Las iglesias cristianas ortodoxas. Las iglesias griegas como punto de estudio

NOTA: LA SIGUIENTE ENTRADA SE PUBLICÓ EL 23 DE JULIO DE 2020 EN LA REVISTA DIGITAL DE LA EDITORIAL PÁRALO. TE INVITO A QUE VISITES ESE INTERESANTE PROYECTO. GRACIAS.

Para empezar a tratar la cuestión considero necesario empezar por hacer un breve análisis filológico, capital para fijar el marco conceptual que ha de englobar el conjunto de la exposición.

El término «ortodoxia» proviene del griego, y está formado por dos partes: όρθός / orthós, que significa «recta» o «cierta»; y, la siguiente parte, δόξα / dóxa, que significa «opinión», «gloria» o bien «culto», que proviene del verbo δοκεῖν / dokeĩn «parecer» o «aparecer».

En el aspecto religioso, ser ortodoxo implica que una persona está en lo cierto, vive en lo recto o en lo verdadero.

Los primeros siete concilios ecuménicos

Dichos concilios representaron un intento por parte de la Iglesia de alcanzar un consenso, restablecer la paz entre las diferentes partes y desarrollar de una forma unificada a la cristiandad.

El primer concilio ecuménico fue el I Concilio de Nicea (325), que enuncia el Credo Niceno, posteriormente modificado por el I Concilio de Constantinopla (381). A continuación, llegaron los siguientes: Concilio de Éfeso (431), Concilio de Calcedonia (451), II Concilio de Constantinopla (553), III Concilio de Constantinopla (680-681), II Concilio de Nicea (787).

Se puede afirmar que la definición entre lo ortodoxo y lo que se podría definir como herético llegó particularmente a partir del Concilio de Calcedonia (451). Aquellos que respaldaron esas conclusiones se llamaron a sí mismos «ortodoxos», caso de los romanos orientales o griegos bizantinos, a los que más tarde se les sumarían otras Iglesias orientales, incluido los rusos. Aquellos que se opusieron al concilio, caso de sirios y egipcios o coptos, también se llamaron a sí mismos ortodoxos, y también lo siguen haciendo hasta el día de hoy.

La siguiente brecha llegó entre las Iglesias de Occidente y Oriente, por la que mientras estos siguieron llamándose a sí mismos ortodoxos, aquellos se llamaron a sí mismos católicos.

La importancia de Constantinopla en la cultura ortodoxia

Se puede afirmar que tres ciudades tienen un papel destacado en la difusión del cristianismo: Damasco, Antioquía y Constantinopla.

La primera ciudad, Damasco, viene su importancia por el hecho de que Saulo de Tarso, el futuro apóstol San Pablo, el apóstol a las «Naciones», quedó ciego, según el relato de Hechos de los Apóstoles 9, 1-4, 11-16, y vivió una conversión a la fe de Cristo. En concreto al llegar a Damasco, Saulo vagó por tres días hasta que Ananías, un judío converso, recibió la orden de encontrarlo en la Calle Recta (Hechos 9,11). Este hecho resulta interesante, porque es la única vía que se cita por su nombre en toda la Biblia.

La que entonces era una calle porticada de gran amplitud es en verdad el punto donde se pone la base para la difusión del cristianismo «a los gentiles, reyes e hijos de Israel» (Hechos 9, 15). Es decir, a partir de aquel momento, la fe de Cristo alcanzaría a judíos y no judíos, no en balde el que llamamos «Nuevo Testamento» o «Escrituras Griegas Cristianas» cuenta con todos los libros y cartas escritos en griego koiné o griego común fijado en la época helenística. Esta Calle Recta, aunque más reducida en extensión hoy día, pues tan sólo queda la parte occidental, con unos 490 metros, y no tan recta, hoy día se llama Zoco o Mercado Madhat Basha y sigue siendo cardinal en la Damasco de hoy día en varios órdenes. Por ejemplo, es uno de los lugares usados para manifestaciones políticas a partir de 2011, como pueden comprobar haciendo click aquí.

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Zoco o Mercado Madhat Basha la antigua Calle Recta de Damasco. Foto de Marta Leonor Vidal García

A partir de la conversión de Saulo o Pablo, sucede que éste sale de Damasco, y estando en Jerusalén, Pedro inicia la conversión en Cesarea de un centurión de la cohorte Itálica que se llamaba Cornelio, siendo el primer no judío o gentil en convertirse, tanto él como su casa, siendo bautizados por Pedro. Mientras eso sucedía, algunos judíos llamados «helenistas», es decir, que no hablan arameo ni pertenecen a Judea, más bien son de Chipe o Cirene, se asientan en Chipre, Fenicia y Antioquía. Mientras hasta el momento se hablaba de Cristo a los judíos, en arameo o en griego, según se describe en Hechos 11, 19-21, estos judíos de habla griega empezaron a hablar a no judíos de manera no premeditada en Antioquía, empezándose a convertir varios griegos.

Este hecho es relevante, porque fue por la conversión masiva de griegos en Antioquía por lo que se formó la Iglesia de Antioquía con el apoyo de Pablo, que estaba en Tarso en ese momento, y Bernabé. Nos informa Hechos de los Apóstoles 11, 26 que «en Antioquía se llamó por primera vez ‘cristianos’ a los discípulos». Esta ciudad tan relevante para el cristianismo, hasta el punto que podemos hilvanar a Damasco con Antioquía como motor desde el que se difundió el cristianismo hacia los cuatro puntos cardinales. Hacia el norte y el sur están las dos mayores Iglesias ortodoxas, las de Rusia y Etiopía, respectivamente. Hacia el este se emprendió una expansión extraordinaria de gran intensidad y con un esfuerzo sobresaliente, pero que resultó algo temporal, se trata de las Iglesias de Oriente. Hacia el oeste alcanzó Constantinopla, de importancia capital y definitiva en cuanto a poder cultural y difusión teológica de la ortodoxia.

