos, entonces debería alejar a sus protegidos de las flechas de la peste.

Apollo Shooting Arrows at the Children of Niobe
Apolo, a la izquierda, disparando flechas. «Apolo disparando sus flechas a los hijos de Niobe». Siglo XVIII. Composición procedente de la decoración realizada por Polidoro para la fachada del Palazzo Milesi, Roma. FUENTE: Museo Nacional del Prado, Catálogo de dibujos, Madrid, Museo Nacional del Prado, 2004, p.361
sansebastiano1700
Benozzo Gozzoli, San Sebastiano (detalle), fechado «28 luglio 1464», San Gimignano, chiesa di Sant’Agostino. Obsérvese cómo protege a los que se encomiendan a él de la peste al partirse las flechas que envían la peste.

Evidentemente, dados los versos empleados por el Oráculo de Delfos, cabía interpretar que el dios Apolo estaba actuando exactamente igual que en la Ilíada, aunque sin que se le invocase, a diferencia de la Ilíada, donde Apolo interviene por intermediación de Crises (Ilíada Canto I, vv. 37-42), con lo que estaría cumpliendo la palabra dada. ¿Quizás fue un motivo que pesó entre las huestes de los peloponesios y sus aliados para convertir aquella campaña de ocupación del Ática en la más larga de toda la guerra, llegando a los 40 días? ¿Pensaban que el dios les estaba apoyando y que, por fin, los atenienses dejarían de comportarse de una manera tan inusual para «las reglas de la guerra» aceptadas, y presentarían batalla, falange contra falange? El que la epidemia se declarase en Atenas a la vez que ellos invadían el territorio (Tucídides II, 54, 5), y que no se extendiera por el Peloponeso, si no es de una manera aislada y anecdótica, pues las poblaciones estaban más dispersas y no contaban con los números que presentaba Atenas, seguramente contribuyó a esa decisión. En todo caso, la peste se extendió por otras regiones, pero en ningún lugar como en Atenas, debido a las condiciones en las que se habitaba en aquellos días la ciudad.

La estrategia de los peloponesios y sus aliados consistía en invadir el Ática y devastarla, cortando árboles e incendiando infraestructuras agropecuarias, lo cual era intolerable para un griego de la época. Lo que pretendían era que los atenienses combatieran en una o una corta serie de batallas, falange contra falange, con la confianza de poder vencerlos al contar con una infantería pesada más prestigiosa y entrenada que la de los atenienses y sus aliados. A partir de ahí, alcanzar algún tipo de acuerdo de paz. Los atenienses rompieron la tradición establecida, y lo que hacían era protegerse tras el sistema defensivo de la ciudad, acogiendo a los campesinos, los cuales pasarían allí el tiempo, general y relativamente corto de la invasión. A partir de ahí, la abundancia de la reserva humana de Atenas y su hegemonía marítima permitiría mantener aprovisionada a la población… y castigar a los peloponesios y sus aliados lanzando incursiones desde su flota de guerra.

En aquella ocasión, los peloponesios y sus aliados se posicionaron en la Tetrápolis, pues tras devastar el campo, hicieron lo propio con la zona costera del Ática, la Paralía. Alcanzaron Laurio, población donde estaban las estratégicas minas de plata de Atenas (Tucídides, II, 55, 1), pero respetaron la ya mencionada Tetrápolis, que era la unión de los demos de Maratón, Énoe, Probalinto y Tricorinto o Tricorito (Estrabón, Geografía VIII, 6, 15 y 16; IX 1, 22, Diodoro, IV 57, 4-6; VII 7.).

Duración de la primera oleada de la peste de Atenas

La primera epidemia duró dos años, entre el 430 y el 429 a.C., hablando de la segunda parte de esta primera oleada en Tucídides II, 57 y II, 58, 2-3. Queda patente que esta primera fase fue violenta, tras la cual parece ser que remitió por unos dieciocho meses, para resurgir con fuerza y de manera inesperada el invierno de 427/426 a.C., de lo que testimonia Tucídides en III, 87.

Aspectos comunes a cualquier peste a lo largo de la Historia

Poco importa si hablamos del siglo V a.C. o del siglo II d.C., el siglo XIV, el XVI o el XVIII d.C., siempre nos encontramos el siguiente esquema:

  1. Cuando aparece el peligro de contagio se intenta no verlo.
  2. Cuando el peligro se empieza a sentir en el horizonte cada vez más próximo de un colectivo, las cosas en el escalón de toma de decisiones suelen ocurrir del siguiente modo: las autoridades hacen examinar o les llega el aviso de casos sospechosos por parte de médicos. Si son las autoridades las que lo impulsan tratan de escuchar el informe que sea más tranquilizador para ellos y sus intereses. A menudo, se descartan los informes pesimistas para optar por los excesivamente optimistas o los que, directamente, minimizan el peligro.
  3. Tras lo cual, se actuaba con un exceso de efusividad, euforia. Por ejemplo, se amplían los contactos sociales, se celebran fiestas, y si es un periodo festivo, se aprovecha para ser más excesivo.
  4. Se niega la existencia del mal, y se achaca a un invento de la autoridad, una facción, el enemigo. Una conspiración, como diríamos hoy día.
  5. Negativa a usar palabras tabúes.
  6. Se usa por primera vez la palabra tabú: peste, epidemia. Empieza a cambiar la actitud general, y el pánico no tarda en desatarse.
  7. Huir hacia segundas residencias, el campo… son los ricos los primeros que abandonan la ciudad o el espacio afectado porque perciben que a quienes primero afecta son a las clases más deprimidas, debido a deficiencias higiénicas y alimentarias, mal lugar de habitación, exposición a grandes concentraciones humanas, etcétera.
  8. A partir de ese momento, quien podía huir y no era de los ricos también lo intentaba presa del pánico.
  9. Llegada de la cuarentena: la ciudad queda guardada y confinada, llegado el caso, un cordón de tropas marca el orden.
  10. Se señalan a colectivos como agentes transmisores: personas itinerantes, los mendigos, las bocas que hay que alimentar y que a partir de ahora no se quiere hacer para tener más recursos los más poderosos.
  11. La enfermedad se suele extender a animales domésticos, llegando a causarse matanzas de los mismos.
  12. Se detiene el comercio y el artesanado, se cierran almacenes e iglesias. El ocio se detiene.
  13. Vacío y silencio en calles y plazas.
  14. Algunas familias pierden su coherencia.
  15. Empiezan a amontonarse los cadáveres en lugares improvisados.
  16. Las personas se imponen una distancia social, huyendo o manteniendo la distancia unas de otras por temor del contagio.
  17. Alteración de la liturgia de la muerte, y anonimato en la muerte.