Resulta interesante cómo otro hilo une a Antioquía con Damasco y con Beirut o Fenicia, además de con Chipre, en aquellos tiempos y en los nuestros. Pero centrándonos en las cuestiones tratadas aquí, subrayaremos que Juan X Yazigi, el actual patriarca greco-ortodoxo de Antioquía y de todo Oriente, reside en Damasco, en la Catedral mariamita, que se sitúa aproximadamente en mitad de la «Calle Recta», donde hay un pasaje que conduce al edificio religioso. En la misma calle de Damasco, otro giro en un lateral nos lleva ante la Catedral de San Jorge, la sede de otro patriarca de Antioquía, en este caso de Su Santidad Moran Mor Ignacio Aphrem II, titular del patriarcado de Antioquía y Todo el Oriente y Cabeza Suprema de la Iglesia Siríaca Ortodoxa Universal. Pero en la misma «Calle Recta», en el lado opuesto para acceder a la Catedral de San Jorge está la Catedral de Nuestra Señora de la Dormición, que es la sede del patriarcado de Antioquía de los greco-católicos melquitas, José I Absi. En Beirut encontramos otros dos patriarcados de Antioquía: uno de ellos, situado a unos 21 kilómetros al noreste de Beirut, en Bkerké, es la sede del patriarcado de Antioquía de los maronitas, cargo que supone ser también la cabeza de la iglesia católica maronita, hoy día Béchara Boutros Raï es el titular; y, tenemos, por último, el patriarcado de Antioquía y de todo Oriente de los sirios católicos, con sede en Beirut que actualmente ejerce Ignacio José III Younan.

El hecho de que estos cinco patriarcas de Antioquía estén repartidos entre Damasco y Beirut en cuanto a sus respectivas sedes episcopales se debe a que la actual Antioquía se llama hoy día Antakya, y es la capital de la provincia turca de Hatay. Una ciudad que cuenta con muchas mezquitas, pero en las que se han encargado de que no existan iglesias vivas, es de entender, por el valor simbólico de tal lugar para el cristianismo.

Y esto nos sitúa, por fin, en disposición de hablar de Constantinopla. La evolución de la esfera cristiana está íntimamente vinculada a Constantinopla y al Imperio romano de oriente o llamado tardíamente, Imperio bizantino. De hecho, ellos mismos siempre se llamaron «Romanos» (Romaioi), el Emperador era de Romanos (Basileus ton Rhomaion), y habitaban el territorio que ellos llamaban Romania. Tanto persas, árabes y turcos los llaman precisamente «Rum». De hecho el término «Bizantino» aparece por primera vez en 1557 introducido por Hieronymus Wolf, humanista alemán, para su obra Corpus Historiae Byzantinae, y con ello pretendía distinguir a los autores en griego del medievo (330-1453 aproximadamente) de los autores en esa lengua de la antigüedad. La primera referencia para Bizancio e Imperio bizantino empezó a usarse y popularizarse en la segunda mitad del siglo XIX; así, la obra de George Finlay, «History of the Byzantine Empire from 716 to 1057», de 1857 es la primera vez en que se usa «Imperio bizantino» en la historiografía en inglés, recogiendo una tendencia en Europa y América al respecto. Anteriormente, Louis Cousin había publicado una Histoire de Constantinople entre 1672-1674 para referirse a lo que llegaría a llamarse «Imperio bizantino», al igual que Lebeau y su Histoire de Bas-Empire en 27 volúmenes publicada entre 1757 y 1787, donde «Bajo Imperio» es el equivalente de lo que a posterioridad ha llegado a ser «bizantino» (Rosser 2012, 2-3).

Para podernos situar en la esfera de la cristiandad y su evolución histórica, además de para comprender la esencia misma de la ortodoxia, debe partir del hecho de que surge y se configura en la parte oriental del Imperio romano, y juega un papel fundamental la Nueva Roma de Constantino, es decir, Constantinopla. Todo lo expuesto hasta el momento sirve para comprender los motivos por los que hoy día en Oriente Medio a los greco-ortodoxos se les llama ortodoxos rum o romanos. El otro aspecto que lo distingue del zoroastrismo de los persas y que lo convierte en único es su vocación de universalidad, o católico (καθολικός / katholikós, literalmente «a través del todo», es decir, «universal»; la primera vez que se aplica este adjetivo a la Iglesia viene dado en una carta de San Ignacio de Antioquía a los cristianos de Esmirna, a principios del siglo II d.C. A los esmirnenses, 8).

La Nueva Roma de Constantino, que se construyó sobre la Bizancio fundada en el siglo VII a.C. por Bizas, se sitúa en un lugar estratégico entre Europa y Asia, tras pasar el estrecho del Bósforo, entre el Mar de Mármara, y el Mar Negro, dejando atrás los Dardanelos y el Egeo, cuenta con una extraordinaria bahía natural y defender esa posición resulta relativamente fácil. Acabando siendo una ciudad que aventajaba a las demás en población y riqueza a partir de 330 d.C., momento en que la ciudad de Constantino estuvo finalizada, tras cinco años de intensos e ingentes esfuerzos. Contaba con tres centros neurálgicos: el hipódromo, lugar de carreras de cuadrigas, encuentro del pueblo y elemento propagandístico y de exhibición de poder a través de demostración de músculo militar, procesiones triunfales, reuniones públicas, festividades, juegos. Muy cerca de él se hallaba el Sagrado Palacio, que se accedía a través de la Chalke o puerta de bronce, con una decoración primorosa con base a estatuas y frescos en un vestíbulo que conducía al salón de recepciones llamado Tribunal de los Diecinueve Divanes. A partir de ahí un complejo con cámaras, palacios e iglesias se extendía con magnificencia y esplendor. Y, por último, el tercer eje se situaba alrededor de la gran iglesia de la «Inmortal Sabiduría de Cristo», o Hagia Sophia, cuya construcción original data del 360 d.C. por Constancio, el hijo de Constantino, destruida en 404 para ser reconstruida y vuelta a destruirse en la Rebelión Niké, de 532. Reconstruida por última vez en 537, siendo fundamentalmente el edificio que hoy se puede apreciar.

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Reconstrucción de Constantinopla. Fuente: imagen extraída del artículo de la revista MuyHistoria.

Se trataba de la gran Iglesia del Imperio, donde el Emperador y el patriarca celebraban las festividades litúrgicas. La liturgia de la Iglesia ortodoxa parte de la tradición calcedónica, es decir, fijada en el Concilio de Calcedonia de 451. Fue en Hagia Sophia donde la liturgia evolucionó y se exportó como modelo a copiar a otros centros eclesiásticos, desplazando con ello las formas locales y generando un modelo oficial, estandarizado y de una belleza y exhibición de poder e ideas absolutamente impresionante. La doctrina cristiana se fijó en Concilios convocados por el Emperador, cuyo centro de poder era la ciudad de Constantinopla; de hecho, hasta tres de los siete Concilios que definieron la doctrina cristiana en sus aspectos fundamentales y más importantes tuvieron lugar en esta ciudad.

Por ejemplo, tenemos las llamadas Cincuenta Biblias de Constantino, que fueron mandadas hacer por el emperador Constantino en 331, y coordinadas por Eusebio de Cesarea. El motivo de esta acción está en la necesidad de establecer más iglesias en la Nueva Roma del emperador, y que éstas tuvieran la mejor de las ediciones posibles de las Escrituras Hebreo-Arameas y de las Escrituras Griegas Cristianas, fijándose con ello un modelo para las sucesivas copias. Tenemos copia de la carta de Constantino en La vida de Constantino (IV, 36) que escribió el propio Eusebio de Cesarea.

Existió en la ciudad un intensa vida intelectual cuya piedra de base estaba puesta en la universidad, fundada en 425, y que llegó a emplear a 30 profesores, Constantinopla destacaba por ser una ciudad con un claro perfil espiritual. La ciudad de Constantino era también tres ciudades a la vez: la Nueva Roma, como centro administrativo y de poder; la Nueva Jerusalén, que sería un reflejo terrestre de la futura Nueva Jerusalén que se menciona en el capítulo 21 del libro del Apocalipsis o Revelación, y que como tal contaba con reliquias de todo el Imperio para aumentar su influencia y llegar a ostentar el monopolio del prestigio sagrado de las diferentes localidades del Imperio; y, también, una Nueva Atenas, centro del saber y de la ilustración griegas.

El declinar de Constantinopla empezó cuando los cruzados occidentales tomaron la ciudad en 1204, durando siglos, mientras ascendían, y esto no es casualidad, las universidades más prestigiosas de Europa Occidental, llamadas por el papa Alejandro IV, «las cuatro lumbreras del mundo», y que son Oxford, Bolonia, París y Salamanca.

La caída de la ciudad en 1453 a manos de Mehmed II, el séptimo sultán del Imperio otomano, marcó paradójicamente el ascenso de lo que vinimos a llamar «Renacimiento». El griego, el estudio de esa lengua y de su literatura, permitió dar otra dimensión, más profunda y amplia, a los humanistas, hasta el momento centrados en el latín, (en Cavallo et al. 1990, 516). Al respecto, contribuyó la llegada de griegos a Italia que aportaron un mayor conocimiento del griego y de su tradición. También en esa época se vivió un contacto con griegos en Italia con motivo del Concilio de Florencia (1439), donde tuvieron acceso a delegados de la Iglesia ortodoxa y el emperador Juan VIII Paleólogo, momento en que se estableció el decreto de unión mediante la bula Laetentur caeli, por el que se unificó temporalmente a las Iglesias de Occidente con la ortodoxa. Esto permitió a los italianos trabar contacto con Pletón o Juan Agiropoulos, destacados intelectuales griegos que acudieron al Concilio. Esto impulsó el neoplatonismo, particularmente cabe destacar la Academia platónica de Florencia o Accademia neoplatonica, fundada en 1462 por Marsilio Ficino por encargo de Cosimo de’ Medici en la Villa le Fontanelle, para pasar posteriormente su sede a la Villa di Careggi, cuyo motor principal fue la influencia que ejerció Georgios Gemistos, llamado Pletón, gran estudioso y conocedor de Platón, al que estudió en Adrianópolis, y que viajó por Palestina y Chipre. Su influencia fue determinante en Marsilio Ficino, traductor de las obras completas de Platón, y en Pico della Mirandola, entre otros.

Vemos con claridad la influencia en diferentes órdenes, y el peso adquirido por Constantinopla como centro rector, pues la liturgia que se emplea en el rito ortodoxo tiene su base en esta ciudad, el arte eclesiástico que se impulsó en ella fue el marco para el Imperio, y su cultura, generada alrededor de su intensa tradición monástica de la misma ciudad y apoyada en el importante centro del Monte Athos. Podemos concluir sin miedo a equivocarnos que las instituciones de la Iglesia de Constantinopla o bizantina son las que hoy día garantizan todavía la cohesión y la comunidad de las diferentes y a veces alejadas entre sí Iglesias del Oriente ortodoxo.