Consecuencias

Tucídides II, 57 explica que al final, el miedo al contagio se apoderó de los peloponesios y sus aliados, quizás también cansados de esperar a que el dios Apolo interviniera y llevase a los atenienses fuera de sus muros. Pero eso no sucedió. En lugar de eso, antes, en Tucídides II, 56 se nos informa de que Pericles tomó el mando de cien naves, con una dotación de, además de la marinería y remeros, unos 4.000 hoplitas y 300 soldados de caballería, que iban en transportes, que contaron con el apoyo de Quíos y Lesbos con 50 naves. Atacaron Epidauro, pero la suerte no les fue favorable.

Ese «fracaso» en Epidauro y la terrible situación de la ciudad, con la peste campando y la destrucción del campo del Ática con la afrenta al orgullo y honor tradicional griego sin nada que lo compensase, llevó a la simple frustración, pues tampoco se entendía exactamente lo sucedido. La oposición de Pericles, los oligarcas y los demagogos, como Cleón, unieron fuerzas, y manipularon a las masas, dispuestas a encontrar a un culpable de todos los males, un chivo expiatorio. Y ese era Pericles, pues mientras los demagogos movieron a los sectores más populares de la ciudad, los oligarcas terratenientes veían afectada su posición y, seguramente, temían un refuerzo de Pericles y sus posiciones democráticas en caso de salir victorioso, perdiendo más cuotas de poder. Pero de dichas acusaciones, realmente ninguna de ellas se sustentaba en posiciones lógicas, tal y como informa Tucídides, II, 59-65. Para lograr desacreditarlo definitivamente y derribarlo del poder, pergeñaron oligarcas y demagogos una estratagema, la cual nos informa Platón en su diálogo Gorgias, 516a, donde lo acusan falsamente de κλοπή (klopé, en este contexto, apropiación indebida de fondos públicos).

La hegemonía que en verdad logran los demagogos no es para ellos, más bien la explotan los oligarcas, con conexiones con los lacedemonios de diferente índole, y partidarios del sistema que la democracia que defendía Pericles y su familia, entre otros miembros, había desplazado de la hegemonía del poder. Así, que los oligarcas ahora tenían al pueblo dispuesto a negociar con los lacedemonios, y con ello, lo que esperaban los oligarcas atenienses, era su colaboración para mover la situación política de Atenas hacia lugares comunes. La no aceptación de la negociación de la paz por parte de los lacedemonios, que esperaban obtener más de lo que se les ofrecía, llevó al fracaso de esa breve hegemonía de la oligarquía ateniense y a la elección de Pericles de nuevo como estratego. Según Tucídides, II, 59, estos acontecimientos sucedieron en el verano de 430 a. C. y la reelección de Pericles se daría sobre la primavera de 429 a.C. Plutarco, en Vida de Pericles 37, nos informa de la mala gestión de los estrategos que suplieron a Pericles, pero en posiciones más o menos, más cercanas a las de los oligarcas y demagogos, como es de suponer por el contexto en el que se desencadenan los acontecimientos. Claro, que estos nuevos estrategos se manifestaron muy por debajo de lo que hizo Pericles, con lo que el pueblo decidió que volviera a haber un sólo estrategos y que volviera su estrategia en la guerra… y su línea política en la ciudad, la cual es de suponer que, pasado el momento de enfado y manipulación, empezarían a ver cosas que no les gustaban a favor de los oligarcas, o a sospecharlo por lo menos. Todo ello contribuyó a la vuelta de Pericles, que enfermo por la peste murió al tiempo.

Otro aspecto que sobresale en el relato de Tucídides es que, y cito literalmente: «Sobre esta epidemia, cada persona, tanto si es médico como si es profano, podrá exponer, sin duda, cuál fue, en su opinión, su origen probable así como las causas de tan grave cambio que, a su entender, tuvieron fuerza suficiente para provocar aquel proceso». (Tucídides II, 48, 3). Algo que también podemos observar en todas las pandemias de las que hay registro, incluida esta de nuestros días.

A partir de este momento se inicia el declive de la democracia griega y el cosmos pensado desde la polis se derrumba. Los antiguos valores se ven cuestionados en diferentes formas y modos, y aparecen los sofistas y su enseñanza sobre la primacía del relativismo, o bien, como Protágoras, consideran al hombre la medida de todas las cosas, llegando al idealismo platónico… y en el plano político llegó el imperialismo, primero el helenístico que sembró en su heredero el espíritu que llevaría a cabo el sueño de Alejandro Magno, Roma.

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