Lo dicho para la ortodoxia bizantina o griega y su marco de acción, que ha dado modelos que se sustentan en su capacidad para hacer formulaciones teológicas de un alto grado de desarrollo, y que se ha manifestado en lo accesible de aspectos como la liturgia, el arte o la música no debe hacernos olvidar las otras iglesias ortodoxas que tienen otras lenguas como por ejemplo la copta, la siria o la aramea.

Una pincelada a la organización de la ortodoxia

Empezaremos por la ortodoxia bizantina o de la tradición fijada en el Concilio de Calcedonia, que supone la inmensa mayoría de los cristianos que hoy día hay en Oriente. Se trata de aquellas Iglesias que surgieron dentro del Imperio romano de Oriente, además de las que se crearon como consecuencia de las misiones evangelizadoras bizantinas. En su inmensa mayoría están en comunión con el patriarca de Constantinopla.

Otro grupo serían las Iglesias ortodoxas orientales, que crecieron fuera de los límites al este del Imperio romano de Oriente. También reciben el nombre de Iglesias precaldenónicas o no calcedónicas, porque su separación del cuerpo de la Iglesia vino por no aceptar las conclusiones de la doctrina que se fijaron en el Concilio de Calcedonia. Un término en desuso ha sido el de monofisitas para estas Iglesias.

Habría un tercer grupo de Iglesias en Oriente aceptan la autoridad del papa de Roma y se las llama greco-católicas u orientales. También reciben algunas veces, aunque también está en desuso, el término de uniatas.

Una vez trazado el mapa de las Iglesias orientales, entre las ortodoxas y la católica, pasemos a definir la forma de la organización de las Iglesias orientales.

La Iglesia calcedónica, es decir la ortodoxa bizantina, se trata de un conjunto de Iglesias nacionales, o bien locales, que no cuentan con una organización central, pudiendo definirse más bien como una suerte de federación de Iglesias ortodoxas, que presenta una acusada tendencia a crear Iglesias independientes atendiendo a las necesidades que se den en un territorio, caso de la creación de un nuevo Estado-nación, o bien la presencia de una Iglesia misionera que ha adquirido un alto grado de desarrollo para plantearse la necesidad de que sea una nueva Iglesia independiente. En ambos casos, la nueva Iglesia independiente deberá contar con la concesión de tal distinción por parte de la Iglesia Madre de la que dependía, y sumarse el reconocimiento del patriarcado de Constantinopla, al ser el obispo más antiguo, y también contar con el reconocimiento del resto de Iglesias nacionales.

Esta independencia admite diferentes grados. En concreto, dos. Una Iglesia autocéfala, que puede gobernarse a sí misma en cualquier aspecto, seleccionando y consagrando su liderazgo. O bien, una Iglesia autónoma, que cuenta con menor grado de independencia, cosa que se manifiesta en la necesidad de obtener la bendición y acuerdo de la Iglesia Madre para poder consagrar su líder.

Actualmente hay las siguientes Iglesias autocéfalas:

Iglesia ortodoxa de Constantinopla. Patriarca, Bartolomé I, Arzobispo de Constantinopla, Nueva Roma y Patriarca Ecuménico. De él dependen: Iglesia ortodoxa de Creta, Iglesia ortodoxa finlandesa, Iglesia ortodoxa coreana.

Iglesia ortodoxa de Alejandría. Patriarca Teodoro II, Patriarca de Alejandría y de toda África.

Iglesia ortodoxa de Antioquía. Patriarca Juan X Yazigi, Patriarca de Antioquía y todo el Oriente.

Iglesia ortodoxa de Jerusalén: Teófilo III, Patriarca de la Ciudad Santa de Jerusalén y de toda Palestina. De él depende: Iglesia ortodoxa del Monte Sinaí, con Damián, Arzobispo de Sinaí y Raithu.

Iglesia ortodoxa rusa: Cirilo I, Patriarca de Moscú y de todas las Rusias. De él dependen: la Iglesia ortodoxa estonia, con Esteban como Metropolitano de Tallin y toda Estonia; Iglesia ortodoxa letona, que está vacante el cargo de Metropolitano de Riga y de toda Letonia; Iglesia ortodoxa japonesa, con Daniel, Arzobispo de Tokio y Metropolitano de todo Japón; Iglesia ortodoxa china, que está vacante el cargo de Obispo de Pekín y toda China; Iglesia ortodoxa moldava; con Vladimiro, Metropolitano de Chișinău y toda Moldavia.

Iglesia ortodoxa de Ucrania, con Epifanio, Metropolitano de Kiev y toda Ucrania.

Iglesia ortodoxa y apostólica georgiana, con Elías II, Patriarca-Catholicós de Georgia, Arzobispo de Mishketa-Tiflis y Metropolitano de Abjasia y Bichvinta.

Iglesia ortodoxa serbia, con Ireneo I, Arzobispo de Peć, Metropolitano de Belgrado y Karlovci, Patriarca Serbio. De él dependen la Iglesia ortodoxa macedonia, con Stefan Veljanovski, Arzobispo de Ohrid y Metropolitano de Skopje. Metropolia montenegrina, con Amfilohije Radović, Arzobispo de Cetinje y Metropolitano de Montenegro y el Litoral.

Iglesia ortodoxa rumana, con Daniel Ciobotea, Patriarca de toda Rumanía, Arzobispo de Bucarest y Metropolitano de Muntenia y Dobrogea. De él depende la Iglesia ortodoxa de Besarabia, con Petru Păduraru, Metropolitano de Besarabia.

Iglesia ortodoxa búlgara, con Neófito, Patriarca de toda Bulgaria y Metropolitano de Sofía.

Iglesia ortodoxa chipriota, con Crisóstomo II, Arzobispo de Nea Justiniana y todo Chipre.

Iglesia ortodoxa griega, con Jerónimo II, Arzobispo de Atenas y toda Grecia.

Iglesia ortodoxa albanesa, con Anastasio, Arzobispo de Tirana, Durrës y toda Albania.

Iglesia ortodoxa polaca, con Sabas, Metropolitano de Varsovia y toda Polonia.

Iglesia ortodoxa checa y eslovaca, con Rastislav, Arzobispo de Praga y Metropolitano de todas las Tierras Checas y Eslovaquia.

Las Iglesias ortodoxas rusa, búlgara, georgiana, polaca y checa y eslovaca reconocen la autocefalía y están en comunión con la Iglesia ortodoxa en América, con Tikhon Mollard, Arzobispo de Washington y Metropolitano de América y Canadá. No obstante, no ha sido reconocida por Constantinopla.

A pesar de todo, debe quedar claro que las Iglesias ortodoxas mantienen un fuerte sentimiento de unidad que se fundamenta en el más sólido de los principios, y que es la fe común que comparten todas ellas.

Un principio claro: cinco patriarcados y un catolicado

Para situar el origen del ordenamiento interno de la Iglesia es preciso remontarse a la administración imperial romana, y se manifiesta con rotundidad en la forma en que la Iglesia ha usado el lenguaje secular para hablar de su organización.

El Imperio romano estaba dividido en unidades administrativas completas llamadas diócesis, y de estas, cinco estaban en el Imperio romano de Oriente: Egipto, Oriente (entendiéndose como tal sobre todo Siria), Tracia, Ponto y Asia. La palabra «obispo», proviene del griego επίσκοπος / epískopos, ἐπι- (epi-, “sobre”) +‎ σκοπός (skopós, “observador, vigía, guardián”), es decir «supervisor» o «inspector». El obispo más antiguo de una diócesis, por consiguiente, la Iglesia más antigua de esa división administrativa, es el metropolitano, cuya sede está en la metrópolis. Todavía más antiguo que un obispo metropolitano es un patriarca, título que denota desvelos paternos y también la autoridad del mundo antiguo, con unos claros matices bíblicos del Antiguo Testamento o Escrituras Hebreo-Arameas. La primera vez que tenemos constancia que se usa en la documentación legal y administrativa eclesiástica fue en el siglo VI d.C., y con toda probabilidad se refiere a la diócesis metropolitana, ahora patriarcado, de Antioquía, madre de muchas Iglesias. El propósito de usar el título de patriarca viene vinculado al deseo de expresar honor y la preeminencia que se reconoce a los obispos que se les distingue con ese título en las sedes diocesanas.

Bien, se cuenta con cinco sedes mayores episcopales que cuentan con una destacada preeminencia y respetabilidad hasta el día de hoy, a pesar de que no son ya las mayores ni tampoco las que atesoran más influencia entre las Iglesias ortodoxas. Durante el periodo del Imperio o bizantino, tenían derecho a consagrar a otros obispos dentro de sus diócesis y a ser consultadas en cuestiones doctrinales y de orden eclesial, pero no contaban con autoridad dentro de la sede de otro obispo. De acuerdo con el Canon 26 del Concilio de Calcedonia de 451 estas sedes patriarcales son: Roma, la más antigua del Imperio; Constantinopla o Nueva Roma, por ostentar la capitalidad imperial en el lado oriental, razón por la que presidía sobre las diócesis de Asia, Ponto y Tracia; Alejandría, ciudad metropolitana de Egipto; Antioquía, ciudad metropolitana de todo Oriente; y, Jerusalén, que se añadió por motivos vinculados a la vida y muerte de Cristo. Tal disposición es la llamada Pentarquía, o la autoridad de los cinco, y se confirmó ex profeso por el Concilio de Constantinopla, entre 869 y 870, y fue formulado como tal por el patriarca Pedro III de Antioquía en el siglo XI. Es en esta época cuando el devenir de la historia y de las acciones políticas había supuesto el principio del ocaso de cuatro de los patriarcados, ya que Roma estaba cada vez más inmersa en las prioridades de Occidente, y Alejandría, Antioquía y Jerusalén estaban en manos de dinastías árabes, pero esta formulación subrayaba la enorme importancia que se daba al Imperio romano como expresión de la Iglesia cristiana en un sentido universal.

El primero que usó el título de patriarca ecuménico o universal fue Juan IV de Constantinopla (582-595), a lo que le replicó el Papa Gregorio I de Roma (590-604) que no existía un obispo universal, y que él, a pesar de ser el primer obispo, tan sólo era un sirviente de aquellos que sirven a Dios. No obstante, para Juan IV la cuestión pendía del hecho de que la ciudad sobre la que estaba «supervisando» era la capital imperial y, a la sazón, era la ciudad ecuménica o universal. Esto señala que a medida que crece el poder de una ciudad también crece el poder del patriarca. Esto se pone de manifiesto particularmente en este caso, pues de ser un sufragáneo del obispo metropolitano de Heraclea antes de la capitalidad de Constantinopla, alcanzó el reconocimiento de ser el segundo en honor, tras Roma, durante el Concilio de Constantinopla de 381; y tras el cisma que dividió a la cristiandad entre Oriente y Occidente, alcanzó entonces la preeminencia absoluta dentro de la esfera oriental y ortodoxa, al ser el más antiguo de los obispos en el mundo ortodoxo que sigue la tradición calcedónica, que no hizo más que aumentar, merced a los avances de los árabes que supusieron que las otras sedes patriarcales del oriente ortodoxo calcedónico quedaran bajo su control (Alejandría, Jerusalén y Antioquía).

De hecho, la caída de Constantinopla en 1453 trae aparejada un aumento del poder del patriarca de Constantinopla, pues se le reconoció autoridad judicial, además de la espiritual, sobre el conjunto de la cristiandad que quedaba englobada en el extensísimo Imperio otomano, cosa que implicó que los otomanos se convirtiesen en los promotores del poder del patriarca ecuménico de Constantinopla con menoscabo para Iglesias como la Serbia y la Búlgara. Esto se manifestó en que el patriarca de Constantinopla pasó a tener el águila imperial bicéfala como signo visual de que en él se daba la continuidad de la autoridad imperial.

Su poder reforzado de patriarca ecuménico se empezó a agrietar con la llegada del romanticismo y el nacionalismo del siglo XIX, cuando se le presentó la disyuntiva de apoyar la formación de un Estado independiente cristiano ortodoxo griego en la península helena; o bien, dar su apoyo al poder representado en el Imperio otomano, que era de donde emanaba en última instancia la autoridad de la que gozaba el patriarca ecuménico. Esta situación lo ponía en un dilema de difícil solución, pues hiciese lo que hiciese, siempre perdía. De hecho, en 1821 el patriarca Gregorio V tuvo que aceptar las pretensiones del poder otomano de excomulgar a los que se alzaron en el Peloponeso durante un Domingo de Ramos. Pero la falta de eficacia de esta acción y el cariz que tomaban los acontecimientos en Grecia llevaron a las autoridades otomanas a colgarlo mientras oficiaba la Liturgia de Pascua.

A partir de ese momento la tendencia es clara: la situación del patriarcado en el Imperio otomano y en la República de Turquía ha continuado deteriorándose a ojos vista. Acontecimientos como los que se reflexionarán en esta publicación tales como la invasión de Turquía por parte de los griegos en 1921, el consecuente intercambio de poblaciones entre Grecia y Turquía por motivos étnicos o los acontecimientos que tuvieron lugar en Chipre entre 1974 y 1975 han contribuido a esta situación. No obstante, el patriarca de Constantinopla tiene su jurisdicción sobre partes de Grecia, como pueden ser las islas del Dodecaneso, Creta, ciertas regiones del nordeste de Grecia y la república monástica del Monte Athos. Adicionalmente, su principal función está en presidir las Iglesia de la diáspora, cosa que le da un perfil de marcada autoridad internacional. La parte más reducida de sus fieles está en el interior de Turquía. Para el lector interesado, sugiero visitar esta web.

Tampoco contribuye el hecho, a sumar a lo expuesto en el párrafo inmediatamente anterior a este, que la ley turca establece el carácter obligatorio de que el patriarca ecuménico sea un ciudadano turco. En definitiva, todo ello pone de relieve que el patriarca de Constantinopla atesora un gran prestigio, pero no cuenta con poder efectivo real. Esto ha llevado que no poco ortodoxos empiecen a plantearse con qué autoridad exactamente cuenta y de qué tipo es, cosa que ha llevado a un aumento de la autoridad como fuente alternativa del patriarca de Moscú, caso general de las naciones de habla eslava, y particularmente con la formación de Iglesia autocéfala de la Iglesia ortodoxa de Ucrania.

Quien cuenta con el reconocimiento de ser el patriarca ecuménico dispone del poder de: a) servir como una suerte de corte de apelación final dentro de los litigios judiciales promovidos en el mundo ortodoxo; b) convocar a los líderes de las Iglesias locales a un concilio conjunto; c) ejercer la jurisdicción sobre los ortodoxos que residen fuera del territorio que ocupan las Iglesias nacionales (la diáspora); y, d) dar su consentimiento para establecer nuevas Iglesias independientes o autocéfalas.

Los patriarcados de Oriente, tal y como se ha mencionado antes, cayeron ante el empuje de los árabes: Antioquía (636), Jerusalén (638) y Alejandría (642), permaneciendo bajo el dominio musulmán con episodios aislados como la presencia de los cruzados o la toma de Antioquía por los bizantinos entre 969 y 1084. De todos ellos, el patriarcado de Alejandría fue el que entró con mayor rapidez en decadencia por el aumento que experimentó la Iglesia ortodoxa copta, que es no calcedónica, siendo desplazado el patriarca de Alejandría a Constantinopla. Volvió a Alejandría en 1846 y se le añadió la expansión por toda África de la fe ortodoxa calcedónica, debido a que no está vinculada a los poderes coloniales.

En el caso de Antioquía, cuya diócesis siempre ha presentado un aspecto asimilable a un mosaico cultural y lingüístico, con grandes centros griegos tradicionales en el interior rural de Siria, suponiendo un interesante crecimiento de Iglesias de tradición calcedónica como no calcedónica, todas ellas dirigidas por el correspondiente patriarca desde Antioquía. A partir del siglo XIV el patriarca ha venido residiendo en Damasco, siendo Siria hoy día el centro de la vida de la Iglesia en muchos aspectos. Todo ello explica las acciones del DAESH o ISIS en Siria e Irak contra los cristianos.

Respecto a Jerusalén se presenta un caso interesante de destacar, pues el patriarca y los obispos son griegos, y su clero proviene de la Hermandad del Santo Sepulcro, una comunidad monástica fundada en el siglo XVI para custodiar los Santos Lugares. Sin embargo, la casi totalidad de sus fieles son árabes de Israel, los territorios de la Cisjordania y Jordania, presentándose una encubierta fuente de tensiones que se manifiesta en un pulso entre la feligresía árabe y la jerarquía griega.

Contaríamos, también, con otra Iglesia que apareció durante el Imperio bizantino en el Cáucaso, que es la de Georgia. Su fundación está asociada a la de Armenia, cuando ambas se convirtieron en Estados cristianos al entrar en el siglo IV, siendo Armenia la primera (301) y Georgia llegó algo después (326). Los vínculos con Jerusalén son fuertes. De hecho, en el caso de Georgia, el proceso de formación de la Iglesia nacional viene dado a una joven esclava judía de nombre Nino, que de acuerdo con las tradiciones, llegó a Kartli, un antiguo reino al este de la actual Georgia, y convirtió a su rey Mirian. A partir de ahí, se erigió la primera iglesia en la que entonces era capital, Mtzkheta, en la que pervive un seminario. En un principio formó parte del patriarcado de Antioquía, pero se convirtió en Iglesia autocéfala en el siglo V bajo la autoridad de un Catholicos, es decir, un patriarca católico. A diferencia de la Iglesia de Armenia, la Iglesia georgiana aceptó lo fijado en el Concilio de Calcedonia, con lo que ambas Iglesias quedaron dentro de tradiciones distintas. La tradición literaria georgiana de base cristiana tiene dos ejes distinguibles con claridad: uno es la evolución y lo relacionado con el Estado-nación de Georgia; y, el otro eje está relacionado con las comunidades georgianas en Jerusalén y monasterios que circundan la ciudad, y con posterioridad el Monte Athos. En 1801 el Imperio ruso conquistó Georgia y con ello se produjo la absorción de esta Iglesia por la Iglesia ortodoxa rusa. Esto se explica por el dominio político sobre Georgia por parte del Imperio ruso, ya que Pedro I de Rusia o Pedro el Grande había suprimido la institución del Patriarcado ortodoxo ruso pasando la Iglesia a ser administrada por el Santísimo Sínodo Gobernante, que se hallaba bajo la estricta supervisión de la administración imperial, y así se mantuvo hasta que se disolvió el Imperio ruso con Nicolás II, con lo que estuvo en vigor entre 1721 y 1917, cuando para establecer una división de poderes los bolcheviques le devolvieron su independencia, al igual que restauraron el Patriarcado de Rusia. No obstante, Constantinopla, bajo la presión del Imperio otomano primero y la República de Turquía después, de acuerdo al juego geopolítico que implican todas las religiones no reconoció su estatus de Iglesia autocéfala hasta 1991 (Alekseeva 2006, 99-102).

El Monte Athos

El Monte Athos se define como Estado Monástico Autónomo del Monte Athos (Αὐτόνομη Μοναστικὴ Πολιτεία Ἁγίου Ὄρους). De hecho, en lengua griega se la llama Άγιον Όρος (Ágion Óros, es decir, «Montaña sagrada»). Dentro de este territorio autónomo de soberanía griega hay 20 monasterios ortodoxos (griegos, rumanos, rusos, búlgaros, serbios y georgianos). Están exentos del cumplimiento de ciertas leyes, tanto de Grecia como de la Unión Europea, teniendo la potestad sobre el territorio, por ejemplo, de prohibir la entrada a todas las mujeres, como tampoco existe la obligación de seguir el Acuerdo de Schengen. En el Monte Athos solo pueden vivir monjes ortodoxos de sexo masculino y la población (2011) ronda los 2.416 habitantes (2230 griegos, monjes y laicos, 70 rusos, 45 serbios, 20 búlgaros, 30 georgianos y 20 rumanos).

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Monte Athos. Monasterio de Ivirion. Foto de Michalis Famelis.

Este lugar, que es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde 1988 por su extraordinaria riqueza cultural y natural, tiene un autogobierno cuyo estatus actual data de 1924 por el reconocimiento por parte del entonces Reino de Grecia, cuando se procedió a la redacción de una serie de normas o reglamentos que sirven para establecer la vida de la comunidad, y se conocen como los Fueros de la Montaña Sagrada de Athos, que se convirtieron en ley en 1926. La capital administrativa está en Karyes, donde está un gobernador que ostenta la representación del Estado Griego llamado el Gobernador de la Montaña Sagrada, y pertenece a la jurisdicción del Ministro de Asuntos Exteriores. Su función consiste en la supervisión del funcionamiento de los fueros y de los servicios públicos. La jurisdicción espiritual pertenece al Patriarca Ecuménico de Constantinopla, mientras que el gobierno lo ejerce la Comunidad Sagrada (Iera Koinotita), compuesta por 20 monjes, uno por cada uno de los 20 monasterios. La autoridad ejecutiva, y en parte judicial, es ejercida por la Supervisión Sagrada (Iera Epistasia), formada por cuatro monjes (Epistates) elegidos de entre los 20 monasterios, por un período de un año a partir del mes de junio.

Tan sólo se permite la entrada a 120 personas al día (110 griegos y 10 extranjeros, todos ellos varones). Para los no griegos hay un límite inicial de cuatro días de visita. La única forma de entrar es obteniendo el diamonitrion, que quiere decir permiso, que se tramita en Salónica y se retira en los pueblos griegos de Uranópolis o Ierissos.

Las otras Iglesias griegas

Adicionalmente, existen cuatro Iglesias ortodoxas orientales que son de origen griego, que fueron establecidas en un margen temporal muy amplio, pero que todas ellas cuentan con un arzobispo al frente a día de hoy.

Empezaremos por la más antigua. La Iglesia de Chipre que alcanzó su independencia de la Iglesia Madre de Antioquía en el siglo V, que defiende tener un origen muy antiguo y presenta como prueba el hallazgo en su día de las reliquias del apóstol Barnabás. Ha contado con una existencia azarosa marcada por el dominio de la isla por parte de cruzados, caballeros templarios, venecianos, otomanos y británicos, sucediéndose unos a otros. Como se puede comprobar en otro artículo tratado aquí, fue bajo el liderazgo del arzobispo Makarios III (1950-1977) cuando Chipre alcanzó la independencia política convirtiéndose el arzobispo en su primer presidente. El hecho de que un tercio, aproximadamente, de la isla esté bajo el control turco supone que muchos enclaves de gran interés cultural y religioso como el monasterio del apóstol Andrés, que está en el extremo nordeste de la isla. Como la mayoría de los 200.000 desplazados griegos que comportó la operación Atila, ciertamente algunos de ellos fueron a parar a Reino Unido se ha creado una archidiócesis greco-ortodoxa que recibe el nombre de Thyateira, nombre que le fue dado por la ciudad griega de Asia Menor, en los límites de Mesia con Lidia. La ciudad aparece mencionada en Hechos de los Apóstoles, 16,14 y también es una de las siete Iglesias que figuran en el Apocalipsis o Revelación (Apocalipsis 2, 18-29), donde se destaca que «obras, y amor, y fe, y servicio, y tu paciencia, y que tus obras postreras son más que las primeras». Hoy día Tiatira o Thyateira se llama Akhisar y forma parte de la provincia turca de Manisa. Es evidente, que la archidiócesis de Thyateira en Reino Unido tiene un marcado carácter greco-chipriota.

La siguiente de las Iglesias griegas es minúscula. Se trata de la Iglesia del Sinaí, y consiste en el monasterio de Santa Catalina, fundado por emperador Justiniano I (527-565). La obra presenta un marcado carácter fortificado y ha podido conservar, gracias a ello, una extraordinaria colección que supera los 4.000 manuscritos, además de iconos, algunos de ellos cuentan con el valor adicional al artístico-histórico de estar datados en época anterior a las controversias iconoclastas de los siglos VIII y IX. Desde el siglo VII está documentado que el abad del monasterio también era obispo de la diócesis, no obstante la fundación de la Iglesia autónoma data de 1575. Junto a los monjes, la archidiócesis de Sinaí también cuenta con los ortodoxos que habitan las propiedades eclesiásticas tanto en El Cairo como en otros lugares.

La Iglesia de Grecia es una fundación mucho más reciente, pues se dio origen a ella en el contexto de las luchas nacionalistas del siglo XIX, cosa ha dado una impronta peculiar, tanto a la Iglesia como al país. Se estableció como Iglesia independiente en 1835 y fue reconocida por el patriarcado ecuménico de Constantinopla en 1850. Como ya se ha podido comprobar, su territorio no se ajusta a los límites de la Grecia actual, ya que algunas de ellas siguen siendo controladas por Constantinopla. El Estado de Grecia estuvo tutelado por naciones europeas occidentales, además de influir mediante un ciclo de deuda en el siglo XIX, que aún afecta, por dos naciones destacadas: en corto la deuda es francesa, en largo la deuda es británica. Su primer rey fue Otto de Saxe Coburg, católico, y vino fijado por el Tratado de Londres a partir de 1832. La constitución de la Iglesia se desempeñó por Georg Von Maurer, de fe luterana y siguió los modelos luteranos alemanes y ortodoxos rusos. La Universidad de Atenas data de 1839 y se fundamentó en las fórmulas occidentales de educación superior. De hecho, se estableció un debate respecto a si se debía usar el alfabeto occidental en lugar del helénico. Afortunadamente, se mantuvo el criterio de usar el alfabeto griego tradicional. El peso de la fe ortodoxa y de la Iglesia entre la población griega es muy marcado, determinante. De hecho, generalmente las iglesias suelen estar bien atendidas. El Estado y la Iglesia se hallan muy vinculados, a pesar de las reformas impulsadas por el gobierno de Alexis Tsipras.

Tendríamos también la Iglesia albanesa, que cuenta con feligresía tanto albanesa como griega. La independencia de Albania se alcanzó en un período histórico que comprende un ciclo que abarca 1912 y 1913. Su primer obispo, Fan Noli, fue consagrado en América en 1908 y se desempeñó también durante unos meses de 1924 como primer ministro. La Iglesia se declaró autocéfala en 1922, aunque fue reconocida por el patriarca ecuménico de Constantinopla en 1937. Esta Iglesia se ha mostrado como un modelo de Iglesia que trabaja la faceta local y no la étnica, ya que ha podido alcanzar a ambos grupos, estableciendo un modelo para otros desafíos de la Iglesia ortodoxa en otras partes. Aproximadamente, el 20% de la población de Albania es ortodoxa, según se puede comprobar en datos oficiales recogidos por la revista ortodoxa «Resurrección».

En otros artículos trataremos las Iglesias ortodoxas eslavas y la cuestión en Ucrania, así como las Iglesias ortodoxas de tradición no calcedónica, caso de la de Etiopía entre otras, las llamadas Iglesias de los tres concilios o Iglesias Antecalcedónicas, además de las «nestorianas» o de los dos concilios.

Bibliografía

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Imagen de la portada: autor desconocido

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